Acoso callejero en EEUU: Paglia vs Sommers

“Soy lesbiana y me fascina ver mujeres con ropa sexy, pero creo que la pretensión de mostrar el cuerpo sin que nadie pueda decirte absolutamente nada es poco seria, infantiloide… Muchas mujeres necesitan darse cuenta de que cuando se visten, por ejemplo, con faldas cortas, las piernas desnudas y los tacos aguja están diciendo que su sexualidad es parte de su poder… No bogo porque se deje de usar esa ropa, pero si la usas, debes saber lidiar con lo que provoca en los demás, sin ir corriendo a pedir la ayuda de un policía, abogado o juez, como una niña que va en busca de sus padres”, dijo la elocuente crítica de arte norteamericana Camille Paglia a propósito de la sanción del piropo callejero. Para muchas feministas de su país, lograr que la ley intervenga en los casos en los que un hombre lanza una frase indecorosa en la vía pública, es la nueva frontera por cruzar en materia de derechos humanos.

Enemiga de la victimización, Paglia siempre entendió el empoderamiento femenino como una capacidad de autodefensa fraguada en el contacto con el “mundo real”: “Parece haber demasiadas jóvenes de clase media, criadas lejos de los centros urbanos pobres, convencidas de que su vida adulta será una prolongación de sus hogares cómodos y sobreprotegidos. Pero el mundo sigue siendo una selva. Fogueadas por la cultura de género, asumen que la carne desnuda y la ropa sexy son pautas de la moda femenina desprovistas de mensajes que puedan ser malinterpretados y retorcidos por un psicótico. No comprenden la fragilidad de la civilización y la proximidad constante de la naturaleza salvaje (…) Para acceder a alguna medida de libertad verdadera en el contexto contemporáneo debes saber qué es exactamente lo que estás haciendo y tener responsabilidad personal en cuanto al desarrollo de tu autodefensa. Debes prescindir en todo lo posible de la ayuda patriarcal que pueda darte el sistema penal, o serás cada vez menos independiente”.

Cristina Hoff Sommers, también académica pero republicana y heterosexual, se tomó el trabajo de mostrar cómo los promotores de la sanción al piropo instrumentan su propaganda. Un video que ardió en las redes en el que una chica fuerte de cadera pasea por Nueva York y es incesantemente reclamada por hombres que le dicen cosas como “Sos muy linda, bebé”, se grabó, según muestra Sommers en su canal de YouTube Factual Feminist, en sólo un par de calles de los barrios más carenciados de la ciudad. Los que aparecen son mayormente negros y homeless. Que el pobre el carenciado o el bruto -el individuo que pasa más tiempo en la calle, en definitiva, y en general va a pie- es más proclive a interpelar mujeres que nada quieren saber con él, no es novedad en casi ninguna gran ciudad del mundo. El primer destinatario de la sanción por acoso verbal callejero será, irremediablemente, el marginal y luego vendrán el pobre y el trabajador.

Mucho más daño deberá hacer un hombre poderoso para ser castigado. El horrendo pope hollywoodense Harvey Weinstein es un ejemplo sustancioso en ese sentido. Al promover la intervención policial en la calle, la conciencia de género se arriesga a mezclarse con el disciplinamiento social de la pobreza y la marginalidad. Sin embargo, se puede decir, con toda razón, que la incomodidad ocasionada por un comentario lascivo es independiente de la clase social a la que un hombre pertenezca. No habría por qué soportarlo, es cierto, pero no es menos cierto que en las calles suceden cosas más espantosas como la violación, el robo, la agresión física y un largo etcétera que, en Argentina, cada vez están más lejos de controlarse. Sommers y Paglia concuerdan, suministrando otro punto sobre el cual reflexionar, en que en el espacio público hay todo tipo de interpelaciones molestas no asociadas al género.

Bajo el mismo criterio de incomodidad del receptor, deberían estar sujetos también a algún grado de penalización encuestadores, testigos de Jehová, mormones, vendedores ambulantes, Hare Krishnas, militantes en campaña, juntadores de firmas, personas que piden limosna e incluso repartidores de volantes. La subjetividad y las sensibilidades fluctuantes de las personas también entran en juego. Lo vejatorio puede tornarse halagador, según quien lo reciba. La homologación de las diversas e infinitas posibilidades de percepción a través de legislaciones tampoco parece ser una salida libertaria a un síntoma de enfermedades sociales más profundas, sobre las que, tal vez, los movimientos feministas deberían apuntar en primera instancia/////PACO