Arte y trabajo, una línea de continuidad

En 1968 Oscar Bony presentó en el Instituto Di Tella una obra titulada “La familia obrera”. Sobre una plataforma se exhibía a un trabajador -un matricero de Valentín Alsina- con su esposa e hijo. La cédula de la obra explicaba: “Por estar aquí este obrero cobra el doble de lo que recibiría por ocho horas de su trabajo”. La obra fue clausurada por el dictador de turno, Juan Carlos Onganía, por considerarla subversiva. En aquel entonces, se interpretó que el interés de Bony radicaba en evidenciar que se podía contratar a la familia por un salario igual al que percibía el jefe de familia en la fábrica; la diferencia entre ambos contratos era que el margen correspondiente a la plusvalía iba -en el caso de la contratación artística- íntegramente al bolsillo del trabajador.

Unas semanas atrás, Hugo Moyano marchó con los trabajadores del Astillero Río Santiago en La Plata y en una emotiva arenga les dijo: “Perder el trabajo es como perder media vida. La otra media vida la perdemos peleando, y eso es lo que están haciendo ustedes acá”. Entre estas dos escenas, separadas por cincuenta años, se abre la posibilidad de reflexionar sobre la relación entre el arte y el trabajo en tiempos de despidos y ajuste económico. ¿Existe una línea de continuidad entre el gesto artístico y el discurso político? ¿Cómo es representada la coyuntura que performa el gobierno de Macri en la actividad artística contemporánea? “Cuando el hombre construyó su primera herramienta, creó simultáneamente la primera obra de arte”, dijo en los sesenta el artista argentino Víctor Grippo, una lectura que ubica el vínculo entre arte y trabajo como un único ritual humano y que intenta responder algunas preguntas que dispara la realidad.

En el comienzo, una obra de arte “obrera”

Daniel Leber (Buenos Aires, 1988) es Licenciado en Historia del Arte. Interpelado por las teorías artísticas del uruguayo Joaquín Torres García y por una innata curiosidad artesanal, comenzó a experimentar con las herramientas de la herrería a partir de una obra de arte: “Algunos oficios” (1976) de Víctor Grippo, que actualmente se encuentra exhibida en la muestra Historia de dos mundos del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.
Ese devenir experimental fue encauzado en un proyecto artístico y comercial con el que comenzó a producir joyería contemporánea. Con materias primas obtenidas a partir del cartoneo y la chatarrería, y atento a cualquier posible material que pueda ser transformado en joya, Leber recupera metales de la calle, capots de autos viejos, varillas de hierro y resabios metalúrgicos que formaron parte de otra cosa -y ahora descansan al lado de un contenedor para separar la basura- para convertirlos en piezas ornamentales. En su amplio taller del barrio de Constitución, que comparte con amigos artistas, se despliegan en exhibidores colocados en la pared, forrados con impecable pericia en telas aterciopeladas en color rosa y negro, la serie de collares, pulseras, casquetes, cadenas y dijes que construyó a partir de estas chatarras.

En la obra de Grippo que funcionó como disparador de su labor, se exponen los cinco oficios fundacionales de la sociedad: el herrero, el carpintero, el cantero, el labrador y el albañil. Allí, el trabajo se propone como fuerza constitutiva del ser humano, una idea que se actualiza de manera descarnada en una coyuntura que ubica a la dignidad o al desprecio del trabajo -según se mire desde su defensa o desde su conceptualización como gasto- en el centro de la escena pública. Aprender un oficio en una época de bastardeo del trabajo humano y su dignidad, se ofrece como un acto de resistencia. Trasladar ese oficio a un emprendimiento comercial, aparece como un gesto de desaire ante las voluntades neoliberales que empujan a los desocupados a crear un emprendimiento propio, como “soplar y hacer botella” o, en este caso, “prender una fragua y hacer joyas”.
Cincuenta años después de la presentación de la obra de Grippo, en un momento histórico atravesado por la proscripción del peronismo, la discusión sobre la representación del trabajo se retoma en una voltereta cíclica que parece no tener fin en la historia de nuestro país. Víctima de la alternancia entre gobiernos populistas, neoliberales y dictaduras, en las últimas décadas se ha visto tironeado por conceptualizaciones que lo ponen en lo más alto del podio de la integridad humana o en un tacho de basura. Quizá en ese forcejeo se pueda entender por qué los ideales peronistas siguen teniendo pregnancia en altos porcentajes de la sociedad. Y también por qué, aun en 2018, el arte necesita discutirlo: la nueva tapa de la revista Fierro recupera la obra de Ernesto de la Cárcova “Sin pan y sin trabajo” (1894) para debatir desde la intervención artística la pérdida de miles de puestos laborales que vienen ocurriendo bajo el gobierno de Macri, plasmada en una estadística pavorosa de desempleo nacional que alcanzó el 9,6% en lo que va del año. .

Las joyas del herrero

Las piezas de Leber son difíciles de clasificar. No son las de la calle Libertad ni las que usaría cualquier hija de vecina en un casamiento familiar. Son agresivas y hostiles, y por eso dialogan con el presente. Incomodan porque son pesadas pero también porque se materializan en cadenas alrededor del cuello. Podríamos pensar en una especie de esclavitud chic que maneja un contrapunto con cierto grado de cinismo: entre la estética metalera y la amenaza de una ley de reforma laboral. Se trata de obras de arte que reflejan lo más primitivo del trabajo manual y hablan de las contradicciones de la labor humana que ya representaba Grippo, de la que habla Moyano y también la obra de Bony, a la que Leber homenajeó replicando el collar que usa la madre de la familia obrera.
Los herreros de la historia han creado las piezas fundamentales para la construcción de la infraestructura de las ciudades. Se trata de la utilidad de un oficio fundacional, que cimienta las bases materiales -en un sentido concreto y no metafórico- y crea riqueza. El sindicato de la Unión Obrera Metalúrgica cerró para esto año una paritaria apenas por encima del 20%: un lujo en el contexto salarial del resto de los trabajadores, un lamento en relación a la pérdida de poder adquisitivo que vienen sufriendo los asalariados frente a una inflación que se prevé rondará en el 45% el próximo diciembre. Los herreros de la historia también son reconocidos por llevar a cabo una de las pocas ocupaciones en donde ellos mismos fabrican las herramientas que usan para su oficio. El mito de Hefesto, el dios griego y famoso herrero cuya fragua era un volcán en donde creaba las armas de los dioses, colabora con la edificación del relato. Aunque sólo poéticamente: no alcanza para negociar paritarias.

En este contexto económico y político ¿qué significa la reapropiación de un oficio fundacional para la creación ornamental? Si la utilidad social del trabajo es desprestigiada por los gobernantes de turno ¿cómo se lee esta reconversión? El procedimiento alquímico reaparece una y otra vez en momentos de crisis: rescatar algo inservible y transformarlo en algo nuevo, sacarlo de la improductividad a través del trabajo manual. La actualización moderna de este proceso articula el oficio, la “obra obrera”, la artesanía y el background universitario, pero también honra la unión arquetípica de pares oposicionales: la voluntad y la razón, lo espiritual y lo material, lo útil y lo ornamental, el dinero y el placer. En esta última dicotomía se recupera la frase de Hugo Moyano, unos de los líderes sindicales más importante de las últimas décadas: el cincuenta que le toca al placer, se lo está llevando la lucha, que es cruel y es mucha////PACO