Lilita no es mi hermana (y las feministas mediáticas tampoco)

Una de las bandas de rock que lidera un amigo tiene un nombre que siempre me pareció buenísimo: Hermanos de distinto padre y madre. La vieja idea de los parientes de sangre versus la familia que uno elige por afinidad, simpatía, causa común y/o cualquier otro parámetro no genético es, para una hija única, una suerte de aliciente frente a la ausencia de pares con los que compartir progenitor. Quizás por eso, de la nueva jerga de género que prolifera en los medios, la palabra “sororidad” es la que más me ha interpelado. Aunque “Manspreding” y “Cuerpa” me parecían horrendas, sororidad las superó porque tiene el plus de derivar en un uso completamente idiota y, lo que es peor, ajeno a la ética necesaria para enriquecer una movida con pretensiones de justicia social. De las escasas explicaciones coherentes que vi por ahí, la de Malena Pichot, desde su columna de Página 12 en la que insta a sus presuntas hermanas a enojarse, es la única que ofrece una solución sólida. En primer lugar, Malena se pregunta: “¿Quiénes eran, ¿dónde están, ¿qué están haciendo ahora las mujeres que lucharon por nuestros derechos cuando no existía Internet? ¿Quiénes fueron las mujeres que te hicieron la que sos hoy?” Y se responde con una arenga a lo Snoop Dog: “Respetá y averiguá o recordá quienes son tus putas amas”. Luego pasa a hablar de sus gustos y sus mentoras, a las que llama a bancar incondicionalmente: “Ni siquiera hablo de activistas ya, con quién creciste, a quién admirabas, quienes fueron las que te dieron otros sueños más allá del príncipe azul. Yo crecí escuchando a Elizabeth Vernaci, quien quizás nunca hable ni hablará de feminismo. Quien quizás pueda a llegar a boludearme a mí particularmente o todo eso en lo que creo en general. Si eso pasara, cierro el orto, hermana, porque la Vernaci es Al Capone, sin ella no estoy acá escribiendo esto. Respeto. Si tenés mi edad y un gramo al menos de cerebro creciste con Maitena, y si se acerca una atrevida a decir “pero habla de depilación” le pego tres cachetadas. Todas somos hijas de Maitena, antes de leer a Judith Buttler (sic) ella te hizo aceptar que estabas harta; y sin lugar a dudas deberíamos estar prendiendo velas todos los días a Juana Molina, que hizo un hueco en la matrix en los 90 y nos dio Juana y sus hermanas. En definitiva, la sororidad es un ejercicio de solidaridad entre mujeres por supuesto, sí, de solidaridad mafiosa: admiración, respeto y estrategias de guerra”. Aunque no queda claro por qué las señoras mencionadas son referentes maternales a los que rendirles pleitesía si buscamos la paridad, y aunque tampoco se entienda por qué si una tiene más de un gramo de cerebro debió haber consumido los productos de Maitena en la adolescencia o por qué un adefesio esponsoreado por la fundación Rockefeller como Butler tiene que ser tomado coercitivamente como un despertador de conciencias, algo es bien concreto: la sororidad, como la mafia, se impone por la fuerza.

Lógicamente, el resultado es el previsto en toda imposición carente de reflexión: no une, no hermana, sólo acentúa las distancias. En lo personal, la idea de sororidad me hizo advertir renovadas diferencias con otras mujeres, y recordar innecesariamente con cuántas no tengo ni quiero tener que ver. Algunos de los exponentes más poderosos -y peligrosos- de la política internacional en el presente, son mujeres. ¿Theresa May, hermana? ¿Ángela Merkel, hermana? ¿Michelle Lagarde, hermana? Y de acá: ¿Carrió, Michetti, Bullrich, Cristina… hermanas mías? ¿Hermanas entre ellas? No me hagas reír. Además, ¿ambicionan ellas y otras mujeres sororizar conmigo? Y por otra parte, ¿existen sororidades diversas? ¿Hay sororidad intelectual? De poder elegir, quiero de hermana a Simone Weil, obturada por Simone de Beauvoir, que, junto con el desororizado Sartre, me parecen un plomo. Pero Weil no es rebajable a mis modestas alturas: de establecer un parentesco simbólico conmigo, ella debería asumir un rol paternalista. Y si es por elegir, también quisiera sororizar en lo político con las luchadoras de Chiapas o de Palestina, pero ellas previsiblemente vean en mí lo que soy, un fruto de la ciudad con sus vicios y cobardías, y me dediquen una sonrisa condescendiente. ¿Puedo, al menos, sororizar con cualquier mujer argentina? Dudo; no sé si una chica de la villa 11-14 se sentirá genuinamente hermanada con una mina de clase media que trabaja de escribir notas… Las mujeres de la clase alta de este país o las mujeres que aparecen en la tele y cobran decenas de veces más que una cajera del Día ¿Sororizan de corazón y con plena conciencia de lo que están haciendo o lo hacen de caretas, ingenuas, boludas? ¿Y la cajera de Día, creció adorando a Juana Molina? Andá a saber… Nada de esto puede responderse sin particularizar cada caso, porque cuando hablamos de sororidad, las preguntas y las explicaciones caen al vacío, excepto que hagamos caso a Pichot y confiemos en el éxito de parodiar métodos mafiosos de los dorados años de gansta rap. Pero si no estamos tonteando, sabemos que las imposiciones caprichosas, infantiles, sin ninguna ética que las sostenga, generan un ruido blanco que no alcanza a tapar los baches ideológicos y de acción que traban el avance real hacia una sociedad justa. Así que, si me invitan al colectivo de la sororidad, apelo de nuevo a “Hermanos de distinto padre y madre” y robo unas líneas de sus canciones: “Lo alcanzo y lo dejo ir…Me guardo el boleto de recuerdo y sanseacabó”.////PACO