Un demonio en la bañera de Hitler

 

“No seré la única reportera en París, pero sí la única dama fotógrafa, a no ser que llegue otra en paracaídas”

le escribió Lee Miller a Audrey Withers, directora de Vogue Londres. 

 

A finales de agosto de 1944, la musa por excelencia del surrealismo y la amante libre que todas las figuras culturales soñaban domesticar, salía por la París a punto de la liberación con la idea clarísima, una vez más, de hacer historia.

Habían pasado varios años del encuentro callejero que le cambió la vida, en una típica escena de hallazgos inesperados que tocó la suerte de varios talentos en el siglo pasado, un editor de Condé Nast quedó deslumbrado por su belleza en el momento exacto que la salvaba de ser atropellada por un auto. Ese encuentro la llevo directo a las tapas de Vogue.

Miller sabía que su belleza le abría puertas, pero también sabía que esas puertas se cerrarían fácilmente. Además, tenía la fortaleza, la ambición y el talento necesarios para abrirse paso, firme y sonoramente, en un mundo claramente masculino. También tenía una personalidad atormentada que la hacía quedar esclava de sus propios parámetros de libertad.

Hija de un fotógrafo, su relación con la cámara le era natural, y también el punto de fuga que significaba a modo personal. A los 7 años había sido violada por un amigo de su familia. El padre, a partir de ese momento y hasta pasada la adolescencia, la fotografió desnuda para que ella pudiera reconocer, reconectar y reconciliarse con su cuerpo. Estas sesiones eran todo un ritual que ocurrían con ella bañándose.

En perspectiva, resulta increíble ver como su historia está atravesada por su cuerpo como protagonista. En principio, y obviamente, como móvil, pero también como elemento indispensable de trabajo propio y de otros; aunque lo llamativo es que también, y, sobre todo, el cuerpo de Lee Miller aparece a lo largo de su vida como el campo de batalla en el que ella entraba para ser su propia obra en constante deconstrucción. “Sé que parecía como un ángel en el exterior, sé que así me veía la gente, pero yo era como un demonio dentro, yo había conocido todo el sufrimiento del mundo desde que era muy pequeña”, dijo sobre sí misma alguna vez.

Uno de los que se rindió sin reparo a sus pies, dándole además un lugar único de confianza creativa, apuesta que terminó haciéndolos crecer a ambos de manera trascendental, fue Man Ray. Fue una de las mujeres que más retrató, fue clave en las piezas más reconocidas y, como si fuera poco, fue gracias a ella que llega a la técnica de solarización. Miller era una bomba de inspiración para él, pero funcionaban en una perfecta correspondencia porque ella se mostraba receptiva a sus enseñanzas, y se animaban mutuamente a nuevas aventuras, a expandir sus límites y limitaciones. Si bien fue Man Ray quien le abrió las puertas de París, el combo sensual que habían logrado constituir los volvió a los dos sinónimo de aquella bohemia y vanguardia parisina en la que el cuerpo de ella quedó como la imagen maestra, apareciendo fotografiado e intervenido de todas las formas posibles.

Cuando logró mover las fichas necesarias para poder cubrir la guerra, abandonó el departamento de Man Ray en París y fue por ese nuevo capítulo en su vida junto a otro de sus amantes, el fotógrafo David E. Scherman.

El registró bélico de Lee Miller expone toda su irreverencia y su espíritu animal, con una presencia cien por ciento dedicada y que se ve reflejada en la cercanía sin igual a cada uno de los hechos que le tocó retratar, y que le valió, por el horror explícito de las tomas, que muchas de sus fotos sean censuradas, y que terminara arrestada más de una vez por meterse en zonas de combate o locaciones prohibidas. Así, Vogue Londres se convertía insólitamente en uno de los medios con la cobertura más brutal, sobre todo de Dachau y Buchenwald.

Lee Miller, Buchenwald guard, 1945

El 30 de abril de 1945, Miller y Scherman llegaron al departamento de Prinzenregentplatz, 27, (Munich, Alemania). Una dirección más de tantas, si no fuera que ese era el domicilio de Adolf Hitler. Mientras que ese mismo día el Führer se disparaba en la boca, ella llenó su bañera, acomodó perfectamente los elementos del baño para que no queden dudas donde estaba y porqué estaba ahí: sus botas sucias justo adelante y centradas, un cuadro de Hitler atrás, una escultura al costado increíblemente parecida a ella, el vapor sobre los azulejos, y su cuerpo asomándose de la bañera posando para Scherman. Si bien él trabajaba para Life, la fotografía fue para Vogue con el epígrafe perfecto para no romper el climax logrado por la imagen, en el que es imposible no ver su propia historia: “Me limpiaba de la suciedad de Dachau”. Antes de retirarse del departamento, y posiblemente sin conocer las noticias finales de Hitler y Eva Braun, fotografiaron varios objetos y durmieron una siesta en la cama matrimonial.

Picasso, Ernst, Henry Moore, Jean Cocteau, Chaplin, entre otros, también se unieron a ella mezclando obra, súper acción y romance. Eran tiempos de orgías y de tríos constituidos, todo mezclándose con la vida familiar. Lee Miller se casó dos veces, primero con Aziz Eloui Bey (1934/1947), de quien se separó para casarse con quien estuvo hasta sus últimos días, Roland Penrose, padre de su único hijo, Antony. Es él quien cuenta que los mejores recuerdos familiares que tiene son con las visitas de Man Ray, “mamá era realmente feliz cuando estaba con ellos dos juntos, y entre ellos no había competencia, compartían el amor que ella sentía sincera y enormemente por ambos”.

La relación madre e hijo merece un capítulo aparte. Post guerra Lee Miller se hundió en una depresión que parecía incontrolable, alcohólica y adicta a los sedantes, se volvió una mujer triste y violenta. “Le dolía el paso de tiempo, hablaba solamente para herir, su violencia oral era realmente brava. Si hubiera usado esa misma potencia para conversar hubiera sido todo más fácil. Por ejemplo, ni mi padre ni yo sabíamos de su violación, recién luego de que falleció nos enteramos. También nos pasó con cosas que vivió mientras cubría la guerra, escondió muchísimo material que la dañaba y que encontramos al abrir todas esas cajas misteriosas que guardaba. Realmente llevaba en sus memorias demasiado horror”.

Sus últimos años no fueron en paz, la mayoría coincide en que luchó tanto contra el cáncer como con dejar atrás el pasado, queriendo ser simplemente Lady Penrose, una mujer que se dedicaba a la cocina gourmet y a escribir sobre recetas. Ya no quería ser vista por sus amantes ni amigos, y sentía que había perdido su belleza pero cuando estaba sobria seguía encantando sin igual.

“Le sigo contando a todo el mundo que no he malgastado ni un minuto de mi vida; lo he pasado maravillosamente, pero sé, en el fondo de mí misma, que si tuviera que volver a vivir sería aún más libre con mis ideas, con mi cuerpo y con mis afectos”, le escribió en una carta a su marido en uno de sus últimos viajes. Falleció en 1977 en su campo inglés, después de fumarse un cigarrillo, probablemente creyéndose una vez más la mentira que la acompañó toda su vida, pero imposible juzgarla, porque esa es capaz la mentira más grande que todos podemos decirnos: creer que a partir de ese último acto nosotros somos los que tenemos la última palabra sobre nuestro cuerpo, y que así, solamente así, seremos más libres que en los actos anteriores.///PACO