¿Qué falló en la campaña en favor de la IVE?

Lo que pasó

El contexto en el cual el gobierno de Cambiemos impuso este año el debate acerca de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) despertó toda clase de suspicacias. Mientras que la estrategia usual del Pro había sido polarizar con la oposición dentro y fuera de las redes, frente al aborto se sostuvo una postura más ambigua y silenciosa que se prolongó durante varios meses, hasta que los integrantes parlamentarios se vieron obligados a mostrar su opinión poco antes de votar.

El feminismo en conjunto, por su lado, comprendió que se trataba de una oportunidad histórica y rápidamente les dio a las redes sociales un rol vital. Pero mientras los medios entretenían a la audiencia con peleas grotescas entre famosos e ignotos o replicaban lo que ocurría en las redes, también llegaban las primeras señales de un “empate técnico” entre quienes estaban en favor y en contra de la IVE. Algunos de estos datos eran muy relevantes: el rechazo era más grande entre mujeres que entre hombres y entre quienes percibían menores ingresos respecto de las personas mejor posicionadas, y también entre los habitantes del interior del país y entre los que aprobaban la propia gestión de Mauricio Macri. Sin embargo, con el correr de las semanas, si el fin de la campaña en favor de la IVE era convencer de su necesidad y urgencia, las redes sociales dejaron resultados adversos: proliferó la agresividad, faltó política y sobró indignación, lo cual volvió algo confusa la caracterización del propio feminismo como conjunto. ¿Era esta cara belicosa y digital la que representaba al conjunto o solo se trataba de una facción encerrada en las redes?

Cómo pasó

El bando celeste, denominado “Provida” y en contra de la IVE, pareció tomar nota de estos detalles, especialmente tras el triunfo ajustado del proyecto en el Congreso. En Diputados, donde la composición refleja más o menos la distribución de la población —y donde podría intuirse la mayor concentración de usuarios de redes sociales—, el resultado coincidió también con las encuestas: el respaldo al aborto legal fue mayor en la Ciudad de Buenos Aires, Provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y Patagonia. Así y todo, el proyecto se impuso por pocos votos (129 a 125). En el Senado, en cambio, donde hay 3 senadores por cada distrito, independientemente del tamaño la población, la situación requería una estrategia distinta, ya que en casi todas las provincias del Norte Grande la tasa de rechazo a la ley era mucho más alta que en las del resto del país.

Lo siguiente fue el espectáculo democrático de la tradición y el culto venciendo a la “ola verde” tal como esta se mostraba en internet. Algunas señales: el chaqueño Ángel Rozas, que se declaró indeciso, se estremeció con una misa evangélica que juntó a 25 mil personas en Resistencia y terminó por definirse en contra. El radical Julio Martínez votó en contra cuando supo que el 70% de La Rioja no estaba a favor de legalizar el aborto. La reacción verde, mientras tanto, fue precaria en esos territorios, que eran los de las batallas reales. Por otra parte, quizá el humor de este tuit refleje en qué suelen derivar las discusiones en las redes y, en particular, como terminó la del aborto. ¿Era Facebook, Twitter o Instagram el instrumento adecuado para persuadir a los indecisos y construir un buen debate con los opositores? ¿Sirve confrontar a ciegas para convencer a una parte importante del país?

Por qué pasó

Excepto escasas y tardías notas periodísticas, con entrevistas a especialistas y quizá algún que otro monólogo que apelara a los argumentos y no tanto a la emoción, la campaña en favor de la IVE en la web fue excesivamente minimalista, reafirmatoria y lo más parecido a un eslogan publicitario: la identificación con un color —el verde— y una frase que proponía “aborto legal, libre y gratuito”. Corazones verdes en Twitter, avatares con el pañuelo verde en Facebook, fotos en Instagram con las uñas verdes, brillos verdes en la cara… pero nada que contribuyera a despejar dudas, dialogar o despertar curiosidad entre quienes desconocían el tema. Como indica la teoría de la burbuja de filtros, las redes terminaron mostrándonos aquello que nos gusta o con lo que solemos identificarnos, sin facilitar el contacto con los otros ni abriendo canales de diálogo genuinos con quienes piensan distinto.

Si bien es cierto que los nuevos artilugios de la tecnología digital reinventaron el activismo y las relaciones entre la autoridad política y la voluntad popular, los lazos que se generan todavía son débiles. ¿Las redes sociales son efectivas para incrementar la participación de una causa? Es probable, ¿pero acaso no lo logran disminuyendo el nivel de compromiso que se requiere para convertir esa participación en una acción política concreta? Como dice Malcolm Gladwell en La revolución no será twitteada, “el activismo de Facebook tiene éxito no motivando a la gente para que haga un sacrificio real sino motivándolos a hacer las cosas que la gente hace cuando no está motivada lo suficiente para hacer un sacrificio real”.

En temas de género, por ejemplo, las olas de indignación durante las discusiones virtuales sobre la IVE tuvieron como objetivo también a campañas publicitarias “machistas” como la que Carrefour organizó para el Día del Niño, lo cual confirmó también lo que señala el filósofo coreano Byung Chul-Han, para quien la fe desmedida en las redes sociales representa un serio problema para desarrollar alguna acción política real. “¿Para qué son necesarios hoy los partidos políticos si las ideologías, que en tiempo constituían un horizonte político, se descomponen en innumerables opiniones y opciones particulares? ¿A quién representan los representantes políticos si cada uno ya solo se representa a sí mismo?”. En el ágora digital se mezclan así las consignas políticas y la propaganda electoral con el mundo comercial, y las encuestas políticas equivalen, finalmente, a una proyección de mercado como el de cualquier producto.

Por qué puede volver a pasar

Todo suceso histórico relevante fue atravesado por la tecnología de su época, pero la tecnología no suplanta a la política. De hecho, muchas veces lo que sucede respecto a un tema trasciende lo que pueda ocurrir en internet. Facebook, por ejemplo, es la red más popular en Argentina. Sin embargo, observando los porcentajes de audiencia a lo largo y lo ancho del país, nos encontramos con que la mayoría se concentra en las grandes ciudades. En provincias como Chaco, casi la mitad de usuarios está en Resistencia, y comparativamente son muchísimos menos respecto a los usuarios de la ciudad de Córdoba. Vale preguntarse incluso —teniendo en cuenta los diferentes niveles de pobreza— qué porcentaje de personas tienen acceso a internet en ambas provincias, respectivamente. Twitter, por otro lado, es una red social mucho menos popular y que casi no incorpora usuarios nuevos desde 2015.

¿Cuántos tuiteros formoseños, entonces, habrá en Pilcomayo? ¿Y cuántos habrá en la localidad de Anillaco? Y si están ahí, ¿estarán al tanto de las discusiones de Twitter sobre género o más bien sobre los partidos de los torneos locales de fútbol? En otras palabras, ¿por qué no tuvo tanto alcance lo que decía una integrante del colectivo #NiUnaMenos en un estado de Facebook en comparación a lo que decía en voz alta un obispo de la zona a sus feligreses? Si el feminismo anclado en la web está dispuesto a entender qué fue lo que falló, ¿cómo se percibe entonces la carencia de organicidad? La experiencia de la votación de la IVE muestra, por ahora, un territorio fragmentario, con grupos y organizaciones diversas que a veces convergen y a veces no. Pero si no hay liderazgos claros, ¿es solo porque las redes sociales refuerzan una versión del feminismo que se toma como si fuera una identidad vocacional y cultural sin mayor articulación ni compromisos más allá de las pantallas? De ahí deriva tal vez la radicalidad de ciertos enunciados intransigentes contra los usuarios con alguna objeción razonable al proyecto de la IVE. Entonces, si el mismo proyecto volviera a tener otra nueva oportunidad en el Congreso, ¿podría volver a fallar? Si no hay cambios en la estrategia esto es probable. Sin conocer a la población de los lugares donde las encuestas no eran favorables, sin articular alianzas territoriales y sin generar un discurso más persuasivo y menos cerrado, los consensos siempre quedan lejos/////PACO