Género


¿Existe el porno feminista?

 

Vivimos en una época hipersexualizada. Abundan las metáforas, las analogías y las imágenes explícitas o insinuantes en cualquier lado que uno mire y escuche. Sin embargo, hablar de pornografía es hablar de un mundo privado que se asocia casi siempre a la masturbación. No es un tema fácil de conversar. Hay pudor y prejuicios, y el sexo, además, siempre estuvo rodeado de tabúes y fantasmas. Contar qué clase de porno miramos es mostrar algo íntimo que puede no encajar con la imagen que queremos dar de nosotros mismos. Más allá de si lo tuiteó él o una cuenta falsa, a modo de ejemplo alcanza con citar lo que le sucedió al ferviente defensor del macrismo Federico Andahazi. En una de sus típicas diatribas histéricas contra el kirchnerismo en Twitter, su comentario quedó acompañado del link a un sitio pornográfico donde una chica trans le exhibía a los interesados sus desmedidos genitales. Con internet la industria pornográfica se ha expandido y diversificado como nunca, al punto de ser su primer y mayor negocio. Sin embargo, más allá de la invención reciente del porno para mujeres –o “porno feminista”– y de los intentos por masificarlo, nosotras no somos las principales consumidoras. En datos, las mujeres representan cerca del 25% del consumo mundial de pornografía, mientras que el 75% restante son hombres. De hecho, en las páginas de porno “mainstream” la mayoría de las imágenes para cada categoría las protagonizan una o varias mujeres, mientras que del hombre lo único que se ve es el pene. Hace poco tiempo, por eso mismo, el Salón Erótico Barcelona (SEB) –“el principal salón erótico de todo el mundo y el punto de encuentro obligatorio de la industria del cine para adultos”– publicó un spot cuyas ideas despertaron polémica. Lo que llama la atención del spot no es su validez argumentativa sino la necesidad de negar por completo una realidad aún sin intentar conocerla. En el spot se afirman dos cosas: primero que la única educación sexual que reciben los hombres –y las mujeres– proviene del porno masivo. Segundo, que esa educación sexual es responsable de la permanencia de abusos y violaciones contra las mujeres.

Desde ya, suponer que los hombres que consumen el tipo de pornografía donde una mujer es penetrada por varios hombres sin su consentimiento o es obligada a realizar una felación hasta las arcadas los convierte en potenciales violadores o abusadores es tan forzado como suponer que las películas sobre asesinos con imágenes crueles fomentan el homicidio. En otras palabras, la pornografía no promueve ni violaciones ni violencia: estas son cuestiones que existen desde mucho antes. Pero la pregunta que sí vale la pena repetir es acerca de por qué mirar porno sigue siendo un hábito eminentemente masculino. Y, a partir de ahí, preguntarnos también por qué los hombres disfrutan mirando esa clase de porno en el cual se representan escenas de “violación”. ¿Quiere el feminismo dominante representado en el spot del SEB indagar en esas preguntas? Y si lo hiciera, ¿se le podría pedir en su nombre al arte que se adecue a una determinada demanda política? Si el consenso en el ámbito sexual es algo que no siempre es explicitado, pretender despojar al sexo de sus relaciones intrínsecas de poder tal vez se vuelva aún más delicado. En principio, deducir que toda la educación sexual proviene de la pornografía es el primer gran reduccionismo alentado por el spot del SEB. Existe la educación familiar y están las experiencias propias, están los relatos de los amigos, las versiones de la religión y, por qué no, lo que se enseña formalmente en la escuela, con mejor o peor calidad informativa. “El porno es un problema antes que nada porque pega en el ángulo muerto de la razón. Se dirige directamente al centro de las fantasías, sin pasar por la palabra, ni por la reflexión. Primero uno se pone duro o se moja, luego se puede preguntar por qué”, dice Virginie Despentes en Teoría King Kong.

Con ese criterio, cuando el spot apela a la censura lo que hace no tendría que ver con prevenir o disminuir la cantidad de abusos y violaciones, sino, antes que nada, con juzgar moralmente y suspender la posibilidad de indagar qué pasa por la cabeza de los hombres que consumen esa clase de porno. Pero, ¿por qué el spot del SEB rechazaría nuestra realidad más profunda y primitiva? Quizás porque aceptar que la naturaleza aún gobierna ciertas partes de nuestra vida sería aceptar también las inevitables limitaciones de la cultura. Lo que nos excita puede provenir de zonas incontroladas y oscuras, y a veces esas zonas pueden no ser coherentes con lo que desearíamos ser conscientemente. “La vida civilizada requiere un estado de ilusión permanente. La sexualidad y el erotismo constituyen la compleja intersección de la naturaleza y de la cultura. La teoría feminista (dominante) ha simplificado en exceso el problema del sexo, reduciéndolo a una cuestión social: reajústese la sociedad, elimínese la desigualdad sexual, aclárense las funciones de cada sexo y reinará la felicidad y la armonía”, explica Camille Paglia en Sexual Personae. El discurso feminista dominante argumenta así que las imágenes de dominación y sumisión no son por sí mismas antifeministas, aunque una de las razones por las que tantas feministas las critican es porque el consentimiento de la mujer no siempre es explícito.

Nadie discute que el consenso es necesario en la vida real, pero equiparar la realidad a la ficción en este caso equivale a la proyección y generalización del temor, sin fundamentación. Ahora, volviendo al mundo real, ¿se puede pedir que el consenso se manifieste siempre de manera obvia para complacer un ideal sociopolítico? ¿El mutuo acuerdo de las partes involucradas en el acto sexual debe ser necesariamente verbal? Como planteó Slavoj Žižek en una entrevista, el sexo ideal e inofensivo para el feminismo dominante sería aquel donde ocurre lo siguiente: “OK, mañana nos juntamos a tener sexo. Yo voy con mi vagina de plástico, él con su pene de plástico, les ponemos las pilas, ponemos su pene de plástico en mi vagina y las máquinas gozan por nosotros mientras tomamos el té sin hacer nada”. Se podría conjeturar que el porno cumple una función real: desahoga el deseo y le propone un alivio frente a la tensión que existe entre el delirio sexual producido por la enorme cantidad de signos que apelan al sexo y el rechazo exagerado de la realidad sexual. Una de las razones por las que se sabe que los hombres consumen más porno que las mujeres es que, estadísticamente, quieren mucho más sexo del que reciben, como indica Catherine Hakim en El capital erótico. Las mujeres en general manifiestan niveles mucho más bajos de deseo sexual, y la pornografía funciona como catalizador: ante las diferencias biológicas, los hombres fantasean con variedad y novedad constante. Cuando le preguntaron a María Riot –una actriz porno local– qué opinaba sobre las afirmaciones del spot del SEB dejó al descubierto un aspecto llamativo. Sostuvo que esas empresas, en general, no garantizan condiciones laborales óptimas para sus trabajadores. “La gente que labura en esos lugares tiene pésimas condiciones de trabajo, situaciones de explotación extrema donde no se respeta el consentimiento ni los límites, y eso no te lo cuentan en el spot”.

Es cierto, la industria pornográfica carece de sindicalización y regularización. Los actores deben someterse a controles muy estrictos de salud por los riesgos a los que se someten y no todas las empresas les proveen los servicios que necesitan para hacerlo. Debido a los prejuicios sociales, esta sí es una situación bastante invisibilizada. Además, como el salario promedio está por encima de la media, la mayoría de los trabajadores del sector no se moviliza por temor, aunque la realidad demuestra que están muy mal pagado en relación a los beneficios millonarios que genera: cerca de cinco mil millones de dólares al año. ¿No resulta extraño entonces que la primera opción del spot sea concentrarse en conflictos simbólicos moralistas y pasar por alto los conflictos materiales concretos de la industria del porno? Al respecto, Nancy Fraser advierte que el reclamo de las primeras luchas feministas devino un pilar de la ideología neoliberal contemporánea. Bajo el supuesto empoderamiento de la mujer se justifica la explotación, y al enfatizar la identidad de género, rechazando los análisis económicos puros y politizando lo personal, se contribuyó al olvido de la batalla por la igualdad económica. Sin ir más lejos, hace pocos días la empresa de cosméticos Avon –en consonancia con las demandas del mismo feminismo a la espera de un porno con perspectiva de género– se sumó a la lucha contra el “acoso callejero” con un video que problematiza una situación que no todas las mujeres vivimos de la misma forma. En la campaña se da por sentado que sentimos miedo frente al trato avasallante y poco educado de un desconocido al que se pretende aleccionar. No obstante, es ingenuo suponer que una empresa de cosméticos, cuyas revendendoras están en iguales condiciones laborales que un vendedor ambulante, esté verdaderamente preocupada por la condición de la mujer, aunque más contradictorio aún es que el feminismo –que sí debería estarlo– lo ignore y se preste a colaborar con sus intereses/////PACO