Libros


Entrevista a Margarita Martínez

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Este año ubuediciones.com.ar publicó Trece llanos, un libro con trece piezas donde Margarita Martínez recorre zonas de Buenos Aires. Entre la semiología impresionista y la mirada analítica, Trece llanos vuelve a un tema recurrente en la literatura argentina, la ciudad capital, sus nombres propios, sus hábitos, su cuadrícula y sus excepciones. No hay andariveles fijos en el libro, el estilo parece ponerlo la geografía rígidas de las calles, esas certezas, apostrofadas de notas y detalles, sin embargo, las preguntas que vuelven siempre aparecen revitalizada y actualizadas: ¿Por qué Buenos Aires es como es? ¿Por qué vemos lo que vemos y sentimos lo que sentimos cuando la recorremos? 
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Primero se camina y luego se escribe. ¿O se camina y se escribe al mismo tiempo?
 
Se observa y se escribe al mismo tiempo, aunque si tengo que pensar cuándo empecé a observar la ciudad se pierde tanto en mi memoria como si rememoro cuándo empecé a escribir para traducir esas impresiones. En el caso de estas imágenes mentales de Buenos Aires, las recuerdo desde el momento en que comencé a salir sola por la ciudad sin objetivos puntuales, es decir, alrededor de los quince o dieciséis años. Siempre caminé si pude elegir, y lo digo en sentido amplio: me gustan los espacios públicos de la ciudad, me gustan los transportes públicos, disfruto esos tránsitos solitarios y muchas veces escribo mentalmente en ellos.
 
¿En qué período de tiempo se escribió el libro?
 
La primera de esas postales tiene cerca de tres años y fue redactada de modo impresionista cuando me pidieron un texto sobre la ciudad que no fuera analítico, y lo aclaro porque también trabajé la ciudad de modos más teóricos. Las doce restantes fueron escritas entre septiembre y noviembre de 2017. Tenía intención de volver a caminar las trece zonas que había elegido; quería caminarlas en un período compacto de tiempo que volviera a versionar todas las “pasadas” que había hecho a lo largo de mi vida. No pude, así que volví al archivo mental, bastante actualizado igual. De todas maneras siempre está presente esa superposición transversal de miradas de distintas edades, el interior de la galería Bond Street, por ejemplo, está visto con los ojos de 1994 o 1996. No volví más.
 
¿Qué otras versiones literarias de Buenos Aires te gustan?
 
Recuerdo algunas semblanzas costumbristas que me interesaron leídas cuando estudiaba: relatos de la vida de la colonia o, en otra tónica, las de Rubén Darío en La Revista de América –la crónica del extranjero siempre tiene algo de impiadosa. Me interesaron las descripciones de shock por una ciudad en cambio, como las muchas que hay en la literatura local de fines del siglo XIX, sin haberlas encontrado para fines del siglo XX dentro de un tono donde la mirada cruda no fuera “realismo social”. En un registro totalmente distinto, encuentro algo muy vivo en la mirada sobre la ciudad que hay en los pasados ochenta, por ejemplo en Perlongher, que tiene una idea casi lírica y libidinal que es la de “poéticas urbanas”. Hay otros encuadres de voces más “borde” entre el periodismo y la literatura como vemos en Big Bad City de Enrique Symns. Otra lectura juvenil es Arlt con sus Aguafuertes, pero no se si hoy las soportaría; y desplazándome al ensayo o al relato testimonial reconozco una manera de mirar que me gusta en el Sebreli de Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación, en el Correas de Operación Masotta, no casualmente afines caminantes en un momento de sus vidas.
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De todos los capítulos, ¿cuál es el que más te gusta y por qué?
 
El que toma como eje la zona de Chacarita hacia Warnes, detrás de la estación Lacroze y hacia el lado de Paternal, y en segundo lugar el primero de los textos de la serie, escrito de modo impresionista, como decía, a las pocas horas de caminar por ahí, y que se mueve entre Flores Sur y Nueva Pompeya. ¿Por qué? Posiblemente porque en esas zonas vi mejor los límites (y no la potencia) de la reelaboración de las imágenes pasadas de Buenos Aires en los nuevos esquemas posindustriales. Digamos, “está todo por hacer” en términos de la llamada “gentrificación”, pero nadie está del todo convencido de hacerlo ahí (y entonces posiblemente no se haga nunca). Me gustó pensar que esas zonas no tienen redención posible por parte del capital, lo cual quizás sea una suerte; si no la tuvieron en la segunda gran entrada al mercado global de materias primas con la soja a fines del siglo XX, cuándo entonces…
 
¿Por qué trece?
 
Las trece semblanzas no corresponden a barrios sino a zonas anímicas, seguramente mi propia grilla traslúcida sobre el catastro. Aunque el número fue casual (y fue a parar al título por impar, primo, “incuadrable”), debo haber recorrido la ciudad a conciencia y con conciencia afectiva, porque en cada una de esas áreas está una parte de mi vida para bien o para mal.
 
¿Qué otra ciudad te gustaría describir y narrar?
 
Qué otra ciudad podría narrar… Por ejemplo, conocí bastante bien París por haber vivido un año, y lo que más conocí son sus espacios de tránsito, sus trenes a los suburbios (igual que ahora, daba clases “extramuros” y en zonas que allá llaman “calientes”), y no puedo despegar esa mirada de la brutal disociación de leer la ciudad desde la suerte de una formación intelectual de clase media ilustrada y la realidad material de una falta de medios casi total, que era mi situación de entonces. No quisiera describir París desde sus espacios sino desde la exterioridad obligada de casi todos sus espacios estando ahí, con pase libre a todos sus centros de cultura y pase vedado a todos sus tópicos de consumo. La paradoja es que la cultura se consume, y que en las grandes capitales europeas primero, y en otras ciudades después, como decía Lefebvre, el centro se convierte en un producto de consumo de alta calidad dentro de un doble estándar: “lugar de consumo” y “consumo del lugar”. Esa es la ciudad de París que quisiera describir.///PACO