Televisión


Luis Miguel, el “éxito maldito” de la conciencia de género

Le cantó al amor y al desamor, al dolor y al fracaso. Le cantó a los celos. Le cantó a las fieles y a las infieles, a las inconquistables y a las incondicionales. Le cantó a la pasión y al sexo, a los labios y a la piel. Le cantó a las mujeres, a todas. Incluso veneró a su propia madre. Nadie se atrevería a negar que Luis Miguel es el soundtrack del romance para una generación. Tampoco se podría decir que no es uno de los artistas de América Latina más importantes de todos los tiempos. Ya en 1994 “superaba en ganancias en millones de dólares a nombres de la talla de Michael Jackson o Julio Iglesias, y con sus discos Aries y Romance acumulaba 55 discos de platino”, escribe azorado el periodista y biógrafo español Javier León Herrera en Luis Miguel, la historia (Aguilar).
Ícono, leyenda, fenómeno de masas: la vida privada de Luis Miguel Gallego Basteri apareció en abril en nuestras pantallas para contar algo más que su ascenso al estrellato. ¿Cómo sobrevivió este niño prodigio a una infancia itinerante con un padre (y manager) cocainómano y explotador? ¿Cómo transitó su pubertad y adolescencia entre los escenarios, el delirio de las fans y la violencia doméstica? ¿Qué pasó con Marcela Basteri, su madre, vista con vida por última vez en el aeropuerto de Pisa en 1986? Debut sexual, primer amor. Drogas y fiestas, modelos, políticos y jet set. Estafas, venganzas, mentiras y poder. Todos los ingredientes imprescindibles para lograr la narrativa de un digno culebrón mexicano. Ya emitidos los trece capítulos de la primera temporada y lograda, con creces, la humanización de nuestro ídolo latino —con el aporte y visto bueno del propio Luis Miguel—, ¿qué otra cuestiones nos propone la bioserie? ¿Qué es lo que dice sobre nosotros el último éxito contenido original de Netflix?

Soy lo prohibido

Dicen que el amor romántico es dañino y obsoleto. Dicen que no hay que dejarse engañar, que amar y sufrir no van de la mano. Dicen que hay que eliminar las dependencias afectivas, que sólo nos demoran en el camino a la revolución. Dicen que los celos no demuestran amor sino que enmascaran un deseo violento de posesión. Dicen que si cuestiona alguna de tus ideas, te quiere adoctrinar. Dicen que el amor romántico es opresivo, es decir, enemigo de la libertad. Dicen, por supuesto, que reproduce esquemas y conductas patriarcales. Lo oponen, sin arte de magia, al oxímoron del amor propio, ese arcón de donde nacen los más salvajes poderes feministas. ¿Cómo es posible que, en este contexto donde el amor romántico se interpone a la conciencia de género, la serie sobre la vida del artista que más le cantó al romance haya sido furor? ¿Cómo se explica este paseo entusiasta por el pasado en un presente regido por la pancartarización de las frustraciones y la negación de la angustia?
En este intento por ideologizar lo inaccesible, el amor romántico —y el romance, su versión más impudorosa— se postula como relato y como acto subversivo. Luis Miguel, buen ariano, conduce la resistencia a estas nuevas formas prostéticas de amor, a estos modos laxos e hiper perecederos de vincularse. Entre el auge de las mediaciones tecnológicas para “encontrar pareja”, el advenimiento casi sci fi de la inteligencia artificial, la ciencia reproductiva al servicio de la individualidad y el imperativo feminista, los versos de más de la veintena de discos del Sol de México exponen los deseos inconfesos del amor. Deseos que, de por sí, son autoinmunes y están impermeabilizados a eso que llaman deconstrucción.

Revisar y castigar

Ahora bien, ¿qué sucede con el contenido de las canciones interpretadas por Micky? Literatura, letras de rock, tapas de libros y discos, fotografías, cuadros, desfiles de moda, performances y muestras de arte: cualquiera sean las formas de las expresiones y producciones culturales, hoy son todas candidatas a ser examinadas y escrutadas en retroactivo desde el paradigma de género actual. La maquinaria del escarmiento y los intentos de censura no dejan de funcionar en sociedades dichas progresistas o incluso liberales. ¿Pasaría “No me platique más” este testeo con sus versos posesivos o necesitaría salir al mercado con la etiqueta de FEMINIST ADVISORY? Te quiero tanto que me encelo, hasta de lo que pudo ser, y me figuro que por eso, es que yo vivo tan intranquilo. La protagonista secreta de “La incondicional”, ¿sería exonerada por disfrutar de su sexualidad con libertad en un amantazgo de hotel o sería condenada a la categoría de “gauchita” desde una moral machista y reaccionaria? No existe lazo entre tú y yo, nada de amores, nada de nada. Tú, la misma de ayer, la incondicional, la que no espera nada. “Entrégate” advierte mía, hoy serás mía por fin. La lista podría continuar pero poco basta para sentar pruebas de que Luis Miguel —además de encarnar una masculinidad sin crisis, de galán y caballero, de Príncipe Azul, hoy modelos en extinción— le canta a lo normativo. Sin embargo, el público de la serie, atravesado por la lanza del paradigma feminista, pareció disfrutarlo. Luis Miguel fue absuelto y su repertorio quedó eximido de ser reescrito bajo los cánones morales del 2018 marcando otro gol para el mercado de algoritmos.

Club de fans +30

A la crème de clase media se la reconoce por la apropiación de las voces de los sectores populares. Ese afán protagónico no es exclusivo al ámbito político sino que se traslada también a lo cultural: no es extraño que un público de privilegiados y sobreescolarizados de la Capital Federal paguen un dinero interesante para poder fascinarse y bailar al ritmo de la cumbia villera en los boliches más pretenciosos de Palermo. Esto que llamamos consumo irónico —nombre adjudicado al bizarro y el voyeurismo sobre los consumos que nos son de algún modo ajenos e inferiores— signó también el frenesí alrededor de la serie de Luis Miguel. No todos los televidentes comenzaron a ver el contenido original de Netflix por interés genuino.
El asunto —y quizás el mayor mérito de la producción— es el modo en que ese primer acercamiento peyorativo se fue transformando gracias a la alquimia perfecta entre un casting impecable, actuaciones de antología y el morbo propio que genera conocer las miserias y decadencias de nuestros ídolos de juventud. Juntadas, grupos de Whatsapp, eventos, memes, remeras y props: de nada se privó el club de fans de adultos en este regreso mimoso a los años dorados, a los recuerdos ajados de la educación sentimental. Salieron del closet muchos hombres que jamás hubieran confesado su costado meloso, y en muchas mujeres refloreció cierto anhelo de satisfacción, otro enemigo de las conciencias y las libertades más feministas.

Netflix & chill

Netflix —el monstruo corporativo del streaming que se preocupa por haber entrado en una meseta con 125 millones de suscriptores— logró postergar las fantasías suicidas de las noches de domingo gracias al régimen de la vieja usanza, con la dosis justa de un episodio semanal. El relato de la vida de Luis Miguel superó las expectativas de un público con hambre de revival, el regreso a una época en la que el feminismo era casi mitología, las masculinidades no estaban bajo la lupa y a las relaciones amorosas se les cantaba en todo el esplendor de lo real. De la mano de Micky, se concedió el permiso de experimentar cierta forma de nostalgia, de adorar un pasado que se fue y que ya no volverá. Pero no es una nostalgia cualquiera, volcada al consumo mismo de los hits de Luis Miguel —que nunca se han dejado de escuchar. Es una mirada melancólica que cae sobre el espíritu de época sentimental de fines de la década de los ochentas y los años noventas: el deseo no era cercenado y la crisis libidinal no asomaba como síntoma. Con otros miedos e intereses, sin las mediaciones tecnológicas que pretenden reemplazar al desnudo por un nude, a una conversación por un chat, al interés por un match, ciertos elementos de aquel viejo universo son extrañados y Netflix lo entendió. La fuerza irreductible del romance salió a la luz en territorio hostil y el público más afectado por las preocupaciones de género de la clase media no se le pudo resistir. Se cumplió el hechizo progresista y, por un rato, el amor venció al odio///////PACO