La historia de
Fin de guardia (Plaza & Janés), última pieza de la “La trilogía de Bill Hodges”, exhibe bien el mecanismo de creatividad permanente de Stephen King. Publicada en 2016 y traducida al castellano el mes pasado, Fin de guardia, la aventura final del detective William “Bill” Hodges, tuvo su verdadero origen a mediados de 2011, durante un viaje en auto. Después de parar en un motel intrascendente en Carolina del Norte, King encendió el televisor y miró las noticias (“era mirar eso o lo que fuera que estuvieran dando”, contó después). La más dramática era sobre una pelea entre dos mujeres durante un evento que la herrumbrada economía estadounidense exportaría pronto al resto del mundo: cientos de personas reunidas ante un McDonald´s ‒“¡las tetas doradas de América!”, dice Fin de guardia‒ para conseguir un mínimo trabajo de subsistencia en la cadena más famosa de fast-foods.

En un motel intrascendente en Carolina del Norte, King encendió el televisor y miró las noticias. La más dramática era sobre una pelea entre dos mujeres.

Mientras McDonald´s ofrecía trabajos, entonces, una de las mujeres llegó en su auto dispuesta a enfrentarse con la otra. La escena, tal como ocurrió, está registrada en YouTube y habla de tres muertos, aunque King la cuenta recordando solo dos (que en la novela se transforman en ocho). En pleno día, y entre decenas de personas que grabaron todo, las mujeres se tiraron del pelo y se dieron puñetazos en el estacionamiento del McDonald´s, hasta que los guardias las separaron. Entre las risas y las burlas, la que había llegado en su auto volvió a subirse al volante y retrocedió a toda velocidad, atropellando a quienes la rodeaban. Fueron apenas unos segundos hasta que el auto quedó otra vez quieto. Los gritos de terror (y las muertes) fueron instantáneas. “Quiero escribir sobre eso”, dijo King en su habitación de motel.

Miedos del mundo real, proyectos literarios de gran escala, adaptaciones a la pantalla chica: la maquinaria de Stephen King demostraba su eficacia.

Así, lo que primero fue un cuento breve evolucionó hasta convertirse en la primera novela policial de una saga iniciada en 2014 con Mr. Mercedes, con el asesino Brady Hartsfield como autor de un crimen muy parecido al real (esta vez, contra una multitud de desempleados en un Centro Municipal). Al año siguiente llegaría Quien pierde paga ‒también traducida al castellano en 2017 y centrada en una reflexión acerca de lo que significa ser un best seller‒ y ahora Fin de guardia, publicada casi como preámbulo para la adaptación a la TV de una serie que ya confirmó su segunda temporada: Mr. Mercedes. Miedos del mundo real, proyectos literarios de gran escala, adaptaciones a la pantalla chica: la maquinaria de Stephen King demostraba, una vez más, su célebre eficacia. (¿Y el secreto del éxito? Lo reveló el propio King cuando publicó esa mezcla de autobiografía y guía de escritura llamada Mientras escribo: “Prestar atención a lo que has visto y contar la verdad”).

Demorarse en la construcción de psicologías individuales en las novelas de King es tan engañoso como creer que tocar la guitarra es fácil mientras se miran los dedos de Eric Clapton.

Fin de guardia es un libro con el que, probada desde hace tiempo su capacidad para escribir thrillers policiales, King vuelve a desplazarse hacia regiones de lo sobrenatural tan inaugurales como las que exploró en Carrie y más recientes como en Cell. En ese sentido, la pregunta clave sería: ¿qué puede pasar en el mundo de Bill Hodges si Brady Hartsfield, internado desde el final de Mr. Mercedes en una Unidad de Traumatismos Craneoencefálicos luego de recibir un golpe fulminante en la cabeza, tuviera poderes psíquicos y telequinéticos? En una silla de ruedas, casi sin habla y hundido en un estado catatónico ‒propicio para recibir hasta el desprecio de sus enfermeras‒, Hartsfield “vive como Donald Trump”, escribe King para burlarse, de paso, de su propio archienemigo político en Twitter. “Mató a ocho personas e hirió a Dios sabe cuántas, planeó matar a miles de chicas en un concierto de rock´n roll, y ahí está, con asistentes personales para servirle las comidas, lavarle la ropa, afeitarlo. Recibe un masaje tres veces por semana. Visita el spa cuatro veces por semana y pasa algún que otro rato en el jacuzzi”. Sin embargo, la muerte de una sobreviviente del ataque narrado en Mr. Mercedes y de su madre pone en escena una sospecha inquietante. ¿Podría Hartsfield trabajar como “un arquitecto de suicidios” a través de un dispositivo para videojuegos conectado a internet? Será la socia de Hodges, Holly Gibney, quien descifre ese hilo y lo desenvuelva hasta el final. Aún así, lo interesante de Fin de guardia es la posibilidad de constatar (de nuevo) la inquebrantable prestancia de King como escritor, sobre todo tras publicar unas sesenta novelas durante los últimos cuarenta años.

En la tierra del consumo caerse del mercado significa caerse del mundo y caerse de la humanidad.

Demorarse en la construcción de psicologías individuales en las novelas de King es tan engañoso como creer que tocar la guitarra es fácil mientras se miran los dedos de Eric Clapton. Los giros temporales, la exploración genealógica, la creación de un “síntoma” a través del cual se desnuda la peripecia privada de cada motivación: si las cosas no hubieran salido mal, dice King, Hartsfield habría tenido un trono entre los muchos elaborados con ingenio y computadoras en Silicon Valley. Sin embargo, “los inventos de Brady nunca acababan de dar la talla”. Y para considerar el tenor de ese desliz en el corazón de la sociedad americana, es necesario volver a la esencia de la anécdota original en el motel. ¿Qué “vio” King frente a ese televisor? La idea de que en la tierra del consumo caerse del mercado significa caerse del mundo y caerse de la humanidad. Y sabemos que no hay “sociedad de la comunicación” capaz de resolver ese drama////PACO