Cine


Qué hizo Werner Herzog en Argentina

 

No hay selfie en Twitter ni hueso (ni siquiera de dinosaurio) que explique exactamente qué es lo que vino a hacer Werner Herzog a la ciudad de La Plata hace apenas unas semanas atrás, mientras los propietarios de distintas productoras y los agentes de distintas distribuidoras, a solo trescientos setenta kilómetros de distancia y en la más absoluta oscuridad, se entretenían con las intrascendencias del Festival de Cine de Mar del Plata. Hasta donde revelan algunos colaboradores, lo que al parecer Herzog está filmando es un documental en el que se cuenta la historia de Bruce Chatwin, un “escritor de viajes” que en los años setenta del siglo pasado, y al igual que muchos otros de sus predecesores británicos durante los siglos previos, estuvo de paseo por la Patagonia.

El punto de interés, sin embargo, es el vínculo personal de Chatwin con un fragmento de piel de un milodón, un dinosaurio herbívoro que descubrió un explorador inglés en esa zona a finales del siglo XIX y que, luego, fue clasificado “de manera errónea” como perteneciente a un brontosaurio. Lo que esté filmando Herzog, entonces, puede perfilarse un poco mejor. A partir de ese error en la clasificación, lo que se desencadenó fue una larga serie de equívocos. Equívocos que, por supuesto, se multiplicaron a través del tiempo y entre los que no solo aparece Chatwin como el colorido propietario de algo que, en realidad, nunca había tenido (un pedazo de la piel de un brontosaurio), sino que también aparece un nuevo viaje, una nueva expedición británica a la Patagonia financiada por un diario amarillista, decidida a encontrar algún milodón vivo.

¿Bruce Chatwin como otro trágico (aunque probablemente más sofisticado) Timothy Treadwell, aquel ecologista y cineasta amateur devorado por los mismos osos que se dedicaba a proteger y sobre el cual Herzog hizo Grizzly Man? ¿Bruce Chatwin como una versión ligeramente distinta de esa ensoñación peregrina bajo la que trabajaba el ingeniero británico Graham Dorrington en The White Diamond? ¿Bruce Chatwin detrás del inexistente brontosaurio como la cara moderna (y romántica) del conquistador (y también romántico) Lope de Aguirre detrás del inexistente El Dorado? En principio está la anécdota del error, pero a partir del error lo que no tarda en desnudase es la profunda inhabilidad de la ciencia para asimilar por completo el sentido del mundo, y la desesperación poética de los hombres realmente sensibles por reparar ese vacío como sea.

En Wikipedia, además de contarse que Chatwin quiso hacer pasar la infección fatal por sida que lo mató en 1989 como “los efectos de una mordedura de murciélago chino”, también se dice que para irse a la Patagonia renunció a su trabajo en la Sunday Times Magazine con un telegrama que decía: “Me he ido a la Patagonia”. En otras palabras, el personaje, atravesado de equívocos, de anhelos imposibles y de la maña estética de alterar la realidad hasta las últimas consecuencias, está sin dudas a la altura de Herzog.

¿Pero qué vino a hacer Herzog a la Argentina, entonces? Desde ya, aunque no es la primera vez que Herzog está en el país (ni es tampoco es su primer contacto con argentinos: fue un argentino, de hecho, el que hizo pis sobre una de sus manos congeladas para que no tuvieran que amputársela durante un rescate de alta montaña en el cerro Torre), en realidad la pregunta correcta es qué hace Herzog, es decir, qué hace un director de cine bávaro de 76 años, en Latinoamérica. Y la respuesta es simple. Hace lo mismo que hace desde 1972, cuando filmó en Perú con Klaus Kinski Aguirre, der Zorn Gottes, o cuando filmó Fitzcarraldo en 1982: explorar las posibilidades del “arte de la contraconquista”, como José Lezama Lima llamó al barroco americano.

Lo que le importa a Herzog, lo que —para decirlo con una palabra ajena a los críticos de cine— trasuntan sus películas, es la posibilidad de una alternativa. La posibilidad de un evento en el que incluso las identidades culturales puedan volverse disruptivas y capaces de objetar, impugnar y hasta ridiculizar a la larga tradición ilustrada de la modernidad europea. Basta pensar otra vez en Chatwin, alguien que, al parecer, inventaba (como hace Herzog) varias de las conversaciones y los personajes de sus obras, dispuesto a viajar detrás de un rastro paleontológico errado hasta el fin del mundo. La típica obsesión herzogiana, pero una obsesión mediante la cual solo algunos distinguidos marginados, al final del camino en el final del mundo, logran convertirse por un instante en los testigos directos de un futuro olvidado y construido sobre la “contrarrazón”. Lo demás es datito periodístico: los huesos del verdadero milodón, al parecer, están en el Museo de La Plata//////PACO