Espiritualidad y clase media

Un obstáculo económico o familiar inesperado que interrumpe para siempre una carrera universitaria suele colocar en el mapa mental de muchísimas personas a las “escuelas espirituales” con caminos alternativos hacia el conocimiento, añadiendo además algo que ni las universidades públicas ni privadas están diseñadas para dar: un objetivo para la vida. Una de estas escuelas, Nueva Acrópolis, imparte enseñanzas emulando las antiguas escuelas filosóficas de Oriente y Occidente. Parte de su sistema pedagógico consiste en la edición de textos filosóficos propios, con versiones “reducidas” que tienden a simplificar las exigencias habituales de autores como Platón o Aristóteles. El Cuarto Camino, en cambio, otra de estas escuelas, se centra con más énfasis en la disciplina. Ahora bien, ambas ofrecen un conocimiento despreciado desde los círculos intelectuales tradicionales, aun cuando son estas mismas usinas académicas las que, por un motivo u otro, las proveen del recurso más importante: ansias frustradas de conocimiento.

Un obstáculo económico o familiar inesperado que interrumpe para siempre una carrera universitaria suele colocar en el mapa mental de muchísimas personas a las “escuelas espirituales”.

Entonces, ¿qué dan estas instituciones que no dan las universidades o los foros habituales? Pensemos en experiencias como la de Carta Abierta, el grupo de intelectuales al que durante la década pasada se acercó mucho público que desistió de continuar al darse cuenta de que la propuesta se alejaba de lo “intelectual” para volverse más dogmática. Al recabar opiniones y experiencias sobre Nueva Acrópolis y El Cuarto Camino, hay quienes desdeñan a las filosofías orientales porque no las consideran instructivas para nada, y los que prefieren no hablar del tema para no acumular un “karma negativo” (algo así como evitar morder la mano que te da de comer), pero en el fondo estas parecen discusiones cercanas a las que se organizan alrededor de la supuesta pérdida de legitimidad de la política y sus formas. De hecho, la adhesión al “cambio” que manifiestan muchos de quienes asisten a estas instituciones abre otra pregunta: ¿por qué sus feligreses tienden a sentirse más seducidos por las propuestas ideológicas de las derechas? Una respuesta podría ser que la “renuncia de sí” que propone la militancia política suele interpretarse como el riesgo de perder la individualidad en la masa, una zona colectiva donde “los campos áuricos se enrollan sobre sí mismos”, dando lugar a una reacción animalizada, tal como sucede en las manifestaciones y las canchas de futbol. ¿La masificación política se opone a la espiritualidad? En todo caso, el riesgo de entrar a una “secta” no es distinto a lo que sucede en algunos partidos políticos radicalizados, donde la identificación ideológica hace difícil asumir cualquier pertenencia sin sacrificar el sentido individual en el camino. ¿Será, tal vez, que el tipo psicológico que lleva a militar en un partido no es tan distinto al que se acerca a estas nuevas formas de espiritualidad?

Nueva Acrópolis, El Cuarto Camino y la moral duranbarbista

Conozco a dos personas que alguna vez me hablaron bastante sobre Nueva Acrópolis. Una de ellas era militante en los años ochenta del MAS -el Movimiento al Socialismo-, un intelectual de izquierdas que vivía en Coglhan en una familia de clase media porteña y que, al tomar el tren a su casa, pasaba por la sede de Nueva Acrópolis, todavía en las calles Federico Lacroze y Crámer. El edificio, en los años ochenta, tenía un mural que daba a las vías del tren (que yo nunca vi) que representaba una vista lejana de la Acrópolis de Atenas, con las columnas jónicas del Partenón evocando la edad dorada del clasicismo. Lo más llamativo eran los rayos del amanecer, un sol semi-escondido que irradiaba un generoso abanico de luz que por su forma geométrica recordaba a la bandera imperial del Sol Naciente, la misma que usaban los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Él relacionaba ese “misticismo” con el resurgimiento de Europa. Al pasar los años, esta persona estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires y se convirtió en un académico. Como intelectual de izquierda, progresista y adherente, más adelante, al kirchnerismo, se acercó a Carta Abierta luego de las reuniones fundantes del año 2008, cuando la 125 y la “guerra con el campo” agitaban a las conciencias progresistas. A muchos de los que asistieron a las reuniones de Carta Abierta en la Biblioteca Nacional les sobrevino más adelante la decepción, porque los textos de las cartas que editaban no llegaban a reflejar el pensamiento vertido en las asambleas. En síntesis, las opiniones de los participantes quedaban fuera del discurso oficial aceptado por el poder.

Conozco a dos personas que alguna vez me hablaron bastante sobre Nueva Acrópolis. Una de ellas era militante en los años ochenta del MAS -el Movimiento al Socialismo-, un intelectual de izquierdas que vivía en Coglhan.

A medida que Cambiemos empezaba a dominar el centro del escenario democrático, el discurso de los intelectuales “iluminados” por el saber académico se devaluaba frente a la creciente demanda de transparencia y pacificación del discurso duranbarbista. Al mismo tiempo, lejos de criticar sus prejuicios acerca de las enseñanzas orientales (afines al discurso del Pro en la medida en que proponían una vuelta a la individualidad, la conciencia y el autocontrol, tan lejanos al “populismo”), en este intelectual comprometido con la política progresista creció el enojo y el desprecio hacia los argentinos en general y hacia los porteños en particular (problema que resolvió con una mudanza a España, un país absolutamente cómodo en la derecha y temeroso del populismo, pero donde todavía se puede vivir con una renta).

Otro caso que conozco es el de alguien que nació y se crio en el Bajo Flores, en una familia de clase media lindante con la clase media baja. Él también tenía prejuicios acerca de Nueva Acrópolis, pero venían de la espiritualidad propiamente dicha. Esta persona se había formado en la escuela de El Cuarto Camino, fundada por George Gurdjieff en el siglo XIX, alguien cuyas creencias se basan en que el ser humano necesita un procedimiento o sistema para “despertar”. Si bien en El Cuarto Camino enseñan que hay una senda para cada tipo de persona y que el sentido es encontrar la parte olvidada de uno mismo, la escuela es tan rígida que se practica lo que Gurdjieff llamó “el sufrimiento voluntario”: una férrea autoobservación lograda con grandes esfuerzos, que implica colocarse en situaciones “desagradables para el ego”. La diferencia entre El Cuarto Camino y Nueva Acrópolis reside en que los acropolitanos son muy amables en el trato y tienen pocos requerimientos para con sus adeptos, a los que después de algunos meses de “probacionismo” (así llaman a la etapa inicial) se les sugiere que entren en el “voluntariado” (una forma de servicio a la comunidad). Quien me contó su experiencia en esta escuela ni siquiera la consideraba como tal. En el camino espiritual, decía, no hay posibilidad de medias tintas; o se da todo o uno se dedicaba a ser una persona común y corriente, de las que jamás llegan a vislumbrar la verdad.

Las formas de la decepción para la clase media

Como en el segundo caso, la ilusión narcisista de que todos los órdenes del mundo pasan por la propia perspectiva política o espiritual delimitaba el acceso a una elite. ¿Y no es también esta una de las fantasías recurrentes de la clase media? La posibilidad de ascender y lograr pertenecer a las elites dominantes a través de algún conocimiento vedado. Si bien Nueva Acrópolis crea una elite, al mismo tiempo ofrece algo invaluable: cualquiera puede pertenecer. Luego, por supuesto, llega el desengaño. Porque, aunque la formación en la escuela avance, muchas veces solo algunos miembros elegidos pueden sumarse a “las fuerzas vivas” de Nueva Acrópolis, el núcleo y la matriz que permite convertirse en un “acropolitano”. En última instancia, un “acropolitano” es aquel que ha ganado literalmente el Cielo en la Tierra, por lo cual todos los sufrimientos serán resueltos.

El discurso “zen” de campaña y la presentación del partido como una fuerza capaz de vencer por sí misma a la corrupción de la “vieja política” convirtieron al Pro en un torrente electoral imparable.

Ningún partido político se asemeja más a esto que Cambiemos. De hecho, el discurso “zen” de campaña y la presentación del partido como una fuerza capaz de vencer por sí misma a la corrupción de la “vieja política” convirtieron al Pro en un torrente electoral imparable. Desde ya, para sumarse al “cambio” tampoco hacía falta poner el cuerpo ni salir de casa; bastaba con una “comunión espiritual”, una comunión de almas bellas. En tal caso, a veces las personas necesitan ser recibidas y escuchadas, aunque a cambio de eso tengan que aceptar ser engañadas. En el medio, brotan las paradojas y las ironías de nuestras aspiraciones de clase. Nunca estamos exentos de la necesidad de escuchar aquello que nos permita vivir en un mundo donde las circunstancias nos empujan al caos.

Nunca estamos exentos de la necesidad de escuchar aquello que nos permita vivir en un mundo donde las circunstancias nos empujan al caos.

Una amiga a la que había dejado de ver durante un tiempo me contó al reencontramos que también participaba de las clases de Nueva Acrópolis. Siempre le había interesado la filosofía y esta era una manera de acercarse en forma accesible y casi gratuita. Muy contenta, me dijo que la gente era amable, más amable incluso que en las parroquias católicas a las que había asistido antes, y que a pesar de no saber nada de filosofía, nunca se había sentido “discriminada”. Me acordé entonces de mi fugaz militancia de izquierda en las filas del MAS, donde también fui aceptada después de soportar largas charlas de intelectuales que leían a Marx y Trotsky y daban cátedra de economía, filosofía y otras disciplinas que me estaban vedadas. Yo también sentía en ese momento que era “boba” y que para opinar tendría que hacer, al menos, una carrera universitaria. En 1992, sin embargo, esas mismas direcciones sabiondas hicieron explotar el partido en mil pedazos, y todo el trabajo y el crecimiento de los militantes se perdió en vano. Nueva Acrópolis, en cambio, sabía cómo no ser sectaria con mi amiga. Otra de las “acropolitanas” que conozco, y que también se acercó a la escuela por su interés en la filosofía, me contó que su verdadera intención era liberarse del sentimiento que le generaba haber perdido a uno de sus hijos. El conocimiento adquirido en Nueva Acrópolis, sobre todo en psicología, la ayudó en la vida práctica: pudo utilizarlo como herramienta. Sin embargo, dejó la escuela luego de catorce años porque no le permitían ser instructora. Reconoció que había una “elite dirigente”, formada por miembros aún más jóvenes que ella, elegidos especialmente por sus características para formar parte de “las fuerzas vivas”.

Auras de la fe

Vuelvo sobre las auras. Todas estas escuelas ponen énfasis en la preservación de las energías, en la oposición entre el bien y el mal, asuntos personificados según cada situación por distintos actores (Cristina Fernández de Kirchner era en su momento una enviada del demonio, la bestia de las profecías de Solari Parravicini, o una Iluminati, al igual que los Rothschild, en oposición a un Mauricio Macri, que había logrado con humildad elevarse espiritualmente gracias a sus prácticas budistas). Por ejemplo, el origen de la política, para Nueva Acrópolis, es la manipulación: los que tienen el conocimiento dirigen a aquellos que por su ignorancia son pasibles de ser engañados. En esta escuela, la enseñanza de geopolítica consiste en reconocer que, desde los tiempos de la magia hasta la llegada de la ciencia, siempre la elite que posee el saber ha dominado, y que por eso cualquier masa es aberrante. Las masas se contradicen con toda disciplina, ya que el sujeto colectivo es algo bajo y manipulable por definición. Las auras, como dije al principio, se contaminan, y el trabajo espiritual pierde fuerza.

Para Nueva Acrópolis, entonces, la formación de una nueva clase dirigente solo puede basarse en valores arrastrados desde el origen de la cultura occidental, cuando los acropolitanos dirigían los destinos del vulgo. Similar a la de un partido como el Pro, cuyos dirigentes pertenecen a la clase que siempre dominó a la Argentina, la reelaboración de esa ideología se da por un añadido de sugestión, un discurso “no-político” pero políticamente activo, que despierta el interés de las masas “bobas” a las que necesitan como peones. Inflación, devaluación y endeudamiento no llegan aun a desengañar totalmente a los que votaron el cambio; hay todavía una suerte de fe anti-hundimiento, me decía un fletero al que no le quedaba otra que esperarlo todo de Macri, como si fuera un jugador de fútbol y no un político. A medida que se van perdiendo las expectativas, las escuelas espirituales, el yoga y la autoayuda aparecen como una posible salida laboral, mientras crecen las ofertas de cursos y carreras basadas en técnicas como la PNL o el “coaching ontológico”. ¿Salvan también del desánimo y la perdida de sentido individual? ¿Es la pérdida del confort un móvil para la búsqueda de conocimiento? Muchos maestros dicen que el camino empieza cuando la ilusión termina/////PACO