Política


Rozitchner, el ideólogo de la voluntad vacía

Ideas para el poder concentrado

Alejandro Rozitchner es el filósofo más subestimado de la Argentina y eso es temerario. Su nombre es dilapidado en los medios progresistas y llevado hasta el grado del ridículo. Lo señalan como un payaso mediático, un charlatán de peluquería sanisidrense, un hijo fallido. Pero Alejandro Rozitchner no es una mera distracción entre las medidas del gobierno, ni un bluff comunicacional. Su discurso, de hecho, es una de las condiciones de posibilidad para que todas las otras medidas se apliquen: para que las reducciones presupuestarias sean vistas como una oportunidad, para que un presunto acto de corrupción se edulcore como un conflicto de intereses, para que en el padecimiento haya esperanza. Alejandro Rozitchner es un encantador de serpientes, un funcionario sin puesto, una sombra, un lobo de Wall Street con domicilio en Balcarce al 50. En conclusión, uno de los filósofos más importantes de la Argentina.

Hace un par de años, en un programa de radio estudiantil, le pregunté por qué había dicho que Cambiemos era el gobierno más plural y tolerante desde la recuperación democrática, a sabiendas de los despidos masivos bajo portación ideológica, el encarcelamiento repentino de Milagro Sala, la disolución de la Ley de Medios y la persecución política y judicial a buena parte de la oposición. Rozitchner, enfadado, no me dejó terminar la pregunta. Parecía un animal rabioso, desencajado. Nos acusó a mí y a los integrantes del programa de hacer un periodismo nocivo, que sólo reparaba en las críticas y el defecto, y que no atendía la amplia gama de medidas positivas que la acción gubernamental estaba propiciando. Desde ese día, supe que Rozitchner triunfaría. Alguien capaz de poner en duda la condición inmanente de un oficio sin duda podía lograr que un vasto cúmulo de personas pusieran sus creencias por encima de sus propios intereses. Alejandro Rozitchner era el filósofo que el poder concentrado necesitaba desde hacía tiempo.

La evolución de la Argentina

Las lecturas posibles de este asesor de tiempo completo del presidente de la república pueden ser múltiples. Desde la relación antagónica con su padre, el icónico filósofo marxista León Rozitchner, a su juventud contracultural y marihuanera henchida de abrazos con el “Flaco” Spinetta y las lecturas de Carlos Castaneda. Sin embargo, el registro más sincero y despojado de prejuicios está en su propia escritura, que es donde empieza a develarse una postura ambiciosa. En su último libro, La evolución de la Argentina (Mardulce), Rozitchner da cuenta del país que pretende un gobierno en pleno auge de poder. A pesar de renegar de los antagonismos, en “Política de lucha, política de desarrollo”, por ejemplo, contrapone al modo tradicional del sistema político, al que considera burocrático, sumiso y aliado de la “delincuencia”, un esquema moderno alejado de las utopías y centrado en la creatividad. Pero el elemento vital para llevar a cabo cualquier transformación social, nos recuerda, es la gente. Esa visión del “poder ciudadano” ha calado a fondo en las estructuras del macrismo duro. Les gusta, los exculpa, los libera. “En la despersonalización tradicional de la política se pierde la realidad y el posible protagonismo creativo del ciudadano”, escribe Rozitchner.
Sin embargo, en mayo de 2016, Mauricio Macri visitó en Rosario el puesto de un tortillero que había colaborado con 100 pesos para “sacar adelante el país” y la realidad no pudo mantenerse extraviada lo suficiente. La foto inmortalizada en los medios parecía operística: un abrazo fraternal, como de padre a hijo pródigo. En el fondo de un terreno baldío casi distópico, al lado de la ruta, la esposa del tortillero se tomaba la cabeza, como si lo que viera fuera sobrehumano, divino, un gesto capaz de conmover hasta al más escéptico. Esa puesta, que a priori parecía una escena duranbarbeana, obedeció al mismo marco discursivo del filósofo: la paridad ante el poder. El licenciado en Filosofía por la Universidad de Caracas lo sabe: el sentimentalismo moviliza, desnuda. Y Rozitchner quiere ciudadanos que encuentren su valor, que se sientan parte desde su individualidad, con nombre y apellido, y de carne y hueso. Ya no más masas amorfas detrás de símbolos, Rozitchner quiere personas que crean que sus voces resuenan, que son capaces de inferir en el proceso social, aún con un billete cada vez más devaluado de 100 pesos.

La ideología oficial de la meritocracia

Respecto de la moral, Rozitchner hace hincapié en los valores y las obligaciones de los ciudadanos por el mero hecho de su existencia. Es tajante cuando afirma que “la moral de derechos pone a muchos ciudadanos en el plan de lucha. Promueve las actitudes de reclamar, exigir, pedir, movilizarse hasta que se encuentre respuesta. Pero el reproche no sirve, porque las cosas hay que hacerlas”. Sin dejo de inocencia, el asesor presidencial asimila protesta con queja, y busca hacer ver las manifestaciones y los reclamos de derechos como caprichos de gente débil, vagos y “planeros” acostumbrados al derroche estatista e incapaces de promover sus propios deseos en el plano real. El protestante es un frustrado, un cordero destinado al fracaso en un mundo necesario de entusiasmo.
Hace algunos años, Chevrolet lanzó un spot que resumía bien la idea: “Imaginate vivir en un mundo donde cada uno tiene lo que merece”. El llamado a la libre competencia personal de la General Motors parecía un calco del discurso del filósofo. Algún desprevenido, conociendo la historia de Rozitchner, podría haber pensado que era un guion suyo. Pero el propio filósofo podría desmentirlo, porque para él los individuos que hacen patentes su situación de vulnerabilidad económica son “chantas”, personas dispuestas a sostener un estado de victimización constante para ser mantenidos por un Estado paternal, dispuesto a conmiserarse del desgraciado. En ese sentido, la identificación con el spot es elocuente cuando es Rozitchner quien nos dice que “lo que a cada uno le corresponde es lo que logra hacer. Lo que a cada país le corresponde es lo que su capacidad humana y política logre hacer”.

La forma para que las cosas estén mejor

Este pensamiento se centra en su concepción de la crítica. Su tesis es cruelmente engañosa: la historia del país ha abundado en críticas y sus logros, por lo tanto, no se vislumbran. Si así fuera, “la Argentina sería un país más poderoso que los EE. UU.”. Dejando de lado que Rozitchner parece obviar los incansables golpes militares que silenciaron a miles de voces críticas, su búsqueda apunta a una esfera más visceral y sensible. Lo que demanda su filosofía es un amansamiento social, un golpe de efecto esperanzador que, además, movilice los deseos de las personas. La idea es simple pero efectiva, y puede reconocerse también en la fraseología del Jefe de Gabinete de Macri, Marcos Peña: la forma para que las cosas estén mejor es que la gente crea que lo están. O, mejor aún, que crean que lo estarán a pesar de la degradación que sufran en el presente. En ese sentido, su prédica es magnética: “Hay mucho por ganar, demasiado, porque el precio que se presentó como exagerado es falso y podemos pagarlo. Es más, va a ser un placer pagarlo, porque al hacerlo vamos al mismo tiempo a beneficiarnos de un incremento de fuerza y vitalidad consistente y merecida”.

Una de las últimas apariciones de Rozitchner fue en el programa de Alejandro Fantino. La medianoche reverberaba tras algunos minutos álgidos de un debate sobre la abrupta suba cambiaria. El asesor del presidente se mostraba rozagante, simpático, despreocupado. Algunas décadas atrás, había ocupado una silla parecida al lado de Mario Pergolini, tratando de desentrañar las ideas detrás de las grandes canciones del rock nacional. Su estética de vendedor de Biblias lo suavizaba, pero el tono de su voz parecía agigantarlo. Fantino lo aguijoneaba y esperaba sacarle alguna frase rimbombante para los titulares, aunque el pensador estaba en su salsa. Hablaba de “Mauricio” y de “Marcos” al mismo tiempo que la mueca risueña del primer mandatario se traslucía desde una pantalla. Era un nietzscheano que proclamaba para sí mismo el mero lugar del ciudadano y exigía derruir la esfinge del líder y apostar al amor. Pero la cara de Fantino se tensó cuando Rozitchner se pisó: habló de ir en contra de los derechos y las necesidades de los que menos tienen. Sabía lo que decía, era un profesional de las ideas, conocía la televisión. Se levantó apenas de la silla, exasperado, y amagó apoyar su cabeza contra la del rubio comunicador, como hacen los jugadores tras “una patadita de más”. Se señaló con la mano izquierda, elegante, como apoyándose una daga. “Yo me hago perfectamente cargo de mis dichos”, dijo.

Una historia breve de la post-ideología

En junio, el Gobierno pactó un nuevo acuerdo con el FMI, catalogado como “el más grande en la historia del organismo”. El programa, firmado por la histriónica Christine Lagarde y reportado por el “columnista” de Hacienda, Nicolás Dujovne, vía Washington, tenía una enfática necesidad: el ajuste. El tan repetido “gradualismo”, caballito de batalla cambiemita desde los inicios de mandato, había terminado. Rozitchner, sin embargo, se mantuvo entusiasta. Celebró la rapidez del acuerdo con el Fondo y afirmó ver a la Argentina afrontar sus problemas como nunca, en lugar de barrerlos debajo de la alfombra. La crisis era una mera crisis de crecimiento. Una desaceleración propia de cualquier cambio sustancial, llevado a cabo por un “equipo” preparado para proteger a los más vulnerables, “esos que suelen ser usados siempre por los gobiernos populares”. Rozitchner llegaba así a las últimas exudaciones de su alegría post-ideológica. ¿Pero cuándo habían empezado las primeras?

A mediados de los años setenta, con el derrumbe de los gobiernos de raigambre socialista, el capitalismo tomó como inspiración renovadora una serie de pensamientos articulados en lo que la Escuela de Frankfurt denominó post-ideología, una estructura conceptual necesaria para mantener luego de la Guerra Fría el orden social y fijar un status quo más benévolo en un mundo articulado por los oligopolios. La confrontación política, a partir de ahí, se volvió cada vez más estéril, y las verdades inalcanzables se acomodaron detrás de los grandes partidos, subsumidas por un pragmatismo técnico. A partir de ahora, el ciudadano debía contentarse con una libertad ficticia abanicada por el filo de la tolerancia y el respeto a las instituciones.

La extinción de la alegría

No es casual que la nueva ola de gobiernos de la derecha moderna encuentre en el discurso de Alejandro Rozitchner lo que, en palabras de Althusser, es una ideología par excellence. Sin embargo, en ese imaginario del ciudadano armado de poder civil que retrata Rozitchner hay una trampa: será el propio ciudadano el responsable de los fracasos generados por las decisiones políticas acordadas en las altas cúpulas, ahí donde se guarecen los verdaderos agentes del termómetro social. Obligado a soportar, el ciudadano no puede entonces más que realizar esfuerzos por el bien de la patria, al mismo tiempo que se hunde en frustraciones que, inevitablemente, se confunden con las imposibilidades propias.

El último discurso de Mauricio Macri enfrentó una vez más los bordes de esta misma ideología oficial. Al culpar a los argentinos de “vivir por encima de las posibilidades” luego de la desbordante disparada del dólar, lo que se puso de manifiesto fue la misma idea: la inversión de la carga de la prueba, es decir, la responsabilidad del ciudadano por las decisiones tomadas por quien los gobierna. Rozitchner, mientras tanto, también arengaba “emocionado” en las redes sociales. Pero su filosofía hecha carne y recibida por millones de personas obligadas a sentirse culpables por la falta de optimismo había alcanzado otro punto delicado, y los insultos y el enojo le mostraron lo cercano del abismo de la alegría. Si ya se había ganado una silla al lado de Marcos Peña, su aliado incondicional en las reuniones de gabinete, ahora le tocaba convertirse en más que Jaime Duran Barba. Rozitchner ya no viene a ofrecer números y puestas en escena. Su fin no es meramente electoral, porque un filósofo de la voluntad como él no se lo podría permitir. Su meta cada vez más asfixiada es estructurar una nueva realidad social guiada por la ilusión. Una Argentina “moderna” que deje atrás su historia, el pasado, las ideas y la victimización, con esa vulgar noción de que “la gente que tiene plata no le puede hacer bien al país”. Rozitchner insiste en que no se “perdió la revolución”, y tal vez sea cierto. Pero está cada vez más claro que se trata de una revolución para unos pocos conocidos////PACO