El extraño caso del Dr. Jordan Peterson

En septiembre de 2016, Jordan Peterson, un psicólogo canadiense con el prestigio necesario para ser conferencista habitual de Harvard, subió dos videos a YouTube criticando la ley C-16, que modifica el Código de Derechos Humanos de su país. Antes de esta reforma, en Canadá se prohibía la discriminación sistemática basada en etnia, raza, estado marital, orientación sexual o discapacidad, pero la C16 sumó a estos ítems la “identidad de género” y la “expresión de género”, al tiempo que añadió una serie de “géneros extras” a los que pueden ir sumándose otros más. En su afrenta, Peterson, que también es docente, recalcaba que esa ley hace ilegal la posibilidad de interpelar con sentido crítico a un individuo por cómo viste, habla o actúa, anulando, por un lado, el derecho al libre discurso, y por otro, privando a las minorías sexuales de la posibilidad de argumentar en igualdad de condiciones contra quien las critique.

Para él, amigo de las estadísticas, la biología y, por supuesto, del psicoanálisis, estas nuevas categorías no son lo suficientemente representativas de la sociedad en su conjunto. De modo que incluirlas taxativamente en legislaciones que cercenen el derecho de otros a expresarse sería casi antidemocrático. Le llovieron las críticas, pero también los fans. Para Peterson, tanto la reforma de leyes como la imposición dentro del ámbito académico de un lenguaje construido sin otra base que la autopercepción de un individuo, son medidas que obturan algunos canales de pensamiento imperiosos para el estudio, no sólo de la psicología, si no de las ciencias y las artes en general. Desde la explosión de la ola globalizada de feminismo e inclusión sexual, pululan toda clase de movidas destinadas a desmitificar el rol protagónico del hombre a lo largo de la historia de las ciencias y las artes, incluso cayendo en propuestas inefables como descolgar los cuadros de Balthus de los museos.

El psicólogo nunca tocó las cuerdas y, a cambio, manso y tranquilo, fue dejando en evidencia la oquedad de algunos planteos y, sobre todo, la agresividad con la que se formulaban.

Pero volviendo a Peterson, lo interesante es que desde que cuestionó la C-16, fue ascendiendo en popularidad, hasta llegar a dar una entrevista en la señal inglesa Channel 4 que tiene alrededor de 10 millones de vistas en YouTube y detonó cientos de memes. Valiéndose de la interrupción constante a lo Mirtha Legrand, la periodista Cathy Newman trató de arrinconarlo con el temario de rigor para las feministas, que incluye desigualdad salarial, acoso laboral, discriminación hacia las minorías sexuales y violencia machista. Sirviéndose de una estudiadísima templanza, el psicólogo nunca tocó las cuerdas y, a cambio, manso y tranquilo, fue dejando en evidencia la oquedad de algunos planteos y, sobre todo, la agresividad con la que se formulaban. No negó las diferencias de sueldos entre hombres y mujeres, pero advirtió que hay que evaluar la “gender pay gap” sin soslayar las aptitudes cognitivas de cada grupo, la inclinación particular a la competitividad, las elecciones personales, etc.

Lejos de tomar la posta para ahondar en estas cuestiones, Newman reiteró los consabidos argumentos de la injustica laboral y las mujeres, hasta que Peterson señaló que en Channel 4 hay una gran cantidad de hombres que ganan menos que ella, y muy pocos que ganan más. “Me agarraste” pareció decir la mueca de ella, a esta altura mucho menos pujante que al comienzo, y volanteó hacia la cuestión de incorporar el lenguaje de género en la universidad: “¿Por qué tu derecho a libertad de expresión debería superar el derecho de una persona trans a no ser ofendida?”. A lo que Peterson respondió: “Porque para poder pensar libremente, hay que arriesgarse a ser ofendido. Observa la conversación que estamos teniendo, estás más que dispuesta a ofenderme a mí, me interrumpes, pones palabras en mi boca y hasta das por sentado qué es lo que pienso, antes de que yo lo diga. ¿Por qué deberías tener el derecho a hacer todo esto, si para mí es incómodo? Lo haces porque estás excavando un poco para ver qué sale, qué es lo que está pasando, y eso está bien, porque en eso consiste el periodismo”.

¿Por qué deberías tener el derecho a hacer todo esto, si para mí es incómodo?

Hoy el canadiense tiene más de un millón de seguidores en su canal de YouTube dispuestos a ver, compartir y comentar más de 500 horas de diferentes charlas sobre psicología y filosofía dadas en las universidades de Toronto y Harvard en tanto gira por el mundo presentando 12 Rules for Life: An Antidote for Chaos, su nuevo best seller. Lo suyo llega más que nada al público joven. En Internet también circulan videos en los que se lo ve siendo acosado por militantes trans que se toman el trabajo de esperarlo a la salida de sus conferencias para acusarlo de discriminación, machismo, maldad… Él tipo nunca se enoja. Responde tranquilamente, con una actitud que pareciera decir “Ladran Sancho, señal que cabalgamos”. En efecto, del 2016 para acá, debe haberse llenado de guita. Hace un par de meses, Paidós lanzó Mujeres y poder, escrito por la historiadora inglesa Mary Bear, internacionalmente conocida por sus magníficos y enjundiosos documentales sobre el Imperio Romano, producidos por la BBC. El libro se cuelga del fervor feminista del presente para rastrear la importancia soslayada de las mujeres en la historia antigua. Arranca con el comienzo de la Odisea donde, asegura Mary, se da el primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer que se calle.

No todo es revisionismo y abundan las referencias a la cultura popular post moderna, permitiendo un interesante cotejo entre el ayer y hoy. Muy bien exhibido en las cadenas de librerías porteñas, junto a decenas de otros libros que celebran el feminismo de distintas formas, Mujeres y poder o cualquiera de los tomos con los que comparte rubro en la batea, hacen anhelar un poco de diversidad y nos llevan a pensar en Peterson y su libro inédito en Argentina graciosamente descrito como de autoayuda, género masivo si los hay, en el que desarrolla ideas de este tipo: “Di la verdad; No hagas cosas que odies. Busca lo significativo, no lo fácil o conveniente. Si viejas memorias aún te hacen llorar, escríbelas en su totalidad de manera cuidadosa. Trátate a ti mismo como si fueras alguien al cual eres responsable de ayudar. No intentes rescatar a alguien que no quiere ser rescatado, y sé muy cuidadoso en rescatar a alguien que sí lo desea. Nada bien hecho es insignificante. Sé preciso en tus palabras”.

Buena parte de sus fans a lo largo del mundo son varones de menos de 30 años que cuestionan la falta de una oferta genuinamente diversa de referentes dentro del discurso de los feminismos y el colectivo LGBTI.

Buena parte de sus fans a lo largo del mundo son varones de menos de 30 años (aunque también hay muchas mujeres y chicas de secundarios y universidades) que cuestionan la falta de una oferta genuinamente diversa de referentes dentro del discurso de los feminismos y el colectivo LGBTI. Valoran las discusiones plurales y siguen creyendo en las diferencias biológicas convencionales. Muchos de ellos son progresistas, pero el psicólogo de Canadá les resulta atractivo por encarnar, al menos en su vida pública, una voz que se alza virilmente, pero sin visos de agresividad, contra un nuevo pensamiento impuesto a la fuerza desde el sistema educativo y los medios. El caso Jordan Peterson nos habla de la gran necesidad popular de un actor que suele estar ausente en las discusiones de género, aunque todo apunte contra él: el varón heterosexual. Así es como sigue creciendo en adhesiones, pero también en repudios y pedidos de censura que lo colocan fuera del espacio de confort históricamente ocupado por el bando blanco y elitista del que proviene. Y en esto último hay algo aún más significativo que unge a Peterson de matices arquetípicos. Que un profesor universitario conservador del país menos canchero de Norteamérica se erija en ídolo de juventudes, es otra prueba de un mundo que se arroja a cambiar paradigmas sin “respetar los tiempos” (y las ideas) de todos/////PACO