La mercancía libertad

 

Acerca del lenguaje con el que Hernán Vanoli (1980) escribió la novela Cataratas (2015) o los cuentos de Pyongyang (2017) podría decirse lo que Gilles Deleuze anotó alguna vez sobre la naturaleza: no se trata de una forma sino de un proceso de puesta en relación. El lenguaje de Vanoli, por lo tanto, no es una “totalidad” ni una de esas “creaciones radicales” que suelen atribuirse quienes confunden la literatura con un ejercicio sofisticado de autismo. El lenguaje de Vanoli, en cambio, es un cónclave movedizo. ¿Y esto qué significa? Significa que a la vista está la prosa, en el sentido estético de una escritura que se sabe elaborada, pero también está la sociología como un prisma de combate contra las apariencias. A partir de ahí, la melodía más audible para ese coro es a veces la de los códigos del conocimiento y otras veces es la de las trampas de la burocracia. Pero casi siempre ‒y por eso Vanoli se destaca frente a cualquier literatura entregada a la autocompasión del Yo‒ la melodía principal es la de los terrores subterráneos de la libertad. Esa, de hecho, es una de las máximas premisas satíricas de Cataratas, una historia en la que, sometida a los suaves rigores del estudiantado eterno, una investigadora del Conicet llega a sentirse entre “los primeros becarios del planeta cansados de hacer turismo”.

¿Cómo se escribe sobre lo dañino de la libertad?

Recorridos a velocidad constante, los cuatro cuentos de Pyongyang marcan ahora un camino semejante a lo largo de los conflictos de la experiencia de la libertad. Ya sea que se trate de una mujer perseguida por los caprichos alucinados de un oso Kermode y por la presencia (más sutil y espectral) de una madre muerta; ya sea que se trate de una pareja hastiada por la convivencia y a la espera de un hijo en el que proyectan la reformulación de sus vidas (el tipo de fantasía mesiánica a través de la que llegan a la secta del Hermano Armando); ya sea mediante la insurrección de un conjunto de máquinas para correr que desde una red clandestina de gimnasios planifica su marcha definitiva sobre la especie humana o por la amargura ideológica de un hijo que ajusta cuentas con su padre al mismo tiempo que “fustiga, denuncia y mancilla en las redes sociales” al candidato político de turno, Vanoli insiste en recordarle al lector lo mismo: aún en los instantes de silencio y concentración, lo que se oye es el andamiaje hecho de bocanadas de aire y de sofocones de asfixia de la libertad. Establecida esta cuestión, la pregunta relevante es acerca del cómo. ¿Cómo hace Pyongyang para estetizar ese andamiaje sin caer en la frivolidad de la denuncia y sin hundirse en la torpeza de la victimización? O en términos más llanos, ¿cómo hace Vanoli para escribir sobre lo dañino de la libertad? Pero para avanzar hacia el cómo tal vez haya que atravesar primero el por qué. Y en esto el lenguaje de Vanoli, ese cónclave movedizo, vuelve a ser la parte esencial del engranaje. Por lo menos si uno asume como atendible aquella advertencia (bastante sensata) que sostiene que a los escritores les gusta escribir sobre las cosas acerca de las cuales les gusta pensar. Como académico, como investigador, como editor y como periodista ‒tareas que también definen al ensayista, cuentista y novelista Vanoli‒, no es extremadamente complejo descubrir que lo que en muchos casos llamamos libertad no es más que una experiencia controlada bajo los parámetros del mercado. Las reivindicaciones de género, el dominio tecnocrático sobre la política y la financiarización de la economía (que invita a endeudarse por el resto de la vida para “cumplir un sueño”) son apenas algunos ejemplos evidentes. Pero el problema, sin embargo, se proyecta aún más hacia el plano de lo teórico. Porque si nuestra libertad funciona hoy como una mercancía más en el mercado y si, a partir de eso, el catálogo de lo que le da forma y sentido a la “realización”, a la “felicidad” y al “éxito” obedece, de hecho, a una lógica no muy distinta a la de cualquier góndola dominada por los principios de la oferta y la demanda, ¿se trata realmente de libertad? La interrogante permanece abierta y, en tal caso, lo mejor en la obra incipiente de Vanoli trata sobre la necesidad de iluminar nuestro tránsito hacia la formulación de esa pregunta.

El lenguaje de Vanoli no es una “totalidad” ni una de esas “creaciones radicales” que suelen atribuirse quienes confunden la literatura con un ejercicio de autismo.

Pero, mientras tanto, no son muchos los autores tan familiarizados ‒técnica y metodológicamente familiarizados‒ con la forma en que estos procesos de subjetivación mercantil se llevan adelante, cada día, alrededor y en el interior de nuestras vidas. Es por eso que quienes experimenten alguna incomodidad metafísica luego de leer Pyongyang deberían considerar reencontrarse con Vanoli en las páginas de ¿Qué quiere la clase media?, un ensayo publicado a finales del año pasado en el que el autor de Cataratas deja claro que si bien el 80% de los argentinos se define como miembros de la clase media, solo el 48% posee “un nivel de ingresos de clase media en un país donde ser de clase media y ser asalariado pueden ser perfectamente sinónimos”. La paradoja es que señalar que Pyongyang trata sobre cómo los hombres y las mujeres del siglo XXI prueban suturar esa herida abierta entre lo que consideran que son y lo que consideran que deberían ser no es un señalamiento ocioso. ¿Y por qué no? Porque cuando el lenguaje de la libertad está colonizado por el lenguaje del mercado, lo único necesario para iluminar los peligros de esa fusión es un lenguaje capaz de sustraerse de la libertad y del mercado a la vez. Y ahí está, entonces, el peculiar lenguaje coral de Vanoli: el instrumento estético y político crucial de su literatura. Lo que resta, luego, es nuestra disposición inteligente a leer, una exigencia intelectual que Pyongyang recompensa con dosis certeras de humor. Como dice una de las máquinas para correr durante su guerra contra la humanidad, “cualquier tipo de evolución se produce a través de la hipertrofia y el exceso, una desmesura que opera antes de que las tristes reglas de la selección natural impongan su ritmo marcial al ciclo de la vida”//////PACO