Lo que sucedió en Villa Gesell, donde una patota de jóvenes jugadores de rugby asesinaron a golpes a Fernando Baéz Sosa, es el desenlace trágico, excesivo, de un comportamiento para nada ajeno a una experiencia en los márgenes de lo posible de cualquier jugador de rugby, es decir, la violencia. Los artículos periodísticos catalogando los hechos violentos protagonizados por rugbiers repiten un patrón: grupos numerosos de jóvenes fuertes aplican violencia sobre otros cuerpos, menos numerosos y más débiles. La lógica del deporte, del campo de juego, aplicada a la vida real, la unión para doblegar al rival físicamente aplicada a un rival que no quiere jugar. 

Jugué doce años al rugby, desde la primera categoría de juveniles hasta el plantel superior. Aunque en esos años y gracias al juego conocí y jugué por el mundo, entre otros buenos momentos, también vi, y formé parte, de situaciones similares, otras repeticiones, como aquellas que los medios reúnen. He visto a un boliche entero en Italia gritar pidiendo que se vayan los argentinos rugbiers, nosotros, porque nos estábamos cagando a piñas. Ví, esa misma noche, a un compañero pegar tantas piñas cegado por la bronca que una de ellas se estrelló en la cara a un amigo que justo pasaba a a su lado. Ví a compañeros ponerse hielo en las nalgas, violetas por los moretones, sin poderse sentar porque habían pasado por el “bautismo”. Vi a siete compañeros entrar al minúsculo baño de un micro en Sudáfrica hasta que uno empezó a desmayarse porque era una de las tantas pruebas que, según “veteranos”, los nuevos debían superar. Recuerdo cómo íbamos corriendo a los taxis en Río Cuarto y pedíamos que nos lleven con las “putas”. Recuerdo, también, la mirada de decepción y reproche de mi compañero cuando le dije que no quería ponerla. Recuerdo, además, la vez que en la cancha lastimé a jugador del equipo contrario y al escuchar los gritos de afuera me sentí bien. Ví la sangre de la nariz de un chico manchar su camisa y la de sus amigos luego de haberle tirado el trago a uno de mis compañeros. Rituales y equipo, ganar y lastimar, adentro y afuera de la cancha. 

La pregunta del por qué este desplazamiento macabro entre lo lícito en el juego y lo ilícito en la realidad sigue siendo evadida por nuestra comunidad del rugby, sobre todo, por la Unión Argentina (UAR) que en su comunicado oficial tras el asesinato de Fernando se expresó dolido por el “fallecimiento” del joven, pero separando los valores del rugby: “Nuestro juego convive con el contacto físico desde muy temprana edad, pero siempre dentro de un claro reglamento. Quienes no lo entiendan de esta manera y usan su fuerza física en detrimento de otro no representan nada del rugby ni sus valores. Son la cara más cruel de un flagelo que atañe a toda la sociedad”. Es evidente que la violencia no es algo exclusivo del rugby, pero como un gesto mínimo de esos supuestos valores sería conveniente empezar a hacernos cargo de la violencia que generamos, que ya es demasiada y demasiado tarde. 

Por supuesto que no hay nada inmanente al rugby como juego, como deporte, que provoque a alguien, a varios, matar a nadie. También, por supuesto, “no todos” los rugbiers son capaces de dañar al otro. El subrayado está en la cultura que se ha generado alrededor del juego, al menos en nuestro país, que desde el privilegio ha derivado en una atmósfera clasista y machista que habilita, antes de impugnar, la violencia en nuestros jóvenes jugadores. Mientras que uno de los deportes más elitista de Argentina tomé como única conclusión de que son los medios amarillistas los que hablan de “rugbier” para estigmatizar el deporte y que la violencia es de todos, que es lo mismo que decir “no es nuestra”, seguiremos quedándonos atrás, siempre por debajo, de lo que los hechos y la sociedad demandan////PACO