¿Quién piensa hoy la ciencia ficción?

un presente distópico hecho realidad

Comenzando por el fenómeno Stranger Things y por el hecho de que novelas seminales como 1984 y Fahrenheit 451 se encuentran nuevamente en las listas de best-sellers, la ciencia ficción atraviesa una intensa oleada de revivals y remakes desde que Donald Trump es presidente de los Estados Unidos. Pero, ¿cuál es exactamente el lugar que ocupan hoy estas distopías de la ficción especulativa en nuestra economía psíquica? ¿Sobre qué nos está hablando toda esta ciencia ficción y desde dónde lo hace?

Tampoco es necesario ir al cine ni cruzar el Ecuador en busca de grandes distopías. De hecho, basta con tomarse un subte o prender un canal de noticias. El recuerdo aún fresco de las dos figuras de mayor jerarquía política de la Argentina bailando y cantando una cumbia en el balcón de la Casa Rosada, durante su propio acto de asunción y frente a una plaza vacía, también vuelve inevitable pensar en alguna parodia lisérgica y trasnochada de Black Mirror. Cuando el lado más oscuro de la psicodelia se toca con las distopías autóctonas, tenemos también a Alfredo Casero en el programa de entrevistas más visto del país verbigerando “¡flan!”, en una estereotipia propia de un cuadro severo de catatonía. De inmediato, por si fuera poco, la patria gentrificada y sedienta de justicia, sale a las calles con pancartas con flanes y exigencias de venganza.

quiénes son los buenos y quiénes son los malos

Entre sus muchas ramas y variantes, tal vez la parte más significativa de esta nueva ola del género es el cyberpunk, una especie de subcategoría dentro de la ciencia ficción que alcanzó la cumbre a mediados de los 90 con películas como Matrix y animés al estilo de Ghost in the Shell y Akira. Mezcla de policial noir y ficción especulativa, los relatos cyberpunk orbitan alrededor de la alienación y la soledad en un mundo saturado de estímulos, y donde las corporaciones-estados organizan cada uno de los aspectos de la vida. En sus comienzos, sin embargo, el género funcionaba como algo más: un vehículo para desafiar las fantasías de sometimiento que despertaban el poder de la tecnología y sus creadores. Aún así, ahora son esas mismas fantasías las que parecen reelaborarse a través de la industria del entretenimiento para adquirir un nuevo volumen invencible. ¿Y si el placer por cierta ciencia ficción ya no pasara por identificarnos con aquellos justicieros solitarios del cyberpunk que enfrentaban a las corporaciones, sino por ayudarnos a reconocernos como una parte final de su triunfo inexorable?

En la película de animación Ghost in the Shell, la Mayor es un cyborg que trabaja a las órdenes del gobierno. El film, de 1995, es premonitorio: un hacker, The Puppet Master, se infiltra en las redes del gobierno y desata un conflicto diplomático de escala internacional, por lo que la tarea de la Mayor consistirá en perseguirlo por territorios reales y virtuales. Esta cacería se vuelve un juego de espejos que lleva a la protagonista a enfrentarse con los límites de su propia humanidad. En su mente, las preguntas se suceden como salvas: ¿cuál es la diferencia entre ser humano y ser una máquina? ¿Qué distingue un recuerdo de un hecho? Y, sobre todo, ¿quiénes son los buenos y quiénes son los malos?

dos versiones de “Ghost in the Shell”

El desarrollo de una inteligencia y una conciencia artificial son los ejes más frecuentados por el cyberpunk, y es por eso que ahí donde la novela negra tiene como protagonistas a policías o investigadores privados, el cyberpunk tiene a sus hackers y mercenarios freelance. Otro de los ejes del género es que, a través de sus aventuras a lo largo de los recovecos más kafkianos de una vida hiperurbanizada, los personajes suelen descubrirse en conflicto directo con los intereses de las corporaciones. Y ahí es donde la remake de Ghost in the Shell, esta vez con actores de carne y hueso, y con nada menos que Scarlett Johansson en el papel protagónico, encuentra su diferencia más reveladora.

En un giro propio del cyberpunk, la última Ghost in the Shell parece haber sido reabsorbida, veinte años después de la primera versión, como un producto de consumo masivo en el que la corrección política del siglo XXI se disfraza con las sombras huecas de la osadía antisistema del siglo XX. Ahí donde la película original se preguntaba por el límite entre el humano y el cyborg, entonces, la nueva nos plantea la pregunta por el supuesto límite entre las corporaciones y los gobiernos. Es también ahí donde la distopía del “mundo real” se cuela en la ciencia ficción más contemporánea: si las corporaciones y los gobiernos hoy ya son lo mismo —y esa es la distopía que, a su modo, representan presidentes como Donald Trump o Mauricio Macri—, el planteo antagónico no solo es falso, sino que tampoco parece incomodar a nadie. ¿Qué fue lo que pasó entre 1995 y 2017? ¿Cambió la ciencia ficción? ¿Cambió Ghost in the Shell? ¿O cambiaron nuestras mentes frente a los dilemas del mundo?

crímenes tecnológicos: corporaciones y Estados

Era una templada noche primaveral en la pequeña ciudad de Tempe, en el estado de Arizona. Elaine Herzberg, de 49 años, caminaba a lo largo de un cruce de ruta, acaso distraída mientras pensaba en la semana que acababa de comenzar, cuando la atropelló una camioneta Volvo. Lo que rescata a esta escena del olvido inmediato entre cientos de miles de accidentes de tránsito iguales es que la camioneta, de la empresa de transporte Uber, no estaba siendo manejada por una persona. El Volvo era un “automóvil autónomo” o self-driving car, un prototipo diseñado por Uber junto con empresas pioneras de la informática como Intel y Nvidia que circulaba libremente por ciudades como Tempe bajo una serie de acuerdos entre el estado de Arizona y Uber. El argumento central de estos acuerdos era que el desarrollo de los self-driving car permitiría salvar miles de vidas gracias a determinadas características de seguridad que evitarían las “fallas humanas”. Entonces, ¿cómo clasificar el asesinato de Elaine Herzberg? ¿Una falla en el sistema de inteligencia artificial? ¿Un error de los humanos encargados de programar el sistema de manejo autónomo? Los fans de la ciencia ficción no podemos evitar otra pregunta: ¿y si acaso no se tratara de un error?

Al final de la remake de Ghost in the Shell, por otro lado, la Mayor se rebela contra la empresa encargada de su propio diseño y fabricación. En una conclusión épica, al rebelarse incluso asesina al CEO de Hanka Robotics para finalmente poder dedicarse, ya libre de ataduras, a trabajar bajo las órdenes del gobierno. Así es como el cyberpunk más inverosímil se despliega ante nuestros ojos ahora: los Estados y las corporaciones funcionan no sólo de manera independiente, sino que, además, en caso de lograr algunos acuerdos, estos pueden disolverse ante conflictos éticos. Del otro lado de la pantalla, sin embargo, seríamos demasiado ingenuos si creyéramos que ningún otro Estado va a estar dispuesto a seguir firmando acuerdos con Uber después de casos como el de Elaine Herzberg.

cyberpunk hard-core: Marcos Galperin presidente

Hace tan sólo unos días, Marcos Galperin, CEO de Mercado Libre, advertía desde su cuenta de Twitter respecto a la necesidad de una crisis económica para purgar al país, de una vez por todas, de la corrupción que lo aqueja. Pero luego de una oleada de indignación, el mensaje fue eliminado. Como en la famosa escena de Matrix en la que Neo veía el déjà vu que dejaba expuesta a la máquina, el twitt de Galperin se cuela así en el relato del “cambio” para poner en primer plano que lo distópico ya no es materia de ficción, sino algo demasiado realista para una película y demasiado intolerable para el relato político que sostiene nuestra realidad. ¿Empresarios cercanos al máximo poder gubernamental que propician con entusiasmo y en público crisis económicas en nombre de la moral?

Imaginemos por un momento un paisaje ubicado en un futuro no muy alejado: una ruta que se extiende sinuosa a través de amplias llanuras rebosantes de soja. Un Volvo gris con vidrios polarizados surca la escena a gran velocidad, casi levitando a ras del asfalto. Es un domingo de elecciones por la mañana y el asiento del conductor está ocupado por una mujer desnuda, parecida a Scarlett, que reposa con la mirada vacía hacia el frente. De su nuca hirsuta surge una pequeña ranura conectada a la cabecera del asiento. A los costados del camino, con escasos metros de separación, hay inmensos paneles LED con la imagen de Galperin, candidato en las elecciones presidenciales. Especulemos un poco más, juguemos al guion cyberpunk e intentemos imaginar hacia dónde se dirige ese Volvo. ¿Su ocupante fiscaliza votos para el partido de Marcos Galperin? ¿Es, acaso, una de sus parejas sexuales? ¿O integra, quizás, las filas de una resistencia transhumana?

Estas preguntas son vitales, porque en un arco argumental añadido en la remake, y que se desvía completamente de la trama original de Ghost in the Shell, el personaje de Scarlett descubre que conserva recuerdos de su vida como humana. Estos recuerdos son demasiado imprecisos y vagos y, sin embargo, algo la atrae hacia un complejo de viviendas donde, finalmente, encuentra a su madre biológica. En el balance, las corporaciones son superiores a los Estados; pero además, nos dice también Ghost in the Shell, el único confort ante la realidad es la melancolía de las vidas destruidas por la muerte. La pregunta final sería entonces, otra vez, por el límite. ¿Hasta dónde es tolerable y dónde ya no puede ser placentera la experiencia del espectador de ciencia ficción? ¿Cuánto puede soportarse hasta que el armazón de conformismo sea tan evidente que solo genere rechazo o desinterés?/////PACO