Infancia trans

El día que el Senado argentino frenó la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, en la calle, unas cuantas pancartas del lado verde pedían por el “derecho a la infancia trans”, aunando los dos reclamos. Aunque para muchos son dos temas no estrechamente conectados, es cierto que, desde organizaciones como Casa Fusa, se los vincula bajo rótulos del estilo “salud integral para niños y adolescentes”. La prueba de esta relación se hace más evidente cruzando el charco. Sin el problema del aborto, Uruguay otorga a la cuestión de la infancia trans un espacio privilegiado dentro de las demandas sociales: “La Comisión de Población, Desarrollo e Inclusión de la Cámara de Senadores discute desde hace casi un año sobre si es apropiado que menores de 18 años tengan la posibilidad de cambiar de sexo sin el consentimiento de sus padres, a través de la hormonización, pero este tema ya está laudado desde hace cerca de diez años”, publicó el 25 de agosto pasado El Observador, a propósito de la polémica generada a partir de un proyecto de ley que alienta la aplicación de tratamientos hormonales en la infancia, excluyendo la injerencia obligada de madre o padre.

La resistencia adolescente en YouTube

Dentro de los críticos, están la Iglesia o parte de la comunidad médica, pero también aparecen otros grupos más sorprendentes, como los adolescentes que denuncian por YouTube operativos mediáticos para “tapar la realidad”. Dicen que el Estado, en complicidad con los medios hegemónicos, omite hablar de los peligros que conlleva una iniciativa de estas características, al tiempo que no da respuestas claras en cuanto a interrogantes (de una lógica bastante inapelable) como por qué un Estado que no permite que un alguien de 14 o 15 años maneje y salga solo del país o compre cerveza le da luz verde a la aplicación de una batería farmacológica cuyos efectos colaterales pueden perjudicar la salud. La objeción más inquietante que plantean estos chicos es que los productos que Uruguay administraría a sus niños trans no estarían aprobados por la Food and Drug Administration, la Administración de Medicamentos y Alimentos​​ de Estados Unidos.

En Argentina, la hormonización en niños no es un tema top en la agenda, pero lleva un exitoso camino recorrido y es muy probable que tienda a ir instalándose como una prioridad de la salud infantil. En octubre del año pasado, por ejemplo, el Ministerio de Salud de Buenos Aires lanzó un centro de hormonación especializado en niños trans dentro del hospital Sor María Ludovica de La Plata. Antes, los tratamientos hormonales en niños se venían haciendo en el Hospital de Niños Pedro de Elizalde de Capital.

 Contrariar a las hormonas

La terapia de remplazo hormonal es un procedimiento con extensa trayectoria en adultos. Se utiliza, por ejemplo, para aliviar los síntomas de la menopausia, aunque está contraindicado para las mujeres pertenecientes a grupos de riesgo en cáncer de mama. Como ocurre con un sinnúmero de medicamentos, tratamientos e intervenciones quirúrgicas, tiene defensores fervientes, pero encuentra resistencia en quienes bogan por privilegiar lo natural, evitar la sobre medicación, los químicos en la comida y demás acciones destinadas a disminuir los riesgos de cáncer y otras enfermedades.

La hormonización temprana es, para muchos de sus detractores, una forma de mal trato infantil, aunque los profesionales que se hacen cargo de llevarla adelante destacan los buenos resultados obtenidos, y alertan sobre los suicidios de adolescentes trans que no fueron apoyados por sus familias. Otras voces insisten en que, si bien cada uno puede hacer con su cuerpo lo que quiere, la posibilidad de que los chicos sean usados como conejillos de indias de laboratorios y empresas internacionales dedicadas a la medicina, es inadmisible. Como sucedió con el debate en torno al aborto en Argentina, las estadísticas disponibles varían tanto que se hace muy difícil separar lo real de lo dibujado. Pero hay una verdad comprobada por todos: cuando en un tema social intervienen organismos sanitaros públicos y privados, los negociados con farmacéuticas, clínicas y profesionales son un mal demasiado frecuente. Y en lugares con gran cantidad de gente por debajo de la línea de pobreza como Latinoamérica, es aún peor, porque la debilidad de sus regulaciones propicia diversos grados de experimentación con medicamentos nuevos o en desarrollo.

Otra vez George Soros

Algunas de las organizaciones que el gran millonario global de origen húngaro George Soros financia a lo largo del mundo se dedican a la problemática de género, contando con equipos multidisciplinarios de profesionales, farmacología y hábiles departamentos de marketing y prensa. Chrysallis, de España, por ejemplo, se presenta así: “Algunas familias de todo el estado nos habíamos ido encontrando a través de las redes sociales o de asociaciones de personas transexuales adultas, coincidiendo en varias cuestiones. La fundamental: todas teníamos una hija o hijo transexual. (…) No estábamos dispuestas a que vivieran una infancia y juventud sin que su identidad sexual fuera reconocida”.

Como parte de las respuestas a esta problemática, la organización recomienda la administración de hormonas a edades tempranas. No es diferente en Canadá, donde Soros patrocina Enfantstransgenres, que ofrece “evaluación y administración de terapias de remplazo hormonal en infantes y gestión de la supresión de la pubertad”. A nivel mediático, como en Uruguay, las críticas no sólo vienen de la Iglesia. Muchos medios anti hegemónicos sintetizan la cuestión con postulados como “De la tolerancia a la ingeniería social” (Lautjournal, 2016), y activistas como la feminista, ex militar y referente célebre del movimiento gay, Miriam Ben-Shalom, alzan su voz: “Si yo hubiese nacido en esta época, los psicólogos me habrían explicado que no era una niña, sino un niño atrapado en el cuerpo equivocado, y me habrían orientado hacia la hormonación y la cirugía genital. ¡Y hasta ahí podríamos llegar!: Yo soy una mujer que ama a otras mujeres, no un hombre al que la naturaleza asignó por error un cuerpo femenino. La definición de la sexualidad pasa por el cerebro y el corazón, no por los cromosomas y los genitales”.

Endocrinología pediátrica

Desde la psicología, las principales impugnaciones de los profesionales críticos pasan por considerar innecesaria la definición taxativa de la sexualidad antes del desarrollo. Tampoco justifican la decisión paterna de privar a los hijos de la chance de ser padres como ellos, llegada la vida adulta. Algunos llegan a usar el término “castración” para fundamentar su negativa a aceptar que un preadolescente sea medicado al punto de perder su capacidad reproductiva (aunque no tienen objeciones en el cambio de nombre o la decisión de vestir como una persona del género auto percibido). Los críticos de la medicina alopática condenan, en un sentido similar, la administración de una batería enorme de hormonas y remedios durante un periodo de la vida en el que un individuo es naturalmente fuerte y sano.

Según la revista española Endocrinología Pediátrica también hay “profesionales que afirman que el diagnóstico de disforia de género no puede ser hecho en niños ni adolescentes debido a que la identidad podría fluctuar durante la adolescencia. Se plantean preocupaciones sobre la desproporción de la segmentación del cuerpo y el metabolismo. Los pocos estudios realizados han mostrado que, aunque la supresión puberal produce una disminución en la velocidad de crecimiento, la introducción de hormonación cruzada puede dar una estatura final apropiada para el género femenino deseado en chicos biológicos.” Es decir que los efectos adversos de las hormonas se resolverían mediante la aplicación de nuevas hormonas y otros medicamentos, más una eventual operación de reasignación sexual.

El caso argentino

La bandera en favor de la infancia trans parece ser la sumatoria de todos estos factores, amalgamados por la necesidad humana de controlar el propio devenir. Es como si se subvirtiera el sentido de la frase “tiene toda la vida por delante” y se buscara que el niño defina cuál es su sitio en la nomenclatura de género vigente, antes de que sea demasiado tarde. El problema para estas latitudes es, como siempre, más grave, porque no somos España, ni Inglaterra, ni Canadá. Nuestras carencias son mucho mayores, nuestro contexto mucho más difícil de soportar, nuestros niños en estado de indigencia muchísimos más… Probablemente, asumir que la infancia de América Latina tiene urgencias mayores que la definición de la sexualidad en términos biológicamente modificados antes de la pubertad, sea la decisión más sensata para este momento.

En Argentina, el trabajo en la calle, la trata, las condiciones de vida prácticamente infrahumanas en zonas contaminadas y una larga lista de dramas que afectan a miles de niños aumentan a diario. Propinar igual protagonismo a necesidades de género (que son vanguardia en países adonde ni siquiera podemos entrar sin visa o permanecer por más de un par de meses sin ser eyectados por sudacas), sería un intento colectivo de negación de los problemas más graves y extendidos. Cabe preguntarse por último quién se beneficiaría de un debate público sobre hormonización infantil entre sectores que no atinan a distinguir entre aquel que sólo piensa diferente, pero padece análogamente los dilates del neoliberalismo, y el verdadero enemigo/////PACO