Pensar en la circularidad del mundo significa pensar en la circularidad de la información. Y esa circularidad no se limita a las comunicaciones banales desde cualquier punto del planeta, ni a la frigidez emotiva a la que nos acostumbraron las redes sociales. Entonces, ¿quiénes son los verdaderos
players? Sus nombres coinciden con los de quienes son dueños de casi todo lo demás: Microsoft, Google, Telefónica, Amazon, Shell, Facebook, BBVA, eBay, Apple, Disney, Santander, Uber. Pero por encima del discurso festivo de Silicon Valley que envuelve a estas empresas, e incluso más allá de las voces pesimistas que creen que la web arruinó nuestras vidas, existe una legión anónima de hombres y mujeres cuyo trabajo es sostener los pilares de internet. Estos son los guardianes de internet. Y Argentina, hoy, es uno de los países desde donde mejor se protegen los datos del capitalismo digital.

Ingenieros en informática, programadores, analistas de sistemas, arquitectos de datos. Los equipos de seguridad reclutados en Argentina son un recurso humano codiciado en el mapa mundial de la nueva Economía Digital. Y los motivos no son pocos. Eventos como el WannaCry, entre otros episodios coordinados de “ransomware“, llegaron a paralizar seriamente las actividades públicas y privadas en países como España y Gran Bretaña en 2017. En ese caso, solo hizo falta una vulnerabilidad del sistema operativo Windows para demostrar hasta qué punto vivimos en sociedades incapacitadas para prescindir de los cauces naturales de información en la web.

La adecuada circularidad del mundo

Empresas de telecomunicaciones de Estados Unidos. Bancos y petroleras de Europa. “Retailers” de Asia. La lista de marcas comerciales es extensa y algunas son todavía casi tan anónimas como omnipotentes. “Y no buscan solo la expertise argentina para cuidar sus datos, también le ceden la guardia de los tesoros de noche, mientras duermen”, explica un ingeniero que prefiere reservar su identidad. Con años de servicio en una multinacional del rubro informático con sede en más de 100 países y permanencia constante en la lista Fortune 500, este ingeniero señala que la primera ventaja para los guardianes argentinos de internet es geográfica. “Hay un gap de la banda horaria en la que todos los otros especialistas en Estados Unidos, Europa y Asia duermen. Es otra ventaja argentina. La circularidad del mundo”.

Pero no todo es un huso horario conveniente. Por el mercado negro digital circulan cada año unos 288 mil millones de dólares en forma de datos robados, y a las empresas dispuestas a preservarse de esa amenaza, incluso un país periférico como Argentina les ofrece algo que, todavía, lo distingue entre el resto de sus competidores en la región: una educación pública y gratuita de calidad, que incluye algún tipo de acercamiento al idioma inglés. A partir de ahí, el entrenamiento de los guardianes de internet se completa con certificaciones y exámenes internacionales otorgados por consorcios especializados como ISC2 y SANS. Cada pieza de esta formación de elite cuesta entre dos mil y siete mil dólares, y necesita renovarse cada tres años. Por el momento, nadie es considerado serio por sus colegas en la industria si tiene menos de dos certificaciones o exámenes.

Desde lo profundo de las trincheras digitales

Eventos como los ataques WannaCry, basados en el secuestro extorsivo de datos, incluyeron también a la Argentina entre los países afectados. Pero los verdaderos enemigos de los guardianes de internet no son los ataques externos sino los errores humanos. “Los robos de información son eventos muy aislados y hechos por profesionales. En general están relacionados con Estados, no con ciberdelincuentes”, cuenta el ingeniero. En esa línea de trabajo, el problema real son los empleados que publican datos sensibles en sitios públicos o los que simplemente pierden sus dispositivos con información valiosa. Luego están las grandes TELCOS y los bancos, que descubren casi siempre en el preciso instante de una crisis que sus especialistas en informática solo están entrenados para responder (esquivando) auditorias. Esas, al final del día, son las trincheras bajo ataque en una guerra constante por 2800 billones de dólares anuales en comercio digital. Y en equipos con un mínimo de tres miembros, los guardianes de internet no siempre están autorizados a conocer los datos que protegen, pero sí están obligados a saber con qué se enfrentan.

Mecanismos de robo de datos como el “phishing” y el “criptomining”, o los ataques de “hackers rusos”, como los que suelen denunciar los canales de noticias de la OTAN, son el sonido y la furia de una cabalgata constante de Valkirias. Aun así, que un equipo de seguridad funcione distribuido por el mundo no favorece en nada las oportunidades de éxito de los atacantes. Por el contrario, cualquiera sea su plan, para los hackers casi no existen horarios en los que el objetivo baje la guardia. Las herramientas de los guardianes de internet son globales, y eso quiere decir que en Nueva York, Nueva Delhi o Buenos Aires, el nivel técnico de defensa y contraataque es virtualmente el mismo. La jurisprudencia alrededor de la seguridad, sin embargo, depende del país en el que ocurre cada incidente.

En Europa, por ejemplo, el Reglamento General de Protección de Datos de 2018 establece que la pérdida de información personal o sensible de un ciudadano debe ser denunciada y que el costo por no hacerlo tiene multas de hasta el 5% del capital de la empresa involucrada. En Argentina, en cambio, los bancos, las empresas más indolentes a la hora de preservar los datos de sus clientes, prefieren resolver lo que se vuelva imposible de esconder a través de mediaciones judiciales rápidas y discretas.

¿Y si los guardianes traicionaran al sistema?

¿Cómo cambiaría el mundo si los guardianes de internet se fueran a Instagram? ¿Qué tan rápido se desmantelaría nuestra realidad si en lugar de cazar hackers se dedicaran a las cosechas inertes de corazoncitos en Twitter? Compartir secretos no es una práctica tolerada entre los guardianes de internet, nadie regala lo que sabe. Sin embargo, muchas empresas suelen imponer lo que llaman, con la prestancia de la letra chica, una “política organizacional de redes sociales”. Por seguridad, los guardianes son obligados así a llevar vidas virtuales a veces anónimas y mudas. En ciertos casos, ni siquiera tienen permitido divulgar la naturaleza de su profesión. Pero un joven programador con base en Moscú, Nikita Prokopov, dijo basta. Y tras quince años de actividad rabiosa en la industria, encontró que la palabra clave era depresión. Un diagnóstico que sus colegas aplaudieron, también, en Argentina.

La ineficiencia del software de Google y Microsoft, dice Prokopov, es exasperante. ¿Por qué Android necesita seis gigas para funcionar? ¿Por qué nuestras páginas web serán incompatibles con cualquier navegador en menos de una década? Estas preguntas nos hablan de una internet que prefiere seguridad en lugar de eficiencia. Pero la verdadera pregunta bosquejada por Prokopov ante cuatro mil millones de personas en la web es otra, aún más familiar. ¿Quiénes son los guardianes de los guardianes? Edward Snowden y su gesticulación espectral durante cada una de las entrevistas que ofrece desde Moscú saben que el miedo a la desilusión es común entre quienes tratan con nuestros secretos. Y en una era en la que el 29% de la actividad económica depende de software, los desengaños de quienes se consagran a proteger los secretos del sistema pueden tomar otra dimensión. Reclutados por las mismas empresas y consorcios multinacionales que hacia el 2025 habrán llevado esa cifra hasta el 70%, los guardianes de internet continúan su perfeccionamiento bajo la superficie pública de la información. Pero sin organizaciones que los representen ni libertad para hacer oír sus verdades, el futuro de nuestras vidas está menos predeterminado de lo que parece////PACO