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Moralismo según J. M. Coetzee


¿Qué es Elizabeth Costello? Protagonista de un libro que disfraza con una capa ligera de ficción lo que resulta ser una sucesión de ensayos,
Elizabeth Costello (publicado en 2003, el año en que J. M. Coetzee ganó el premio Nobel), y con una aparición en su novela siguiente, Hombre lento (2005), Costello es una voz antes que un personaje. Y, en términos literarios, esa condición no le resta méritos. Por el contrario, son las apariciones furtivas de esta escritora lúdica y achacosa las que mejor transparentan hasta qué punto el vínculo entre la ficción y el ensayo fue convirtiéndose en el centro de la literatura de Coetzee, como demuestran La infancia de Jesús (2013) o El buen relato (2015). En esa línea, Siete cuentos morales vuelve a presentarnos a Elizabeth Costello como eje de una serie de relatos que, alrededor de temas como el sexo y el amor (“Una historia”), el deseo y la vejez (“Vanidad” y “Una mujer que envejece”) y la ecología (“El matadero de cristal”) por instantes rozan cierto “espíritu de superioridad moral”, como le reprocha uno de sus propios hijos, John.


Establecido que Costello es una voz a través del cual Coetzee se permite proyectar ciertas reflexiones sobre el mundo, ¿qué es lo que esa voz dice?

Queda en manos del lector decidir hasta dónde esta precaución es una ironía de Coetzee —hábil en la cesión satírica de su voz, como muestra el tercer volumen de su autobiografía, Verano, narrado por las mujeres a las que amó—, o si, como se defiende Costello, es una falsa alarma, ya que “todavía no he descendido a andar pregonando mis opiniones” (conviene recordar que Coetzee es el autor de Desgracia, novela que solo alguien demasiado desprevenido consideraría puritana). Pero establecido que Costello es una voz a través del cual Coetzee se permite proyectar ciertas reflexiones sobre el mundo, ¿qué es lo que esa voz dice? El abanico de respuestas es amplio y el estilo con el que Coetzee lo lleva adelante es el habitual; sin embargo, es Helen, la hija de Costello, quien también advierte al dialogar con su madre —terca para reconocer que la decadencia física empieza a superarla— que, en el proceso de “enseñarle a la gente cómo sentir”, sus obras, tal vez como las de Coetzee, “no contienen lecciones sino que son una lección”. En otras palabras, para acceder al “qué” de su voz no deberíamos pasar por alto el “cómo” (asunto de los cuentos “La anciana y los gatos” y “Mentiras”), y para entender esta diferencia entre la opinología y la literatura, Coetzee es contundente desde el primer relato, “El perro”.


¿Hay una moraleja en esta historia? Por supuesto, pero no la que esperaría un puritano: el mundo no sigue andando gracias al amor sino gracias al deber.

Ahí se relata cómo al cruzar en bicicleta un jardín, Elizabeth soporta con espanto los ladridos de un perro guardián que la espera cada día detrás de una reja. Pero, ¿por qué el perro le ladra? “Ella ha leído a Agustín, quien dice que la prueba más clara de que somos criaturas caídas estriba en el hecho de que no podemos controlar los movimientos de nuestro cuerpo. Específicamente, el hombre no puede controlar el movimiento de su miembro, que se comporta como si poseyera voluntad propia; tal vez, incluso, como si estuviera poseído por una voluntad extraña”. Es inútil determinar si Coetzee tiene en mente en este cuento (fechado en 2017) cuestiones tan coyunturales como el acoso callejero y los reclamos de ciertos feminismos dispuestos a “resolverlo”. Pero, aún así, quienes conozcan sus libros saben que la pregunta sobre las diferencias entre hombres y mujeres, y sobre los impulsos y las amonestaciones que los unen y los separan, se repite desde Esperando a los bárbaros (1980). Antes de volver a cruzarse con el perro, entonces, Elizabeth recuerda a Agustín y se pregunta también si ella “tendrá la fuerza de voluntad necesaria para no despedir el humillante olor del miedo”. Pero como el animal es incapaz de evitar ladrar y Elizabeth es incapaz de evitar asustarse, opta por enfrentar a sus dueños, una pareja de viejos. “Cada vez que paso, me siento humillada. Es humillante sentir tanto miedo. No poder superarlo. Sentirse incapaz de ponerle fin”, les dice indignada. “Puede tomar otra ruta”, responde la vieja. “¿Con qué derecho viene a casa para decirnos qué debemos hacer?”, responde el viejo. ¿Hay una moraleja en esta historia? Por supuesto, pero no la que esperaría un puritano: el mundo no sigue andando gracias al amor sino gracias al deber////PACO