Paula Sibilia: “El dispositivo escolar está perdido”

 

Cada marzo se renueva el debate acerca de la educación pública. Las opiniones despliegan tonalidades oscuras, barbarismo sin matices, que sustentan el ajuste sobre el sector educativo: voluntarios por docentes, condiciones laborales irrisorias, cierre del FINES, escuelas rurales, etc. Por otro lado, el corporativismo docente obtura un debate sobre un sistema que es desbordado por la cultura digital, por la velocidad de la hipercomunicación, y por formas de vida que no se calibran bajo la racionalidad escolar. Basta con conversar con docentes y alumnos de una escuela secundaria para reconocer que ingresamos en un contexto de revisión profunda del funcionamiento del sistema educativo. Los trabajadores más lúcidos de la educación -aquellos que no se rinden a la burocratización implícita en su profesión- señalan que la habilidad de evaluar secuencialmente el carácter de verdad o falsedad de los enunciados es una facultad en retroceso en el alumnado. Por su parte, para los estudiantes la capacidad de discriminar entre verdad o falsedad se volvió irrelevante ante la velocidad de la información circulante. El pasaje de la esfera alfabética a la esfera digital produce un desacople entre las expectativas de docentes y alumnos y, en este escenario, el distanciamiento profesor-estudiante, institución escolar-ecosistema digital, atenta contra la construcción de un destino común acerca de aquello que debería ocurrir en un proceso de escolarización. Entrevistamos a la investigadora argentina Paula Sibilia de las brasileñas CNPq y FAPERJ, profesora de la Maestría y Doctorado en Comunicación de la Universidad Federal Fluminense, quien en ¿Redes o paredes? y La intimidad como espectáculo da cuenta de esta tensión y la mutación antropológica que produce la aceleración de los procesos informáticos, interactivos y digitales.

En ¿Redes o paredes? (Tinta Fresca 2012) analizas el funcionamiento de la escuela en función de los modos de vida que posibilitan dispositivos técnicos como celulares e internet. ¿Estamos frente a una crisis de transmisión cultural?

A fines del siglo XIX y principios del XX, que fue el período de auge de la escuela, se confiaba que los chicos aprendían no sólo matemática, lengua, historia y geografía, sino también a defender a la patria, la obediencia a las autoridades, ciertos usos del tiempo y del espacio. Todo eso más o menos funcionaba. Ahora, en cambio, hay un consenso acerca de la crisis escolar: se admite que difícilmente se genere algo en la escuela, al menos no algo semejante a lo que sucedía antes. Por lo general lo que pasa es una especie de caos. En este sentido es posible advertir tres ejes críticos. El primero es la creencia en la capacidad de transmitir un saber por parte de alguien que lo detenta (el profesor) a alguien que no lo tiene (el alumno). El segundo eje afecta a la creencia en la jerarquía. El apoyo a la jerarquía institucional y la autoridad del profesor, como sostenes del edificio escolar, están en cuestionamiento. Asimismo, el consenso acerca de que el reglamento debe ser cumplido porque su letra equivale a una ley universal es cada vez más débil. Estas creencias acerca de la institución escolar fueron puestas en cuestión por variadas luchas y disputas que hubo a lo largo del siglo XX, sobre todo a partir de los años 60. El título del libro, ¿Redes o paredes?, alude exactamente al momento en que las redes atraviesan las paredes por dispositivos del tipo tablets, teléfonos celulares e internet en general. En ese sentido se desactiva la pared en su capacidad de recortar espacio-tiempo, pierde la eficacia que tenía en la escuela como principal dispositivo para lograr la concentración del alumnado y la transmisión de saberes. Entonces observamos una serie de elementos que hacen que la escuela esté en crisis, pero las redes no son su causa: solamente lo pusieron en evidencia, además de sin duda contribuir a profundizar el conflicto. La crisis de la institución escolar es insoslayable, el desafío es pensar qué se hace con eso.

La escuela está en crisis, no obstante, amplió su obligatoriedad. De hecho, los procesos formativos se extendieron, la educación universitaria se popularizó, a los sectores populares se les exige formarse como contraprestación de recibir asignaciones sociales.

Las escuelas se mantienen muy activas, a pesar de la crisis. Y los chicos van a la escuela, o al menos se espera que vayan. La nuestra es una sociedad que se funda en esa institución. Sin embargo, difícilmente suceda lo que se supone que tiene que ocurrir en la escuela: una situación de aprendizaje. En la educación media, a diferencia de la educación superior, las estrategias de adaptación son limitadas, a pesar de todos los esfuerzos y del evidente desajuste. De forma incipiente, hoy en día, se reflexiona sobre como la tecnología pone en cuestión a la institución escolar. El debate se ha impuesto, no hay cómo esquivarlo. Sin embargo, creo que nos debemos preguntar: ¿qué pasa con las redes cuando atraviesan las paredes? Quizás una primera respuesta sea la siguiente: ponen en evidencia la pérdida de sentido del dispositivo escolar. Delatan que es cada vez más difícil que, en esas condiciones, hoy se genere una situación de aprendizaje. Aunque todavía se concurra a la escuela, aunque todavía haya clases, aunque todavía se confíe en que esa institución debería estar funcionando si se logra este o aquel ajuste. Pero el problema es mucho más complicado: los tiempos y los espacios escolares, con sus rutinas y sus órdenes, con una serie de reglas y sus muchas premisas, todo eso se flexibilizó al punto de que puso en cuestión el mismo funcionamiento del sistema.

Pero el problema es mucho más complicado: los tiempos y los espacios escolares, con sus rutinas y sus órdenes, con una serie de reglas y sus muchas premisas, todo eso se flexibilizó al punto de que puso en cuestión el mismo funcionamiento del sistema.

En La intimidad como espectáculo (FCE 2008) estudiaste de manera temprana los alcances antropológicos de la imbricación de las redes sociales con nuestra vida diaria. En los últimos 10 años las instancias de visibilidad no han hecho más que multiplicarse. ¿Qué se urde entre el posteo de imágenes, los discursos de transparencia y el control algorítmico de la vida artificial, natural y humana?

Yo creo que todo eso es sintomático de un cambio de época. Y no soy la única, claro. Gilles Deleuze, por ejemplo, ya hace casi treinta años veía en estos fenómenos la emergencia de “las sociedades de control” como un desdoblamiento de la antigua “sociedad disciplinaria” mapeada por Michel Foucault. La conjunción de redes sociales y celulares llevó al extremo esa nueva dinámica y permitió consumar mucho de lo que ya entonces estaba latente. Cuando Deleuze escribió Postdata a las sociedades de control, en el año 1990, poca gente usaba internet o tenía un teléfono portátil. En la actualidad todos tenemos al menos un dispositivo de control hipereficaz con nosotros, todo el tiempo y en cualquier lugar. No sólo para que seamos controlados sino para controlar a los demás, y todo más o menos voluntariamente, no porque una ley nos obliga y entonces obedecemos, sino por “libre elección”. En este sentido, dispositivos como el WhatsApp son muy sintomáticos: uno tiene acceso a saber si el otro leyó o no lo que uno le mandó, puede saber dónde se encuentra exactamente, etc. En las redes sociales uno se reporta todo el tiempo y además está monitoreando qué hacen los demás. Y todo por libre voluntad: nadie está obligado, sino que actuamos por placer, porque nos gusta y así lo decidimos. Si uno quisiera podría optar por no tener un dispositivo de telefonía móvil, por ejemplo. No estamos obligados a tener Facebook o Instagram. Sin embargo, se genera en la sociedad una necesidad y unas ganas de tener celular o estar en las redes sociales, y por eso los usamos para hacer cada vez más cosas. Existe un placer manifiesto del juego entre observar y ser observado. Es más, el valor de cada uno se juzga a través de la acumulación de “me gusta”, de visualizaciones, de contenido compartido y comentarios, de la cantidad de seguidores o “amigos” que se logra conquistar. El funcionamiento es equivalente al del ámbito mediático o del mercado: rating, marketing, administración de contactos, etc. De modo que se instaló un esquema de control mutuo y voluntario, gozoso, placentero, insospechado hace un tiempo atrás. Aunque todo esto tiene un Lado B, por supuesto, ya que también produce mucho sufrimiento. Pero es un modelo que no responde a la clásica vigilancia de la sociedad moderna o disciplinaria. No es un esquema del tipo ojo centralizado, Big Brother, director de escuela, docente, padre de familia, policía, Estado. Es un esquema que se superpone a ese otro y de algún modo resulta más eficaz porque implica un control de todos con todos. Una intensa red de control permanente en la cual cada uno se performa ante los ojos de los demás, de modo que exige también un cuidadoso autocontrol que toma la forma de una “curaduría de sí mismo”, siempre amenazada de derrumbarse, por otro lado, y en tal caso sufrir los temibles linchamientos virtuales o un bullying generalizado.

Una intensa red de control permanente en la cual cada uno se performa ante los ojos de los demás, de modo que exige también un cuidadoso autocontrol que toma la forma de una “curaduría de sí mismo”, siempre amenazada de derrumbarse, por otro lado, y en tal caso sufrir los temibles linchamientos virtuales o un bullying generalizado.

En las sociedades contemporáneas, por un lado, asistimos a estas lógicas de plena visibilidad y performence de uno mismo. Pero por otro se profundiza la exclusión de grandes masas poblacionales. ¿En qué punto el discurso sobre inseguridad construye nuevas paredes?

Es un proceso que se da en simultáneo. Al mismo tiempo en que se abre el acceso a ver la intimidad del otro, a la proyección de estás performances de cada uno, surge un miedo muy fuerte a la invasión del otro indeseado. En este sentido, el miedo a la inseguridad forma parte de este juego: blindajes, barrios cerrados, cámaras de vigilancia, los relojes con GPS para los niños. Pero también el Waze, la tarjeta de crédito y la SUBE. Cada vez es más difícil no ser rastreable. Y no es porque el gobierno te pone un chip, como temía la típica distopía del siglo XX, sino porque uno entra en estos mecanismos voluntariamente y se deja controlar por medio de esas redes. Asimismo es posible observar que, en sincronía a eso que fluye por las redes, se bloquea el acceso al otro indeseado. Es por ello factible afirmar que no sólo hay una difuminación de los límites entre el espacio privado y el espacio público, o que la intimidad solo se evade del espacio privado. Sino que además hay un curioso refuerzo de las paredes. Una defensa inédita del espacio privado que tiene que ver con el miedo al otro que está en el espacio público y es visto como una amenaza en potencial tanto para el patrimonio como para la integridad física, aunque casi todo aquello que se consideraba más íntimo (y que, por tanto, debía protegerse en la privacidad) ahora se exponga y circule públicamente.

El otro tiene que tener acceso a lo íntimo (o más bien a lo ahora éxtimo) porque su validación y su reconocimientos son importantes para definir quién soy yo y para darme valor. En este ensamblaje entre “sociedad del espectáculo” y “sociedad de control” en que ahora vivimos, la mirada ajena pasó a ser el catalizador y la garantía de que soy alguien, existo y tengo valor.

Durante la modernidad se delimitó de una forma muy clara lo íntimo. En la actualidad asistimos a un corrimiento de los limites respecto a aquello que es aceptado mostrar. ¿Cuál es la implicancia de la ampliación moral de lo mostrable?

Hasta hace muy poco había leyes consideradas válidas, que custodiaban el pudor y reforzaban la solidez de las paredes. Leyes que de alguna manera coincidían con la moral vigente. O sea, la ley generalmente tiende a coincidir con lo que se considera correcto-incorrecto de un modo más o menos consensual. Sin embargo, como las costumbres están cambiando y la moral nuestra también está flexibilizándose en ese sentido, las leyes tienden a adaptarse también. El asunto es que lo hacen mucho más lento, y además estamos en un momento de transición en el cual prima el disenso. Por ende, a veces, la ley permanece pero ya la moral ya no la acompaña más, al menos no de modo consensual. Creo que aquello que se consideraba íntimo en la cultura decimonónica o burguesa sigue todavía considerándose íntimo en algún sentido, porque forma parte de lo que se supone privado y no público. Si me gusta una comida o aprendí a cocinarla, si tengo novio o si acabo de separarme, si mi perrito o mi gatito, o mis vacaciones y mi peinado, en fin, todo ese tipo de cosas que se muestran en las redes sociales, todavía se consideran de alguna manera “intimidad”. Solo que, esa intimidad se redefinió y ya no es algo que necesariamente tiene que permanecer oculto en el espacio privado y protegido de la mirada ajena. Más bien sucede lo contrario: el otro tiene que tener acceso a lo íntimo (o más bien a lo ahora éxtimo) porque su validación y su reconocimientos son importantes para definir quién soy yo y para darme valor. En este ensamblaje entre “sociedad del espectáculo” y “sociedad de control” en que ahora vivimos, la mirada ajena pasó a ser el catalizador y la garantía de que soy alguien, existo y tengo valor.

Cuando el valor de tu perfil se mide por la cantidad de clics, esto es mercado, es la lógica empresarial que está funcionando ahí, por más que uno no pague nada y que no haya dinero a la vista. Entonces la lógica a partir de la cual nos constituimos como sujetos en el mundo contemporáneo es de mercado, es empresarial.

En el catolicismo y el psicoanálisis, la narración de la intimidad (confesión y terapia) tenían el fin de verse transformado por esa puesta en acto del discurso. Hoy nos narramos todo el tiempo y en múltiples plataformas. ¿Qué forma adquiere esa narración en nuestra sociedad?

Cuando escribí “La intimidad con espectáculo”, un libro que resultó de una tesis de doctorado iniciada en 2002, la primera comparación que se me impuso fue entre los diarios íntimos y los blogs. Recordemos que a los blogs se los describía como diarios íntimos pero publicados en internet. Ese “pero publicados en internet” era lo que me hacía ruido. Ambos son narraciones sobre sí o de sí mismo, son relatos que uno hace y en ese relato uno se constituye. La diferencia es que en las redes sociales me narro a la vista, en el diario íntimo me narro para mí y no quiero que nadie tenga acceso a esas verdades íntimas e inconfesable. El diario íntimo moderno era un objeto que se guardaba con candado, en escondites secretos, y ésa es una diferencia enorme porque justamente da cuenta de una subjetividad distinta. La subjetividad moderna se construía en un monólogo interior, mientas que la subjetividad contemporánea necesita que alguien este mirando para poder construirse. El psicoanálisis también implica un dialogo con la propia interioridad, en ese caso además te ayuda un especialista, pero todo lo que se dice en ese ámbito queda bajo secreto profesional como firme garantía de la intimidad del paciente. En cambio, en las redes sociales, los blogs y otros dispositivos más contemporáneos, esa construcción de sí mismo necesita que esté el otro mirando. Y no sólo un otro, éste o aquel; cuantos más, mejor, incluso si son desconocidos. Porque si hago un perfil o publico una selfie y nadie me mira, es un gran fracaso, no solamente me tienen que ver, sino que también me deben confirmar: darle me gusta a lo que dije o mostré, comentar, aplaudir, que la cosa circule y tenga repercusión. Todas estas acciones son indicadores del valor de lo que estoy diciendo y mostrando; y, por ende, de quien soy. Es como el rating de un espectáculo mediático o las mediciones de marketing de un producto de consumo. Muy distinto a la lógica del diario íntimo. De modo que la transformación histórica no es menor: cambió el yo que se narra. La era moderna inventó al sujeto interiorizado porque necesitaba ese tipo de subjetividad. Las tecnologías que acompañaron y ayudaron a la construcción de ese sujeto introdirigido van del diario íntimo y las cartas hasta la novela y el cine, del psicoanálisis a la introspección o la confesión intimista. O sea, no por casualidad: todo eso que la escuela también enseñaba. Incluso desde su misma estructura, con  tecnologías como lápiz, papel, cuaderno, tintero, libros impresos. Y la pared con su eficacia para recortar un tiempo y un espacio separados del espacio público, así como sucedía con las paredes del hogar y también con las cortina, el cerrojo y las persianas. Todo eso reforzado por valores morales sumamente activos, en su momento, como el pudor, la discreción y el decoro, todo eso que funcionaba como válvulas de protección para esa subjetividad interiorizada. Ahora, en plena sociedad del espectáculo y de control, con un capitalismo mucho más sofisticado y voraz que el de los siglos XIX y XX, la subjetividad parece haber perdido esos mecanismos de protección. En el mundo contemporáneo el mercado se insertó por todas partes, se infiltró en ciertos ámbitos y en ciertas instancias que antes estaban claramente vedadas a esa intromisión, como la propia subjetividad, los afectos, el cuerpo y todo aquello que solía considerarse íntimo. Y no me refiero sólo al mercado en el sentido del consumo efectivo de productos y servicios, que de hecho está ahí y uno puede comprar y vender cualquier cosa sin los viejos límites morales y sin depender de las antiguas rigideces de tiempo y espacio. Además de eso, pienso en la misma lógica del mercado. Cuando el valor de tu perfil se mide por la cantidad de clics, esto es mercado, es la lógica empresarial que está funcionando ahí, por más que uno no pague nada y que no haya dinero a la vista. Entonces la lógica a partir de la cual nos constituimos como sujetos en el mundo contemporáneo es de mercado, es empresarial.

¿En qué sentido no tenemos tiempo? Nos la pasamos adoptando soluciones prácticas para tener más tiempo, desde el delivery de comidas hasta las aplicaciones para esquivar embotellamientos, siempre estamos tratando de “optimizar” las tareas pero las listas de cosas pendientes no paran de aumentar.

Vivimos en una sociedad de híper comunicación, en la cual el capitalismo desarrolló frente a fenómenos divergentes (crisis financieras, terrorismo, diversidad) una velocidad de captura inusitada. ¿Cuáles son las instancias de resistencia a este modelo?

El silencio, alejarse del mundanal ruido aparece como la primera alternativa que se nos ocurre. Salir de la red, desconectarse. Ahora bien, suponiendo que sea posible lograrlo, si eso es eficaz como resistencia, tampoco lo sé. Pero creo que al menos puede ser un buen ejercicio, una estrategia para distanciarse y pensar con otra perspectiva. Para situarnos un poco por fuera de esa especie de ruido constante en que vivimos, aunque sin duda no es fácil y, además, eso no garantiza nada. El tiempo se transformó en un flujo constante de comunicación que, por un lado, es fascinante y nos abre innumerables posibilidades. Pero por otro lado estamos abrumados y nos cuesta mucho concentrarnos para hacer algo, para pensar sobre uno mismo o sobre lo que sea, se ha vuelto difícil encontrar el tiempo-espacio necesario para procesar la experiencia y actuar. Perdimos la pausa, cada instante es capitalizado y rellenado de actividades. Entonces cada vez tenemos menos tiempo, aunque muchas veces no sabemos en qué se nos esfumó ese tiempo que antes teníamos. Porque no es todo dedicado a la producción y al trabajo, evidentemente, aunque esa demanda también aumentó. Es posible observar una actividad insaciable de captura por la comunicación, que nos lleva a estar todo el tiempo conectados y todo el tiempo disponibles, y eso aunque no estemos usando dispositivos en red. Esa disponibilidad puede ser para trabajar pero también para el consumo, o como mera disposición corporal y anímica ya instalada en nuestros modos de ser. Estamos todo el tiempo inquietos y ansiosos porque nos sentimos endeudados, en el sentido de la gran cantidad de cosas que no logramos hacer y que queremos o deberíamos hacer, y que no son solamente compromisos u obligaciones. Por ejemplo, miles de canciones o películas o libros o series o incluso “amigos” o “crushes” de Tinder que tenés a tu disposición y que nunca vas a poder dedicarte a “consumirlos” como nos prometieron que podríamos o incluso deberíamos. La tonelada de e-mails y mensajitos que nunca vas a poder responder, o en las redes sociales todo lo que tenés que actualizar y ver de los demás. Entonces siempre hay una deuda y está creciendo, uno se siente siempre en deuda, por eso no tenemos tiempo. ¿En qué sentido no tenemos tiempo? Nos la pasamos adoptando soluciones prácticas para tener más tiempo, desde el delivery de comidas hasta las aplicaciones para esquivar embotellamientos, siempre estamos tratando de “optimizar” las tareas pero las listas de cosas pendientes no paran de aumentar. Además tenemos todos esos recursos a nuestra disposición, incluso gratuitamente: libros, obras de arte, películas, música, y sin embargo estamos siempre en deuda. A propósito, esto lo dijo Deleuze también: que el hombre de la sociedad de control no es más el hombre vigilado o confinado, sino el hombre endeudado.

Frente a este panorama, ¿cómo evitar caer en posiciones defensivas o conservadoras?

Intentar volver a la escuela tradicional o a los modos de vida asociados a ella, es decir, volver al siglo XIX o al XX, eso no es posible. Y aunque es cierto que las antiguas paredes no sólo oprimían sino que también protegían, probablemente tampoco sería deseable retornar a ese universo del pasado. En suma, y a pesar de la seductora romantización de ese mundo, que también es comprensible, creo que sería insoportable para nosotros. Buena parte de lo que estamos viviendo ahora es fruto de haber rechazado el mundo anterior: las reglas disciplinarias, la moral burguesa, los valores que apoyaban esos modos de vida y las tecnologías que de ella formaban parte. Mientras que las tecnologías actuales, que adoptamos con tanto entusiasmo y con tanta eficacia, también son herramientas que nos llevan a vivir de otra forma, porque ya  la misma vida se piensa y se vive de otras formas. Pero no se trata sólo eso, por supuesto. Hay muchos problemas y mucho sufrimiento en estos “coloridos” modos de vida actuales. El mercado es cada vez más ágil y voraz, necesita que estemos todo el tiempo activos. Al mercado le sirve eso, pero hay que tener cuidado con las explicaciones totalizantes y tranquilizadoras. No es “por culpa del mercado” que estamos así, porque si el responsable fuera El Mercado como una entidad exterior y monstruosa, entonces podríamos decir “no quiero esto para mí, no voy a comprarlo, me corto, me desconecto”. Evidentemente, la situación es más compleja. Hay algo también en nuestro deseo de vivir de otras formas, ya no propiamente modernas, que nos lleva a conectarnos y a adoptar estos ritmos enloquecedores. Aunque estamos llegando a un punto de saturación, tal vez, al menos yo percibo que ya hay mucho malestar y entonces aparecen las consiguientes tentativas de desarrollar estrategias –aunque más no sea, puntuales y efímeras– para parar el flujo e intentar darle sentido o cohesión a la vida. Me parece que pasa un poco eso también: estamos demasiado fluidos, inquietos, ansiosos, volátiles, no logramos darle sustancia a nuestra experiencia. Es difícil consolidarse, para eso hay que ejercer una violencia contra todo lo que nos arrastra en el flujo y nos lleva a circular. Detenerse entonces para tratar de pensar qué estamos haciendo, quiénes somos o qué queremos, y eso en sentido tanto individual como colectivo. Esa tarea que antes se hacía con ayuda de herramientas como el diario íntimo, típicamente modernas, o bien el psicoanálisis y la introspección, pero ahora se hace también en la pantalla y al mismo tiempo en que se hace todo lo demás. O sea: muy bien no se hace. Todo ocurre a las apuradas y bajo la presión de la buena performance (en varios sentidos, tanto de desempeño productivo como se salir bien en la foto). Entonces ese ejercicio suele hacerse de una forma poco cohesionada, poco consistente, de una manera puramente sintonizada con las reglas del mercado y del espectáculo. Creo que ahí reside una posible explicación para el cansancio y la frustración que hoy abundan//////PACO