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Un franciscano entrenado para matar

“Muy alto y corpulento, pinta de matón. De unos treinta y muchos o cuarenta y pocos. Cabello claro y corto, ojos azules”. Esa es una de las muchas descripciones de Jack Reacher entre las 442 páginas de El camino difícil, una de las novelas donde el personaje de Lee Child interactúa con el más constante y maligno de sus enemigos: la codicia humana. Y como soldado regular contra las fuerzas siniestras del anarcocapitalismo moderno, Reacher conoce a su adversario. En esto Reacher establece un vínculo subterráneo con Giovanni Battista Bernardone, también llamado Francesco, quien en la primavera de 1207, y tras un intempestivo acto de inmolación evangélica, decidió renunciar a la herencia de sus padres en la ciudad de Asís. Para simbolizar este despojamiento, Francesco se desnudó en público, inaugurando así una larga y distinguida tradición de “pobreza franciscana”. Menos dramático y más apegado a las buenas costumbres, ochocientos años después, Reacher se conformó con renunciar al rango de mayor en la Policía Militar del Ejército de los Estados Unidos y vagar sin más que su voluntad de justicia, su pensión militar y un cepillo de dientes. El objetivo, sin embargo, es el mismo: asumir el apostolado de un nuevo mundo posible.

Como el propio Reacher explica entre las 517 páginas de Zona peligrosa: “Siempre viajo por carretera. A veces ando un poco y luego uso el autobús. O el tren. Siempre pago en efectivo. Así no hay forma de seguirme el rastro. No hay papeles que indiquen por dónde he pasado, ni transacciones con tarjeta de crédito ni listados de pasajeros. Nadie podría seguirme la pista. Nunca digo mi nombre a nadie. Me gusta el anonimato. Y me digo que es una forma de burlar al sistema. Y en este momento estoy muy enojado con el sistema”. Para entender ese enojo habría que recordar la historia de Lee Child con la industria del entretenimiento durante el thatcherismo, aunque las huellas puramente literarias del militar retirado con el que logró “100 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo”, como anuncian sus libros, transmiten por sí mismas un plan de acción.

Un detalle es que se trata del tipo de plan que separa a los debiluchos que suelen admirar a Reacher por su capacidad para la violencia —“golpea primero y golpea con fuerza; que el primer golpe sea mortal; sé el primero en vengarte”— de quienes lo admiran por los daños que está dispuesto a hacerle al “sistema”. Un ejemplo son las palabras de Reacher en Personal, las 423 páginas en las que tiene que encontrar a un francotirador antes de que pulverice a mil metros de distancia el cráneo del presidente francés durante un discurso: “Lo que tenemos en manos no es el 11 de septiembre. Si le vuelan la tapa de los sesos a un político, medio país hará una fiesta en la calle. Comprarán banderas y beberán cerveza. Hasta podría desencadenar un milagro económico”. No, Reacher no está entre quienes han desarrollado una gran estima por las castas políticas del siglo XXI —“los políticos hacen lo que sea por ahorrar”, suele decir ante la decadencia de la milicia—, pero eso no lo convierte tampoco en uno de esos cándidos “libertarios” que sueñan con un máximo de individuo y un mínimo de Estado. Reacher, de hecho, sí cree en algo que está por encima de las libres voluntades individuales. En la ley, por ejemplo. E incluso cree en su propia aplicación de la ley (“cuando encuentre a ese francotirador voy a retorcerle el brazo derecho hasta que se lo arranque y golpearlo con su propia mano hasta matarlo”).

Falsificadores de dólares, mercenarios que estafan a las más violentas naciones africanas, militares que contrabandean armamento desde el frente de batalla, espías listos para traicionar a su propio país, empresarios —como el que personifica Werner Herzog en la película Jack Reacher— dispuestos a asesinar a quienes interrumpan un negocio, incluso mafiosos capaces de proteger a terroristas a cambio de algunos billetes extra. A excepción de cuando, siendo apenas un adolescente, se enfrentó por casualidad al Hijo de Sam —el célebre asesino serial que aparece entre las 207 páginas de Noche caliente—, casi no hay historia imaginada y escrita por Lee Child en la que el auténtico enemigo no sea la voracidad del dinero.

En tal caso, también es cierto que dotado con los dones de la paciencia y la cautela, a esta altura Reacher sabe que la codicia suele cometer el error de acercarse demasiado rápido, mostrando cómo se mueve y cuáles son sus debilidades. Los mejores observadores también han llegado a descubrir la ética materialista de Reacher prestando atención a la austeridad de su vestuario. Su ropa “da asco”, piensa el ladrón que intenta robarle en un callejón de Nueva York en El camino difícil, pero los zapatos son buenos: “De piel, pesados, sólidos, con las viras bien cosidas. Posiblemente calzado inglés. Posiblemente de trescientos dólares. Cada zapato costaba el doble que el resto de la ropa que llevaba el tipo”. He ahí un hombre que sabe cómo mantener los pies plantados en la tierra, y que por eso es perfectamente capaz de matar con una sola patada. Que la desilusión por la privatización gradual del Ejército y su inevitable caída en las garras del mercado se mezcle con una vida sexual itinerante le añade a la paleta narrativa de Lee Child posibilidades muy eficaces. Al fin y al cabo, ¿no son el dinero, el amor y la muerte las únicas pulsiones de interés para un novelista?/////PACO