Lo que ellas quieren

Es inevitable imaginar una conversación entre la protagonista de Una vida en presente y la protagonista de La felicidad es un lugar común. Pero reunidas en algún punto de Buenos Aires, la ciudad que por momentos describen entre problemas y ansiedades sintonizadas casi al unísono, María Guevara y M.S., dos mujeres perfectamente contemporáneas, no conversarían sobre hombres, como si la escena se escapara de alguna sitcom de los años 90, sino sobre lo que las une con mayor rigurosidad: el trato directo y decidido, anímico pero también carnal, con la flaqueza de los hombres.

el triste rumiar de la “deconstrucción masculina”

Cada una a su manera, a veces “como si la formalidad de escuchar lo linda que soy convirtiera mi indiferencia en algún sentimiento relativo al amor”, como dice la protagonista de Una vida en presente, y a veces con la nostalgia de “uno de esos besos que enamoran e indican el comienzo de algo”, como dice la protagonista de La felicidad es un lugar común, esa conversación —¿en un bar no demasiado moderno y con las imágenes mudas de Christine Lagarde en algún televisor?— sería el anverso drástico del triste rumiar de la “deconstrucción masculina” que se consume en el vacío de las redes sociales. Oídas incluso fragmentariamente, María Guevara y M.S. podrían delimitar así el tono de una época muy distinta a los años 90, en la que las conversaciones sobre el amor, el sexo y los hijos ya no logran encuadrarse tan rápido en un esquema donde cuanto más construido está algo —incluida la masculinidad—, más se presenta como armónico y natural, “por lo que la autenticidad se convierte en el fetiche reaccionario por excelencia y en el Santo Grial de la mala literatura”, como dice Tom McCarthy.

ni víctimas ni mártires

Discutir si es la flaqueza de los hombres lo que rige la entereza de las mujeres es menos relevante que el hecho de que, por su lado, las protagonistas de Una vida en presente y La felicidad es un lugar común saben lo que quieren y saben cómo lograrlo (y lo que quieren, por supuesto, es vengarse del destrato masculino). Con esta ventaja epistemológica en su favor, María Guevara y M.S. se desprenden rápido de ese lastre casi omnívoro según el cual las voces femeninas, para narrarnos el complicado universo de las relaciones interpersonales adultas, tienen que presentarse con mayor o menor frontalidad como las tristes víctimas del ocaso otoñal de sus propias ensoñaciones infantiles, o —y esto es casi siempre peor— como las palmarias descubridoras del hecho de que los hombres, dispuestos a experimentar un considerable gusto por el sexo inmediato con una mujer, son capaces de decir cosas que no siempre son verdaderas, como por ejemplo, que están enamorados.

Las conversaciones sobre el amor, el sexo y los hijos ya no logran encuadrarse rápido en un esquema donde cuanto más construido está algo —incluida la masculinidad—, más se presenta como armónico y natural.

En una época donde deseo y goce son términos tan intercambiables como malentendidos en el campo de batalla de la guerra de los sexos, que Paula Puebla y Mariana Skiadaressis hayan optado por construir sus novelas a partir de heroínas en lugar de mártires tiene que agradecerse. A partir de ahí, sus historias se separan para volver a unirse solo al final, bajo una idea semejante pero expresada de dos formas distintas: aunque a veces a M.S. le gustaría “poder acompañarte, sin hablar, estar ahí y verte trabajar”, como le dice al escritor cincuentón y de codos resecos del que se enamora, “cuando uno no está solo, incluso las cosas más simples demoran el doble”, dice María Guevara.

los fríos cálculos de la conciencia sexual

En Una vida en presente lo que María Guevara organiza es un salto existencial. Perfectamente habituada a los poderes sexuales (en inevitable decadencia) que otorgan “unas tetas que siguen redondas” y “un abdomen chato y un vientre invicto”, la primera tarea es construir una novela que si por momentos amenaza con un terrible acto público de conciencia y delación, capaz de desmoronar la “tediosa” vida matrimonial de Gabriel Rubinzstein, el más desagradable de sus financistas y amantes, lo que en realidad esconde es una permutación definitiva y consciente del conocido territorio de las certezas físicas por el (todavía) inexplorado territorio del amor. Para una verdadera profesional del intercambio de sexo por ventajas de todo tipo y dinero —mucho del cual reinvierte en visitas “al masajista, el acupunturista, la cosmiatra, la peluquería y el gimnasio”, las herramientas para mantenerse al filo de “un paisaje agradable, decente y deseable”—, la posibilidad de dar este salto existencial llega en el momento justo.

Aunque con mayores o menores dosis de beneplácito y desprecio los hombres todavía se amontonan voraces al otro lado de su teléfono y al otro lado de sus redes sociales —y a veces al otro lado de la cocina, como su cuñado, que al descubrir la naturaleza reservada de su trabajo intenta extorsionarla con más sexo, aunque “su pija muerta era pura frustración”—, María Guevara conoce al único hombre dispuesto a darle más de lo que todos los otros suelen pedirle, convirtiendo su “fascinación narcisista por el acto de irritar” en “la sulfuración de estar en presencia del amor”. En este punto, sin embargo, Paula Puebla no se limita a escribir otra novela romántica, sino que concentra sus mejores recursos en aprovechar ese envión amoroso —o, para decirlo en los términos más pudorosos de María Guevara, “el evento que lo había cambiado todo en nuestra relación”— para limar, por momentos con una mordacidad cercana a lo hiriente, lo que tienen para decir sobre las representaciones contemporáneas del amor los gritos de moda de ciertos feminismos y, también, los viejos gritos conservadores que insisten en que el verdadero amor, para una mujer, solo llega con los hijos. “Ser madre te cambia la vida”, repite la hermana de María Guevara mientras le presta a sus hijas para que juegue, al menos durante una noche, a asumir las responsabilidades de la vida. “Te vas a sentir completa. No te vas a arrepentir”. Convencida de los impasibles rigores que requiere su salto, Una vida en presente nos muestra al final que, en un mundo donde hasta las caricias más indiferentes pueden administrarse bajo una tarifa, lo único que tiene sentido arriesgar por amor es lo que nunca aceptaríamos como negociable.

la guerra de los clones

Para M.S., en cambio, La felicidad es un lugar común avanza a través de una venganza distinta. Marcelo Kaminsky, un escritor argentino gordo, pecoso, cincuentón y con un talento acotado a los pasillos de la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires, no está dispuesto a convertirse en su novio. “Enseguida te aburrirías y me dejarías por uno más joven”, le dice Kaminsky, “casado con la literatura” aunque M.S. se haya acostado con él y se haya enamorado con la excusa de una monografía (“Marcelo Kaminsky, una estética de la proliferación”). La solución para esta divergencia es simple: hasta que el verdadero Kaminsky comprenda las necesidades afectivas y sexuales de una mujer joven y recién separada “que recupera el tiempo perdido con amigos y trata de mantenerse socialmente activa, disfrutando de la liviandad a la que accedí después del divorcio”, M.S. va a conformarse con un clon.

El sexismo es como el racismo: todos sentimos el impulso, pero esperamos que en nuestros padres el impulso haya sido más fuerte, y que en nuestros hijos llegue a ser más débil.

En términos estrictamente novelescos, el clon es un guiño airano mediante el cual la venganza contra esta indolencia sentimental de Kaminsky avanza en tono humorístico. Pero, ¿por qué no leerlo también como la involuntaria caricatura coyuntural de la “deconstrucción masculina”? Desde ya, el sexismo es como el racismo: todos sentimos el impulso, pero esperamos que en nuestros padres el impulso haya sido más fuerte, y que en nuestros hijos llegue a ser más débil. El cambio es lento y requiere del tiempo de generaciones para asentarse. Y por eso, apurados y falseados por la instantaneidad de la clonación, los duplicados de Kaminsky se reducen a versiones cada vez más simples y brutales del original.

simpleza y masculinidad

Dócil y contento, útil como una almohada perfecta y, sobre todo, predispuesto sin mayores resistencias a cualquiera de los caprichos de M.S. —incluida una mudanza a Pringles, donde intentarán una vida juntos—, el clon de Kaminsky solo se viste con un jogging “y encima coge mejor”, le cuenta M.S. a uno de sus amigos. Esta última mejoría, sin embargo, es tan enérgica como fugaz: si el Kaminsky original tiende a “jadear” y “acabar cuando empiezo a disfrutar”, dice M.S., su clon, en cambio, “embiste con fuerza” y apenas un instante antes del orgasmo “se detiene” y “me da vuelta, me abofetea, luego me agarra la mandíbula fuerte con su mano enorme mientras se masturba y eyacula en mis tetas”. A M.S. le gusta, pero eso no impide que el clon de Kaminsky, a pesar de las promesas, empiece a ensimismarse y perder el entusiasmo.

“No sé qué es el amor para un clon, pero entiendo que él elige quedarse conmigo y ser cariñoso, lo cual me parece reciprocidad suficiente como para sentirme correspondida, incluso aunque nunca pueda formular la frase te amo”, dice M.S. Y aunque tiene algunos intentos torpes de escribir, “la simpleza y la masculinidad” del falso Kaminsky terminan apoltronadas durante la mayor parte del día frente al televisor o en la cama, tomando té y sonriendo “con la mueca de un descerebrado”. M.S. no va a tardar en devolver el clon deconstruido a su fuente ni a descubrir quiénes son los hombres al verdadero alcance de sus expectativas/////PACO