No soy yo, es mi cuerpo

 

Borrar con los genitales lo que escribimos con la lengua. Así, informalmente, podríamos definir al ero-guro, el movimiento artístico japonés que nació alrededor de 1930 como forma de protesta social y cultural, echando mucha luz (mucha) sobre todo lo que se esconde atrás de diferentes mandatos, medidas, discursos, costumbres, etc. Su nombre se toma de las palabras en inglés “erotic grotesque nonsense”, lo que se conoce en Japón como un gairaigo, y por eso, probablemente, es que su denominación nos diga tan poco sobre lo que realmente es.

El ero-guro, que toma cosa de otros géneros, manga y shunga principalmente, no es simplemente arte sexual, no se limita a lo pornográfico y grotezco, y no es tampoco un movimiento lisa y llanamente violento, es, ante todo, arte político. Por lo que podemos completar esa definición informal diciendo que también se trata de borrar con la lengua lo escrito con los genitales, sobre todo, los ajenos y, más aún, los genitales burocráticos.

Molesto por concepción, puede rozar lo aberrante y puede definitivamente serlo, y no intenta para nada ser reflexivo, aunque exige atención detallada. Estas piezas no se agotan a simple vista, ofrecen un sin fin de entre líneas que abren el juego mental y el poder de relación. Y aunque no siempre serán excitantes, el ero-guro logra niveles exquisitos de erotismo y sensualidad.

Su leitmotiv podría ser tranquilamente “no soy yo, es mi cuerpo”. O sea, todo lo que viene a ridiculizar, a romper, a cuestionar, a repudiar, a enfrentar, todo lo que cae en su órbita y lo apropia, el ero-guro lo hace desde y con el cuerpo, sin que eso signifique que lo esté haciendo o eligiendo la persona portadora de dicho cuerpo. Y ahí la clave, el oro en bruto presentado con ironía y humor: hay demasiado sucediendo entre un cuerpo y la persona que lo porta, y eso se multiplica por cada cuerpo y por cada persona, o sea que, a su vez, hay un desprendimiento incontrolable de sucesos a partir de cómo esa dualidad se relaciona con la misma dualidad ajena.

Entre los artistas reconocidos y todos los que uno puede encontrar navegando hay algunos que resultan indispensables, incluso más allá de este género porque realmente hacen una obra que es irruptora, caliente. Podríamos recrear una santísima trinidad con Toshio Saeki, Suehiro Maruo y Takato Yamamoto, pero también está el oscurismo fantástico de Jun Hayami, y otros como Toshio Maeda y Shintaro Kago. Reconocidos ellos, vale tener en cuenta que ninguno estaría en esta lista si no fuera por Kazuichi Hanawa.

Si bien a través de los años fue mutando, en parte por el obvio recambio generacional y contexto cultural, el ero-guro sigue diciéndonos que la gran aliada a las represiones del sistema es la creencia de propiedad, esa no distinción de una otredad compleja que empieza en primera medida sobre nuestro propio límite entre lo físico y emocional o intelectual, y desde ahí se extiende a todo lo que compone “un” otro. Y es esa creencia de propiedad la que lleva a moralizar las formas, lo que nos (mal) guía a anular lo que nos incomoda sin ver que hay en esa interpelación algo que debemos leer sobre nosotros. Pero, además, esa creencia de propiedad es la que alimenta los mandatos y costumbres que más afectan a las relaciones humanas.

Mientras que vemos como las transgresiones actuales son todas del pasado, y las expresiones más libertinas toman la forma de las más conservadoras para alzar su voz, el destino parece ser fatal y único: todo atenta a la libido, y esto, que a priori quizás lo relacionamos con lo sexual, es la principal herramienta a ese mal mayor que es la desidia, desde el aburrimiento mínimo cotidiano al más profundo. La consecuencia que padecemos a diario no es este mundo infantilizado de manera causal, sino sujetos que infantilizan sus vinculaciones, todo tipo de vinculación.

El reflejo primario e inmediato de este tipo de vínculos es el creer que hay relación sexual (con el perdón a Lacan por no darle la cita perfecta), acto que es seguido por la banalización de lo sexual pero sobre todo del amor, lo que termina por volver ordinario el deseo. En este pantano es que las relaciones empiezan a morir, o a agonizar, porque un rasgo de la infantilización es la falta de decisiones, y – respaldados en la creencia de “la relación sexual”- la evasión de responsabilidades que todo lazo implica.


Mientras escribía esto me topé en mi TL con alguien que escribió “no estás enamorada, estás aburrida” (no guardé en su momento el tweet y ahora no lo encuentro para dar crédito, quedo en deuda). Y en esa línea hay mucho del peligro al que se exponen los cuerpos adultos que tienen una mente adolescente, que es que muchas veces esa “distracción” se confunde con solución, con un atajo, con una salida de emergencia. A veces ni siquiera es aburrimiento, es la simplificación, es corrernos de un vínculo profundo, que exige más por naturaleza, que nos deja ser pero con todo lo que eso conlleva (la construcción de un crecimiento individual y en conjunto) por otro tipo de vínculo que simplemente es, que sucede y punto, pero que en el fondo sabemos que no nos dará más que eso, entonces ahí está la adultez de ver que tampoco es amor, es aligerarnos, y que tarde o temprano lo no resuelto vendrá si es que nos interesa ver un largo plazo, una foto completa del quién soy, quién soy con el otro, quiénes somos y como eso se involucra en nuestros mundos. Es cierto que el amor no alcanza, pero así como su presencia no es garantía de nada, su ausencia sí garantiza lo peor, una larga estadía de inercias poco saludables.

Otros reflejos más generales son cómo se plantean ciertas militancias. El feminismo mainstream lo desnuda en la mayoría de sus acciones, pero también el que se presenta como la pata más politizada. Un ejemplo claro es lo que sucede con las trabajadoras sexuales: a cualquiera que les presente alguna observación que se salga de su manual lo señalan de abolicionista. Pareciera ser que todos los que pensamos que ser puta no es la mejor opción laboral posible somos el mal; no importa si acompañamos los reclamos por sus derechos (incluso, mucho más allá de los laborales), pareciera que solamente es válido repetir que es mejor explotar el cuerpo sexualmente antes de exponerlo a la explotación de una patronal (como si esa fuera también una única alternativa). Habría que cruzar a una prostituta de Constitución con una feminista de twitter que repite slogans, sobre todo de las que no son trabajadoras sexuales, y ver qué tan cercanos están a la realidad. La infantilización acá se ve en la pose de lo irreverente, mal tomando la idea de transgresión o de ir al frente, lo que además de anticuado y banal, hace sonso un escenario que definitivamente tiene urgencias que atender. Se entiende, sí, que el lenguaje militante traiga consigo limitaciones, pero es en la acción del lenguaje, justamente porque es militante, y no en su pronunciación, que no se puede ignorar cuando replica lo que cuestiona, cuando cae en las propias trampas de las que cree escapar por el hecho de abrazar causas necesarias.

Estamos en la era del verbo imperativo, que podrá estar acompañado de corazones multicolores o de expresiones que suenan bien, pero no dejan de ser imperativas. Y todo imperativo que no es permeable a la interpelación evade lo político, lo que en estos tiempos se vuelve irremediablemente marketing.

Dejando de lado estos ejemplos absolutamente occidentalizados, lo que el ero-guro expone es universal, y es que todo lo que nuestra mente no entienda de nuestro cuerpo, o no acepte, no quiera, o atente contra su control, lo necesita corromper. O, mejor dicho, fantasea que lo rompe. Porque el cuerpo es la única instancia dónde no hay cinismo posible para evadir nuestra vulnerabilidad, que para nada es una ausencia de fortaleza, sino que es una parte esencial de ella. Pero, real y metafóricamente, emocional e intelectualmente, privada y públicamente, ¿cuánto deberíamos movernos de dónde estamos ahora si es que la reconocemos como tal? ///PACO