Si uno aceptara guiarse por Bob Woodward en Miedo. Trump en la Casa Blanca, entonces podría percibir que alrededor de Donald Trump, y en un nivel mucho más llano que alto, y probablemente más extranjero que local, existe la percepción de que, a pesar de los llantos de los “liberal media” con base firme en Nueva York y Los Ángeles, esta no es necesariamente la peor presidencia que pudo haber caído en la Casa Blanca. Como de costumbre, fue Slavoj Žižek el que al provocar el sentido común más bien quietista de sus “amigos demócratas”, y sin dejar de aclarar que, por supuesto, Trump le resultaba “desagradable”, señaló que el éxito contra Hillary Clinton había servido, en lo más inmediato, para destruir al Partido Republicano. Y si alguien esperaba alguna reforma profunda en los modos de la política estadounidense, esa destrucción era necesaria.

Sin embargo, llegó la fuerza inevitable del tiempo. ¿Paneles dorados en la Oval Office? No, apenas unas cortinas amarillas, para cambiar las que tenía Obama. ¿Desfiles espontáneos de candidatas a Miss Universo por la West Wing? Hasta ahora, lo más exótico fueron los enajenamientos místicos de Kanye West vestido con la gorra de Make America Great Again. ¿“Lluvias doradas” en la suite presidencial, como decía aquel “informe secreto” sobre Trump y sus pasatiempos en Rusia? Hasta donde se sabe, ni siquiera con Melania ocurre demasiado (según el propio presidente, ella se dedica nada más que a su hijo Barron, de doce años). Al fin y al cabo, el peso burocrático de la administración fue licuando la histeria de unos y el entusiasmo de otros, y entonces llegaron los primeros resultados de la gestión. Un título del 5 de octubre del año pasado en The Washington Post es elocuente: “El índice de desempleo en Estados Unidos cae al 3.7 por ciento, el más bajo desde 1969”.

Sí, los inmigrantes ilegales que trabajan en las calderas de la economía americana habían tenido miedo (y con buenos motivos, porque Trump no deja de hablar sobre aquel muro), las feministas habían protestado contra la misoginia (al punto que hasta Emily Ratajkowski tuvo problemas con la policía en una marcha) y los periodistas, mientras tanto, se habían entretenido con un poco de toda esa ensalada y hecho buenos negocios vendiendo en cualquier formato posible la imagen del presidente [i], como documenta Michael Moore en su última película. Pero las cifras de desempleo, al final, habían bajado como nunca desde los tiempos de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon. En otros términos: la economía de todos había logrado una mejoría mensurable.

En diciembre del año pasado, Michel Houellebecq, al que ninguno de sus lectores puede negarle el esfuerzo por interpretar literariamente la psicopolítica de países tan variados como Tailandia, Holanda, España e incluso Argentina (un lugar sobre el que escribe en Serotonina que “el nuevo gobierno, con su política de devaluación del peso, iba a inundar literalmente Europa con sus productos, y además no tenían ninguna legislación restrictiva sobre los transgénicos”), también se animó a postular que Donald Trump era “un buen presidente”. ¿Pero qué significa eso para alguien que mira y oye a Trump, como nosotros, desde una distancia política suficiente como para que todo parezca un largo capítulo más de The Apprentice? Ese “non-American point of view”, como lo llama Houellebecq, podría resumirse en esto: si con Trump la política exterior de los Estados Unidos privilegia la no intervención militar en el resto del mundo (suspendiendo la excusa de instalar democracias donde a veces nadie las quiere), entonces el resto del mundo podría llegar a ser más libre de lo que ha sido durante los últimos cuarenta o cincuenta años.

Desde el punto de vista de Donald Trump, ese razonamiento tiene un sentido distinto, pero las consecuencias son las mismas. Efectivamente, una de las prioridades de la administración Trump (aunque llamarla “administración” tal vez resulta demasiado anglosajón e idealista, al menos si uno toma por cierto lo que cuenta Bob Woodward) es eliminar todos los costos económicos evitables en intervenciones ya perdidas o irresolubles como las de Iraq, Afganistán, Pakistán y Corea del Norte. Este es el motivo por el que apenas tomó control del gobierno, Trump quiso suspender el Korus, el Acuerdo de Libre Comercio entre Estados Unidos y Corea, a través del cual, en los hechos, se financia el monitoreo del desarrollo militar de Corea del Norte. Lo que a Houellebecq no se le escapa es que, tal como coinciden en diagnosticar unos cuántos politólogos, economistas y filósofos atendibles, la democracia que justificaba el viejo intervencionismo estadounidense ya no existe.

Lo que sí existe, en cambio, son determinadas tecnocracias bajo las que se administran, con un poco más o un poco menos de formalidad, los intereses de determinados bancos y fondos comunes de inversión sobre determinados países o regiones. Para ahorrarse el suspenso y la paranoia: así como en Argentina los lineamientos con los que se produce y distribuye la riqueza están definidos por los accionistas del Fondo Monetario Internacional, en Europa pasa exactamente lo mismo, pero bajo el poder de la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo en Bruselas. (En el mejor de los casos, el único lugar del mundo donde todavía existe la democracia, dice Houellebecq, es, precisamente, en los Estados Unidos).

Pero, ¿por qué Trump está tan interesado en ahorrarse lo que cuestan las guerras, los acuerdos y las alianzas del viejo imperialismo? En las palabras del propio presidente, porque la consecuencia final de la apertura de esos nuevos mercados alrededor del planeta solo eran cada vez más estadounidenses desempleados. Esta fue una de las posiciones constantes durante su campaña presidencial: la idea (simple y directa) de que la gran mayoría de los acuerdos comerciales de los Estados Unidos (el Korus, el NAFTA) daban lugar a un tránsito de productos extranjeros mucho más baratos que los nacionales, y que esto estaba dejando sin trabajo a los estadounidenses. Por supuesto, una vez que Trump le ganó a Hillary y llegó a la Casa Blanca, los “free-market liberals” como Gary Cohn, un banquero de Goldman Sachs sin identidad partidaria y que estuvo al frente del National Economic Council hasta 2018, hicieron todo lo posible por disuadirlo. El argumento central era que si lo que llegaba a los Estados Unidos eran, efectivamente, productos baratos, entonces los estadounidenses iban a tener más dinero “para gastar en otras mercancías, servicios o ahorrar”.

Así, decía Cohn, propietario de unos 285 millones de dólares en acciones de Goldman Sachs, era como funcionaban los mercados globales. Y para asegurarse de que siguieran funcionando, en 2016 Cohn hizo desaparecer del escritorio presidencial en la Oval Office los memos en los que Trump ordenaba dar por terminados acuerdos como el Korus. ¿Pero por qué lo hizo? ¿Por qué intervino de esa manera en las decisiones de un presidente votado en elecciones democráticas? Según Cohn, porque lo que tiene Donald Trump (además de un desconocimiento general de las formas de gobierno y la capacidad de concentración de un canario) es una visión de la economía desligada del “globalismo” y más cercana a lo que suele llamarse, interesadamente, populismo. Por lo tanto, para Cohn (o para Goldman Sachs, es lo mismo), Trump estaba atrapado (y todavía lo está) en una visión “anticuada” de la economía de los Estados Unidos, una visión donde hay todavía locomotoras, fábricas con chimeneas enormes y trabajadores ocupados en cadenas de montaje. Por lo tanto, para proteger los intereses del “globalismo”, a veces lo mejor era simplemente llevarse los papeles de Trump de su escritorio, con la esperanza de que se olvidara de inmediato (lo cual, al parecer, pasa seguido).

¿Donald Trump no cree en gastar millones de dólares en guerras inútiles en el extranjero? ¿Y tampoco cree en los indiscutibles beneficios del “free-market” para los ciudadanos de su país? Pero, ¿en qué cree? Quien mejor parece haber entendido eso es Steve Bannon, un “populista-nacionalista” de derecha con un MBA de Negocios en Harvard y expresidente ejecutivo de Breitbart News, un sitio de noticias que, como todos, se acomodó a la exacta medida de sus financistas. Antes de convertirse en uno de los consejeros más importantes en la Casa Blanca, Bannon fue el encargado de dirigir la campaña presidencial de Donald Trump cuando eso todavía resultaba casi un chiste de Los Simpsons. A la larga, cuenta Woodward, el máximo error político de Bannon sería pelearse con Ivanka Trump, la hija dilecta de Donald, lo cual derivó en las coloridas fantasías que se cuentan en Fuego y furia: en las entrañas de la Casa Blanca, un libro dictado por un Bannon ya despechado al periodista Michael Wolff (y ya que estamos: ¿es ahí donde se cuenta que Trump tiene un botón rojo en su escritorio con el que ordena Coca-Cola? Solo por eso yo también lo votaría). El punto es que, antes de caer en desgracia, Bannon fue el más preciso intérprete de Donald Trump. Y eso no es poco tratándose de un hombre que, al parecer, pierde interés por casi cualquier otro ser humano cuando pasan cinco minutos.

Desde ya, Bannon cuenta que al presidente, como a cualquier ser benigno, le gustan las hamburguesas y los panchos “que estarían en el menú favorito de un niño de once años”, y que una de sus más sorprendentes obsesiones es mirar la televisión durante todas las horas posibles, para saber qué dicen sobre él en todos los canales de noticias. Pero Bannon también cuenta que restablecer la “soberanía” de los Estados Unidos fue para Trump la columna vertebral que construyó toda su campaña presidencial. El esquema general para lograrlo era intentar recuperar los trabajos del sector manufacturero, “salir de las guerras extranjeras sin sentido” e instalar un discurso acerca del verdadero futuro de los Estados Unidos. Para eso, Bannon detectó en Hillary Clinton la misma falencia que puede detectar cualquiera: los políticos profesionales como ella ya ni siquiera pueden hablar de forma natural. Y a pesar de lo que decían los medios y los analistas, Hillary no solo había apoyado todas las guerras donde los Estados Unidos seguían sin ganar nada, sino que tampoco lograba la capacidad para expresarse por fuera de los parámetros de los grupos de debate. Sin corazón, sin garra, sin pasión, como la perfecta tecnócrata, dice Bannon, “incluso cuando dice la verdad, parece que Hillary está mintiendo”. Por su lado, Julian Assange y WikiLeaks hicieron otro aporte delicado al publicar los correos electrónicos de John Podesta, el jefe de campaña de Hillary, donde estaban, por ejemplo, los discursos pagados por ella a los financieros de Wall Street, donde ni los avances del desempleo ni la ausencia de planes de desarrollo industrial interrumpen los negocios.

Para Kellyanne Conway, otra de las asesoras clave de Trump, todo eso decantó en una campaña demócrata cuyo mensaje era que “Donald Trump es malo y nosotros no somos Donald Trump”, mientras que el resto se centraba, como dice Conway, “en la raza, el género, la comunidad LGTB”. De hecho, fue Conway quien descubrió que detrás de todas esas insustancialidades podía crecer lo que finalmente llevaría a Trump a la Casa Blanca: el “votante oculto”, aquella persona que tal vez no leía el The New York Times ni estaba familiarizada con Lena Dunham, pero que sí tenía algunas otras inquietudes sobre las condiciones económicas capaces de definir su calidad de vida o las perspectivas de supervivencia de sus hijos en el Ejército.

Para esa “mayoría silenciosa”, lo que Trump tuviera para decir sobre el régimen cultural de tolerancia a la sexualidad contemporánea no era prioritario (y Bannon hizo una jugada fuerte para dejarlo en claro cuando invitó al primer debate presidencial a cuatro de las mujeres que afirmaban que Bill Clinton las había agredido, o que Hillary había intentado socavarlas). En conclusión, “no había un solo votante oculto de Hillary en todo el país, estaban todos en la calle”, pensó Conway, así que si Trump se concentraba en captar a quienes estaban en silencio y en sus casas, tenía una buena oportunidad de ganar. Fueron esos “votantes ocultos” los que tampoco dejaron de oírlo cuando, mientras se defendía de las acusaciones de machismo (el famoso “grab them by the pussy” que publicó Access Hollywood), Trump dijo que se avergonzaba y que no le gustaban nada, “pero que no era más que un comentario de vestuario. ¡Acabaré con ISIS!”

El problema es que al proponer una retirada de todas las guerras inútiles en el extranjero, Trump tuvo que enfrentarse al hecho de que ni la CIA ni el Pentágono, en realidad, tienen algún interés en dejar de perder millones de dólares, recursos militares y soldados de carne y hueso en Afganistán, Iraq o Pakistán, lugares donde los propios generales de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, en reuniones con Trump, reconocen que no van a ganar. En un documento de 60 páginas que llegó a la Oval Office sobre la situación en Afganistán y Pakistán que cita Woodward, puede leerse el grado de plena conciencia que el propio Pentágono tiene sobre esto: “Es probable que el punto muerto persista en Afganistán” y “es probable que los talibanes sigan ganando terreno”. Acorralado por sus peleas recurrentes con los organismos de inteligencia y con el Consejo de Seguridad Nacional, hasta el momento la única salida viable para Trump ha sido “acompañar a sus generales” y reconocer en privado que no todos los resortes del verdadero poder están en sus manos.

Ajeno a la dinámica política y militar de Washington, fue una vez que resultó elegido presidente que Donald Trump descubrió también hasta donde Barack Obama había mantenido ocultos los verdaderos conflictos geopolíticos de los Estados Unidos. En Siria, por ejemplo, el presidente anterior no había hecho nada. Y en Corea del Norte, donde al parecer estaban siempre a punto de conseguir una cabeza atómica y desatar la Tercera Guerra Mundial, tampoco. Mientras tanto, lo único que parece conmover al nuevo presidente desde que llegó a la Casa Blanca es el contacto esporádico pero directo con los familiares de los soldados muertos en guerras que todos, en los lugares donde se calculan y se toman las decisiones, saben que ya están perdidas. “Si lo piensas”, les dice Trump a sus colaboradores, “¿hay algo más duro?”

Aun así, fue Corea del Norte el país que terminó planteando una de las pocas situaciones internacionales a la altura de las más altas expectativas para un presidente de los Estados Unidos, y esa fue una situación que derivó en la foto sonriente entre Kim Jong-un y Donald Trump, algo por lo que el propio Trump sugirió, tal vez con mucha sensatez, que deberían darle el Premio Nobel de la Paz. Hasta qué punto estuvo realmente en juego una guerra nuclear va a ser motivo, sin duda, de alguna película de Oliver Stone dentro de algunos años. En su punto más voluble, lo cierto es que todo quedó en manos de Trump, que pasó de decir en la ONU que los Estados Unidos no iban a tener más remedio que “destruir por completo Corea del Norte” (o llamar “pequeño hombre cohete” a King Jong-un) a reconocer que, en el fondo, todo se trataba de un combate de líder contra líder, “hombre contra hombre, yo contra Kim”. El cálculo de Trump resultó cierto, y fue nada más que con una gestión quirúrgica del miedo que, más allá de su verdadero grado o no de realidad, se desactivó (al menos por el momento) una de las amenazas inmediatas más inquietantes del mundo. Luego, desde ya, están las cosas que Donald Trump escribe todos los días en Twitter, o sus recepciones en la Casa Blanca con hamburguesas de McDonald´s, pero sobre eso no es necesario escribir ni leer ningún libro////////PACO

 

[i] También en Argentina la recesión macrista ayuda de un modo inesperado a ampliar el ratio de la publicidad privada para los medios. ¿Hubo antes algún clickbait para títulos como “Hallaron el método más increíble para adelgazar: comer tierra”? Uno de los milagros económicos de una inflación de 50%.