La casa amarilla

 

El 22 de enero del 2016, María José Coni, una estudiante de economía de veintidós años, y Marina Menegazzo, una estudiante de fonoaudiología de veintiún años, llegaron a la localidad balnearia de Montañita, en Ecuador. El 22 de febrero mantuvieron una última comunicación con sus familias mendocinas. El jueves 25 se encontró el primer cadáver. El sábado 27, el segundo. Ambos cuerpos estaban golpeados, cortados y envueltos en bolsas de plástico. El 29 de febrero fueron detenidos los ecuatorianos Alberto Segundo Mina Ponce de treinta y tres años y Aurelio Eduardo “El Rojo” Rodríguez de treinta y nueve. Después de intentar algunas coartadas, hablar de narcotraficantes colombianos, decirse y desdecirse, el primero confesó y fue señalado como autor material del doble asesinato, mientras se acusó a Rodriguez de coautor. En abril los cuerpos de las jóvenes fueron repatriados. A principios de julio, los abogados de las familias mendocinas, que pagaron una investigación paralela a la de la policía ecuatoriana, confirmaron que el 8 de agosto comenzaría el juicio. El 12 de agosto de 2016, el diario argentino La Nación consignó las palabras de una médica forense local: “María José Coni fue asesinada de un golpe en el cráneo y tenía lesiones de intento de abuso sexual, mientras que Marina Menegazzo recibió seis puñaladas en el cuello, una de las cuales le rompió la médula, y tenía signos de haber sido maniatada.” Cuando el juicio terminó se condenó a los acusados a cuarenta años de cárcel, pena máxima prevista en el Código Penal ecuatoriano. Más tarde también se procesó, enjuició y condenó a un tercer acusado, José Luis Pérez Castro, de treinta y un años, que recibió la misma pena.

La casa donde las jóvenes mendocinas fueron asesinadas no queda en Montañita sino unos dos kilómetros al sur, en un barrio o un nuevo poblado en formación al que algunos lugareños conocen como Nueva Montañita. Según las investigaciones, los asesinos habría llevado engañadas a las mendocinas a ese lugar y ahí las habrían matado y ultrajado. A diferencia de Montañita, esta zona no se caracteriza por sus edificios de cemento, su hacinamiento, sus restaurantes y su hostels baratos. Se trata, más bien, del clásico barrio obrero en ciernes, con calles de tierra, forestación irregular, pajonales y manzanas con tres o cuatro construcciones. Otra característica notable es que casi todas las casas son iguales. Con forma de prisma, ubicadas en paralelo a la calle, sus fachadas parecen todas copiadas del mismo plano. Dos ventanas del mismo tamaño y una puerta apenas corrida hacia la izquierda: la plantilla se repite una y otra vez. Luego llega el gusto que cada dueño o habitante decide imprimirles. Algunos construyen aleros, cercas, caminos, otros cuidan jardines, también las decoran o protegen con rejas. Las hay pintadas de todos colores. Las hay habitadas y abandonadas. Pero el diseño de base es siempre el mismo. La fachada rectangular, las ventanas, la puerta. Cuando visité Nueva Montañita, tan diferente a la Montañita a secas, nadie supo decirme si la coincidencia remitía a un plan de urbanización preconcebido o si se trataba de un rasgo cultural, una manera tradicional de pensar el espacio arquitectónico. Las opciones no se excluían. Tampoco pregunté tanto. Puse más empeño en buscar el lugar donde habían sido asesinadas las mendocinas. Había tomado nota del emplazamiento, el entorno y otros detalles que rodeaban a la casa de color amarillo. Mientras la buscaba empecé a sacar fotos. Cuando la encontré me llamó la atención que no estuviera señalizada de ninguna manera. En la ventana de la izquierda vi un papel pegado del lado de adentro del vidrio, única e inequívoca presencia de la burocracia policial. Por lo demás, no había otras marcas que la diferenciarán. Una enredadera verde se expandía también desde la izquierda y comenzaba a pegarse a la pared y a la puerta. Saqué más fotos tratando de capturar algo que estaba y no estaba ahí. El mal ¿deja rastros en la materia inerte a ese nivel? Resultaba infantil pensarlo así pero el silencio rural cortado por el vuelo de algunos pájaros, una música de fm que se escuchaba a lo lejos y la tarde cayendo parecían pensados por Stephen King. Caminé hasta la puerta de la casa, intentando no desafiar la enredadera. Los yuyos estaban altos. Me asomé por la ventana de la derecha y vi los ambientes vacíos. Había un almanaque en la pared. El suelo de cemento alisado era gris. Volví a la calle. Me quedé esperando algo más que, sabía, no iba a pasar. Saqué las últimas dos fotos y me fui.

Mi visita a Nueva Montañita podría haber sido un capítulo de La dimensión desconocida. Por momentos sentí que, en la placidez de la tarde, podría haberme cruzado a alguno de los asesinos. No me atreví a tararear la melodía del programa. (En la web es fácil encontrar una foto de Ponce con una remera negra que dice “brigada seguridad” en letras blancas. El periodismo ecuatoriano señaló la ironía.)

La noche de mi excursión releí de la web el cuento ya clásico de Pablo Palacio, Un hombre muerto a puntapiés. Cuando me lo habían dado a leer en la universidad, como parte de un programa de literatura latinoamericana, el docente de turno había cumplido informando a la clase que se trataba de la primera narración ecuatoriana donde aparecía la homosexualidad. El pobre blasón, que algún brillo tenía, no opacó que Palacio ofreciera, en ese cuento, algo más. Un hombre muerto a puntapiés ponía en escena  a un protagonista realizaba una sofisticada operación de lectura que unía vida y arte alrededor de la anécdota de una muerte violenta informada por los poderosos medio de comunicación de la época. ¿Quién había matado a ese hombre? ¿Por qué? ¿Quién era? Luego completaba la operación con una especulación que, más allá de los usos periodísticos, se volvía parte central y resolución del relato. Para decirlo de forma más sencilla, el protagonista, no el autor, tomaba la noticia y la reescribía, completándola y a la vez deformándola. Con un deliberado estilo ingenuo, la superposición y complementariedad de los discursos me resultaba, para la década del veinte, un hallazgo compatible con las investigaciones que en la misma línea había desarrollado, en la Argentina, Juan José de Soiza Reilly. La información mediática era maleable, podía tomarse como punto de partida y transformarse. Para el situacionismo -por poner solo un ejemplo- faltaban todavía algunas décadas. Pese a su insistencia en el grotesco y su vida de huérfano y burócrata terminada en un psiquiátrico, o quizás por todo eso, Pablo Palacio se había transformado en el escritor ecuatoriano oficial, aceptado por la academia, contra una no tan larga lista de costumbristas obscenos. “El pequeño Kafka díscolo y agorero que toda nación necesita para que no le quede incompleto su siglo XX” pensé.

Cuando mis vacaciones terminaron, regresé a Buenos Aires y a tres días de mi vuelta, leí el siguiente titular: “Un argentino fue asesinado a puñaladas por un inglés en Ecuador.” El primer párrafo decía: “Roberto Alejandro Domínguez, un artista argentino de 37 años, fue asesinado tras una discusión el domingo pasado por un británico de nombre Millen. El trágico suceso ocurrió en la hostería Las Ruinas de Quinara, en el pueblo ecuatoriano de Vilcabamba de la ciudad de Loja, lugar en el que la víctima trabajaba en el diseño de murales.” El mito de la flema británica quedaba, una vez más, muy desdibujado. Luego leí más información sobre la pelea, sobre el prontuario del asesino y las actividades creativas de la víctima. Pero no encontré, ni en ese sitio de noticias ni en otro, los motivos de la reacción del inglés. Cuando recordé en una reunión de amigos que Pablo Palacio había nacido en Loja y Tomás Richards hizo la pregunta que había que hacer. Lo ocurrido, ¿se trataba de otro hombre asesinado a puntapiés? La muerte cae con mucha facilidad en la sospecha, en la paranoia, en la mugre. Pero me negué a seguir el camino del lector del cuento de Palacio. Preferí quedarme con la música de algunos nombres propios: Millen, Vilcabamba, Loja, Ruinas de Quinara. Y de ahí pasé a revisar, una vez más, las fotos de las casas de Nueva Montañita. ¿Por qué me resultaban tan magnéticas? Desde luego, la casa amarilla irradiaba su historia truculenta. Pero las demás casas también decían lo suyo. Los detalles, las similitudes, las diferencias… Un cactus, una puerta vieja, la pintura descuidada en una pared, una ventana cerrada. Entendí que me afectaba el gusto clásico por las variaciones. Cada casa podía ser leída como la ejecución subjetiva de un mismo patrón. Ese humilde diseño arquitectónico era como una sonata de Haydn, interpretada, con torpeza o talento, por las manos tímidas de un alumno de piano latinoamericano. El teclado estaba limpio. El piano, afinado. Y la muerte, en esa gama de armonías y disonancias, aparecía lejos del arpegio conclusivo. Se presentaba, a decir verdad, como un acordé más, uno menor, triste y sorprendente, sí, pero uno más dentro de las opciones disponibles en esa tonalidad elegida, casi al descuido, por el muy versionado compositor anónimo./////PACO