¿Quién lee a Margaret Atwood?

 

Hay escritores que son un rumor hasta que se transforman en un grito. Y, generalmente, lo hacen por razones extraliterarias. El caso de Atwood es paradigmático. Empezó a ser conocida en los años 80, cuando trascendió el campo siempre extrarradio de Canadá y llegó a los Estados Unidos con su novela El cuento de la criada, que en 1987 obtuvo el Premio Arthur C. Clarke, otorgado principalmente a obras de ciencia ficción “dura”. Fue una intensa polémica la que rodeó a Atwood cuando se le dio este premio, siendo la punta de lanza de un cambio definitivo en la ciencia ficción norteamericana que, como ya sabemos, es la canónica, y parte de una sucesión de premios que jerarquizaron a novelas escritas por autores ajenos al campo de la scifi tradicional, proceso que empezó cuando se nominó al Premio Nébula en 1972 a El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon. El  libro de Atwood es una distopía en la que no se presentan nuevas tecnologías, ni se utilizan ningunos de los tópicos de la ciencia ficción tradicionales, sino que presenta un mundo escalofriante donde hombres y mujeres son víctimas y victimarios por igual en una dictadura moralista de claro sesgo conservador, a tono con un progresismo que rechazaba el reaganismo. Fue este aspecto, y no otro, lo que la puso entre las favoritas de críticos que buscaban una nueva ciencia ficción, alejada de las tradiciones y que aborde viejos tópicos con una nueva vitalidad.

Sus libros muestran a una autora que más que una feminista es una humanista. Y si bien incluyen algunos episodios que pueden ser interpretados bajo el signo de la denuncia patriarcal, su literatura está lejos de la interpretación monocromática.

Atwood tomó este premio como un reconocimiento y siguió trabajando, de tanto en tanto, dentro del campo de la ciencia ficción. Probablemente su novela más interesante de esta etapa sea Oryx y Crake, publicada en 2001, donde presenta un mundo postapocalíptico en el que vive “el Hombre de las Nieves”. Al principio nos parece el último hombre sobre la Tierra, pero adentrándonos en el libro descubrimos que vive en un mundo donde los ricos residen en áreas cerradas y aisladas, y los indigentes como él viven en espacios abiertos y descompuestos, rodeados de criaturas híbridas entre animales y hombres. El personaje es una especie de antiguo ser de otro tiempo al que los más jóvenes -híbridos y mutantes- le llevan ofrendas y lo consultan, pero cuando no atiende a sus pedidos o no sabe qué decir, lo atacan. El libro tiene algunas reminiscencias a La tierra permanece, una novela de 1950 escrita por George Stewart, otro escritor que sedujo al ámbito de la ciencia ficción con una única novela en el género. Oryx y Crake es, a la vez, una crítica a un mundo dominado por multinacionales que controlan la ciencia, la bioingeniería y la investigación genética, pero que conserva en toda su extensión un tono poético que se traduce en largos monólogos interiores de un hombre con más preguntas que respuestas, quien recuerda a un amigo desaparecido hace tiempo, Crake, con quien a veces se intuye que hubo algún tipo de relación homoerótica. Esa historia tuvo dos continuaciones: El año del diluvio (2010) y Madaddam (2013), que también suceden en el mismo mundo postapocalíptico.

Si vamos a su libro más interesante, Oryx y Crake, ahí las mujeres son simplemente un rumor: el asunto del feminismo está totalmente fuera del espectro.

Sólo estos libros ya nos muestran a una autora que más que una feminista es una humanista. Y si bien incluyen algunos episodios que pueden ser interpretados bajo el signo de la denuncia patriarcal, lo cierto es que los dobleces y las hendiduras de su literatura están lejos de tener la interpretación monocromática que buscan imponer algunos promotores de su figura. En sus historias hay hombres buenos y hombres malos, mujeres buenas y malas, “patriarcado” pero bajo el signo de las durezas y asperezas del postcapitalismo, oscurantismo religioso como telón para una obra dominada por el poder político y económico. La rica vida interior de sus personajes, las complejas relaciones de amor, odio, esperanza y desesperación que se traman en sus historias ya pueden verse en sus primeros libros. Lady Oráculo, de 1976, es una novela con tintes autobiográficos sobre la adolescencia y la entrada a la vida adulta de una mujer que vive en Canadá y se exilia a Italia, donde tiene diferentes relaciones con hombres de todo tipo a quienes jamás culpa por sus miserias y debilidades. Y si vamos a su libro más interesante, Oryx y Crake, ahí las mujeres son simplemente un rumor: el asunto del feminismo está totalmente fuera del espectro.

En su poesía se demuestra con mayor contundencia que Atwood no es una “autora feminista” sino femenina, y eso parece ser un motivo de confusión entre quienes pasaron directamente a Netflix y Hulu.

Lo mismo pasa en sus poemarios. Historias reales y La puerta, los únicos traducidos al español, revelan una escritura delicada y certera, con ciertos tintes surrealistas. La mayoría de estos poemas están claramente escritos en hoteles y en momentos de paso o distención, y rememoran una vida íntima y personal, una percepción del mundo dedicada a lo mínimo, a las ideas pequeñas y domésticas del corazón humano. En su poesía se demuestra con mayor contundencia que Atwood no es una “autora feminista” sino femenina, y eso parece ser un motivo de confusión en muchos lectores y lectoras de su obra, sobre todo de quienes no leyeron sus libros y pasaron directamente a Netflix y Hulu, plataformas donde se pueden ver adaptaciones de Alias Grace y The Handmaid´s Tale en las que se refuerza el carácter feminista y se vulgariza lo demás. Que Atwood escribe sobre mujeres, empezando por ella misma, es cierto. Y es cierto también que esa escritura está atravesada por reflexiones e ideas sobre el rol de las mujeres ante los estamentos sociales y políticos de su tiempo, pero la obra está muy lejos de ser una defensa irrestricta de la figura de la mujer ante un patriarcado responsable exclusivo de la opresión, como muchos hoy quieren plantear.

La obra de Atwood hasta hoy funcionó como una contraseña para entendidos, una autora de culto que era buscada y apreciada por quienes leen con pasión o al menos con interés.

Es insólito pero The Handmaid´s Tale tuvo su propia película en 1991, tiempo en que pasó desapercibida, ya sea porque el medio ambiente político social de la época no fue permeable a su mensaje como por nuestra ignorancia sobre el cine canadiense. Pero sobre todo porque la obra de Atwood hasta hoy funcionó como una contraseña para entendidos, una autora de culto que era buscada y apreciada por quienes leen con pasión o al menos con interés, mientras que la versión de su figura mediática y televisiva se convirtió en un producto eminentemente político utilizado para todas las causas nacidas y reproducidas a través de redes sociales, donde la lectura es una acción valorada pero no practicada. La figura de Margaret Atwood fue convertida así en una cartulina promocional que combina feminismo de bajo presupuesto para ociosos espectadores de streaming y corrección política edulcorada, un combo oportuno para quienes deciden dejar a un costado -más por pereza e ignorancia que otra cosa- una obra vasta y rica en lecturas y posiciones políticas, compuesta por momentos de alto lirismo en prosa (como en Oryx y Crake) y crudos relatos testimoniales (como en Lady Oráculo) pasando por precisas descripciones de ambiente y personajes (como en El cuento de la criada) y abordando temáticas sociales y políticas con una mirada profunda, heterogénea y, sobre todo, de claro corte humanista, muy lejos del feminismo de telgopor que distribuye sus fotos en Instagram con emoticón de corazones///////PACO

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