La orfandad sexual de los corazones nómades

 

“El objetivo de las empresas de turismo es hacer feliz a la gente, previo pago de cierta tarifa durante cierto período de tiempo. Una tarea que puede resultar fácil o sencillamente imposible…”.

Plataforma

 

Me avivé de la existencia del turismo sexual porteño cuando vendí mi departamento de San Telmo. Era el año 2009, en plena crisis de las hipotecas norteamericanas, y Michel Houellebecq ya había escrito Plataforma. El departamento me lo compró un norteamericano que estaba buscando entrar dólares a la Argentina y que además estaba fascinado por la antigüedad y la amplitud de la propiedad. En uno de los encuentros para arreglar el traspaso nos reunimos en un bar de la Avenida Caseros y él vino con su pareja: un encantador muchacho de ojos verdes del que me contó que se había enamorado en Buenos Aires. Formaba parte de un grupo de turismo gay y (ahí me lo dio a entender con eufemismos) sexual. El norteamericano estaba feliz de haber encontrado pareja luego de peregrinar por todos los destinos conocidos, y me explicó que le parecía un milagro que la gente del tercer mundo todavía se enamorara o estuviera dispuesta a hacerlo. Era algo que en los países centrales parecía cada vez más difícil, y más aún, afirmaba él, siendo gay.

En uno de los encuentros nos reunimos en un bar de la Avenida Caseros y él vino con su pareja: un encantador muchacho de ojos verdes del que me contó que se había enamorado en Buenos Aires.

Años después, cuando leí la novela de Houellebecq, me acordé de aquella charla esclarecedora en San Telmo. Si bien el protagonista de Plataforma es francés y no es gay, en la novela se habla explícitamente del negocio del turismo sexual en el tercer mundo casi en los términos de un ensayo (“El deterioro de la sexualidad en Occidente era, sin duda, un fenómeno sociológico y masivo, y resultaba inútil intentar explicarlo mediante tal o cual factor psicológico individual”). Pero Plataforma también habla sobre la posibilidad del amor (como le pasó al norteamericano de mi historia). Michel, el protagonista de la novela, es un cuarentón solitario, cínico, nihilista y sexualmente hiperactivo con una vida carente de sentido. Tras la muerte violenta de su padre, decide contratar un viaje de la empresa Nouvelles Frontières hacia un destino exótico: “Al final me decidí por Tailandia. Hay que reconocer que el texto de presentación del folleto era bastante hábil, capaz de seducir a las almas mediocres”. En Tailandia, además de frecuentar los más variados servicios sexuales, conoce a Valérie, a la que describe por primera vez como “una mujer joven, casi borrosa, de apenas unos veintisiete años… con una actitud de sumisión canina”.  ¡Oh, sorpresa, se va a enamorar de ella!

Desde su perspectiva de mujer occidental, moderna e independiente, ella está programada para el éxito en todo, ¿y cómo hacen esas prostitutas de un país subdesarrollado para conquistar con tanto éxito el deseo masculino?

Valérie es una ejecutiva de Nouvelles Frontières que viaja de incógnito para probar la calidad de los servicios de su empresa. Será Valérie la que se acerque a Michel, tal vez atraída por sus relatos sobre las prostitutas tailandesas. Valérie también parece querer saber qué es lo que tienen esas mujeres que no tienen las europeas, y sobreponerse a un sentimiento de inferioridad que no termina de entender. Desde su perspectiva de mujer occidental, moderna e independiente, ella está programada para el éxito en todo, ¿y cómo hacen esas prostitutas de un país subdesarrollado para conquistar con tanto éxito el deseo masculino? En una conversación con Jean Yves, el socio de Valérie, Michel hace una propuesta: “Crear un club donde la gente pueda coger. Eso es lo que más echan de menos. Si no han tenido una aventurita de vacaciones, vuelven insatisfechos. No se atreven a confesarlo, o quizás no se dan cuenta; pero a la vez siguiente cambian de prestatario”. Desde ya, esto es así también en Argentina. Es el caso, por ejemplo, de muchas mujeres que se anotan en tours de trekking agotadores o en peligrosos ascencionismos con tal de formar parte de grupos de jóvenes que, a su vez, aprovechan las posibilidades de pasar la noche en una carpa. Todas y todos buscan sexo y, de ser posible, amor.

¿Hay en el turismo, como sugiere Plataforma, una búsqueda voraz de realización personal?

Ahora bien, ¿es esta orfandad que refleja la novela un problema de todo el mundo occidental, un mundo cuyas clases acomodadas se entregan al hedonismo del turismo para mitigar otras carencias? ¿Hay en el turismo, como sugiere Plataforma, una búsqueda voraz de realización personal? Dice Michel: “En cuanto tienen unos días de libertad, los habitantes de Europa occidental se precipitan al otro confín del mundo, cruzan medio planeta en avión, se comportan literalmente como si acabaran de fugarse de la cárcel. No los culpo; yo estoy a punto de hacer exactamente lo mismo”. Litto Nebbia cantaba en los ochentas del siglo pasado que “viajando se fortalece el corazón y que encontrar nuevos caminos te hace olvidar el anterior”, y eso que el turismo todavía no era algo tan generalizado como en este siglo en el que nos hemos vuelto casi nómades. La misma canción, en tal caso, ahora tendría otra letra. Más que fortalecer el corazón se trata de encontrarlo. ¿Y dónde está el corazón? ¿Acaso tenemos que salir a buscarlo por el mundo para volver a sentir sus latidos una vez que estamos alejados de la alienación de las grandes ciudades?

El capitalismo nos deja huérfanos arrojándonos a un mercado sin fronteras y en el que pareciera que está todo bien solo porque consumimos libremente.

Como a tantos, a Michel le pasa que no tiene pareja ni amigos, y no puede recordar siquiera lo que estaba haciendo cuando asesinaron a su padre. En otras palabras, todos sus días son iguales. Cuando el detective que investiga el caso se lo pregunta, solo atina a buscar en la agenda y encuentra en esa fecha el nombre de Colette (pero no sabe qué Colette). Es la llegada de Valérie a su vida lo que altera la rutina. Bella, joven, cada vez más exitosa, Valérie descubre a Michel y va al frente. Si fuera por él, ni siquiera se hubiera tomado el trabajo de hablarle. Una vez de vuelta a París, será Michel quien la busque y se sorprenda ante la evidencia de que ella tiene un interés especial en él, porque los demás tipos la tienen cansada con la cháchara de ser amigos y nunca comprometerse. A partir de ahí, Michel va a optar por la obediencia y la devoción. Dispuesto a darle a Valérie sexo y más sexo, Michel además aprende a cocinar y se ocupa de la casa. Plataforma nos recuerda que nada es estable en un mundo donde todo está a punto de desvanecerse. Por supuesto, ahora podemos volver a la historia del norteamericano a quién le vendí mi departamento. Sé por referencias de otras vecinas que la pareja se ha establecido bien y funciona, pero también sé que podrían ser atacados (como pasó hace poco cerca de San Telmo) por alguna patota de homofóbicos como la que atacó al rugbier de “un equipo de diversidad sexual”. Es cierto, el capitalismo nos deja huérfanos arrojándonos a un mercado sin fronteras y en el que pareciera que está todo bien solo porque consumimos libremente. Como dice Jean Yves: “En la publicidad, en los catálogos, en todo lo que atañe a la comunicación, hay que presentar siempre a los autóctonos como gente cálida, acogedora y abierta. No hay otro modo: es una verdadera obligación profesional”. Sin embargo, cuando lo inesperado golpea, el golpe parece mucho más violento y fatal. Es lo que le sucede a Michel, que lo pierde todo cuando Valérie muere en un atentado. “Más tarde, rememorando esta época feliz con Valérie, de la que paradójicamente iba aguardar tan pocos recuerdos, me diría que el hombre no está hecho para la felicidad. Para tener acceso real a la posibilidad práctica de la felicidad, el hombre debería transformarse; transformarse físicamente”.

Ramiro odia a los porteños a los que llama fucking indians y también a los turistas, de los que vive y a los que lleva a visitar la tumba de Evita.

Hay un documental sobre el turismo sexual que se estrenó este año; su autor es un norteamericano, Jeff Zorrilla, que se dedicó a investigar el mercado porteño. El documental se llama Monger y su protagonista, Ramiro, es un argentino criado en Houston, Texas, que por alguna razón vive en Buenos Aires desde los 35 años. Ahora tiene unos 50 y en su persona confluyen lo peor de las clases medias de la Argentina y de los Estados Unidos. Alcohólico, xenófobo, putañero y sin patria, Ramiro odia a los porteños a los que llama fucking indians y también a los turistas, de los que vive y a los que lleva a visitar la tumba de Evita en Recoleta y les organiza citas con prostitutas. Salvando las distancias, Ramiro se parece mucho al Michel del final de Plataforma, ese hombre desgastado que purga sus culpas transformado en un turista errante, un fantasma casto varado en el paraíso sexual tailandés//////PACO