Sexo


Mercado del amor en quiebra


Helena y Julio llevan muchos años trabajando, conviviendo y tratando de lidiar con los impases de la vida. Según cuenta Julio, lo angustia que Helena no tenga orgasmos con él. Helena, por su parte, no sabe si esto es tan importante, pues ama a Julio a pesar de no tener  orgasmos. A partir de ahí, y después de un tiempo de darle vueltas al asunto, Julio resuelve invitar a Helena a un club swinger. Helena no está convencida, pero dice que “por amor” podría aceptarlo. Se dedican entonces a repasar las reglas y condiciones del club. Con una perspectiva más distante, quizás a la flecha de Eros no le resulte indiferente la coyuntura actual para este tipo de peripecias. Al fin y al cabo, si en la época victoriana la prohibición recaía sobre la sexualidad, ahora la prohibición parece recaer sobre el amor. ¿Pero cómo se aman quienes están dispuestos a compartir sus cuerpos como swingers?

¿Cómo se aman quienes están dispuestos a compartir sus cuerpos como swingers?

Bajo una premisa de disfrute y libertad, una ola de objetos sexuales se cristaliza a cada momento sobre nuestros sentidos. En papel desechable, en pantallas antiguas y modernas, a través de siliconas, plásticos y en las zonas reales y virtuales de la experiencia, la sobreestimulación acosa desde cualquier ventana de internet. Paradójicamente, las mayores dificultades aparecen en el ámbito de las relaciones íntimas. Y con esto no nos referimos únicamente a la pareja conyugal y monógama, casada o no, si no al hecho de cómo “escapar del uno”. Sin necesidad de apelar a la ciencia, se sabe que el lazo con otros es la base de la conservación de la especie, y ya con el psicoanálisis en escena diremos también que de eso se trata la conformación de la subjetividad. Ahora bien, el estilo de vida swinger tiene por su lado muchos pactos y convenios. Por ejemplo: nada que incomode al otro puede hacerse, ni se permite aquello que amenace el amor en la pareja. Así, por ejemplo, Helena podría decir que “no permite ni caricias, ni besos en la oreja, ni que la agarren de la mano”. Pero para Julio, mientras tanto, la condición es verlo todo. “Luego volvemos a casa y la pasamos mejor”, podría decirle a Helena. Convencidos de que esto alimenta su amor, los dos insisten en aferrarse al nuevo artificio. Por supuesto, los embates y las angustias aparecen ahora desplazados, pero la pareja persiste. ¿Y quién podría decir que esto es una locura? Sabemos que el amor y la sexualidad van por veredas distintas, ¿pero estamos tan seguros de que el amor es una premisa universal?

Bajo una premisa de disfrute y libertad, una ola de objetos sexuales se cristaliza a cada momento sobre nuestros sentidos.

A veces naturalizar la moral permisiva con la que muchos creen haberse “liberado” invita a sumergirse en un prejuicio nuevo para salir de otro viejo. Por supuesto, cuesta pensar el estilo de vida swinger como una invención que apunta a preservar el lazo amoroso ante un discurso de consumos hedonistas permanentes que lo erosionan, ¿pero alcanza eso para decir que rechazar la “incomodidad del amor” es rechazar al otro con su sexualidad y su cuerpo? Si el amor implica incomodidad e incertidumbre, y si se lo ha comparado hasta con la locura, ¿qué nos autoriza a recomendar el amor? Pero volvamos al gran contexto, esta vez como se da en países más tecnificados que el nuestro. ¿Será Japón quien en materia de fetiches dé el puntapié inicial? Después de inventar los cafés, donde se puede acariciar a gatos, y los puestos de venta de bombachas usadas, una compañía afirma haber llegado al siguiente nivel con una muñeca sexual “que tiene piel y ojos que se ven y sienten como reales” y hasta es capaz de tener orgasmos.

No importa cuántas novedades haya prometido el mercado contra los viejos discursos de la monogamia, los celos y la libertad sexual: si la promesa de resolver cualquier insatisfacción no se cumple es porque cae en un desierto de objetos obsoletos.

El mercado de la pornografía, así, parece haber llegado al cenit, y en la nueva relación sexual ya no es el sexo lo que desaparece sino la relación. La palabra obvia detrás de estos fenómenos es el consumo. ¿Tiene usted un problema? Pues entonces acuda al mercado. Los objetos han sustituido así el lugar de los sujetos en las relaciones, y por eso no importa cuántas novedades haya prometido el mercado en relación a los viejos discursos de la monogamia, los celos y la libertad sexual: si su promesa de resolver cualquier insatisfacción no se cumple es porque cae en un desierto de objetos obsoletos, al estilo de los cementerios de aviones. Pero, ¿por qué la promesa es aún creíble? ¿Tendrá que ver con la naturaleza del deseo que, como propuso Lacan, es siempre “deseo de otra cosa”? Volvamos a nuestra pareja swinger: Helena y Julio. Su vida sexual mejoró por un tiempo, se aman, pero en el terreno sexual a la incertidumbre nunca le falta fuerza y consistencia. Aunque no sepamos los motivos, el amor parece recomendarse solo, y aun así los artificios que sostienen nuestras relaciones son más complejos que la mera obediencia al mandato de compromiso monogámico.

Muchos pensadores se han detenido no en la capacidad de elección y en el miedo a perder sino en la dificultad de abandonar “lo uno del narcisismo”.

También los estudios de marketing, desarrollados por bares, pubs y cafeterías revelan que lo que se vende en países como la Argentina es “la compañía de otros”, incluso mientras cada cliente está ya alienado trabajando en su computadora. En la era de la “globalización de las soledades”, por lo tanto, se ha anunciado la agonía del amor situándolo en una relación trágica con nuestra ilimitada libertad de elección. Eva Illouz, en ¿Por qué duele el amor?, atribuye este enfriamiento a la racionalización del amor y a una ampliación de “la tecnología de la elección”. Por suerte, también son muchos pensadores que se han detenido no en la capacidad de elección y en el miedo a perder sino en la dificultad de abandonar “lo uno del narcisismo”, es decir, en la dificultad de dejarse afectar por el otro y su cuerpo. En esta línea, el filósofo romántico Byung-Chul Han subraya la “erosión de la diferencia”, apuntando a la base del amor: el dos, lo que posibilita la otredad en oposición a la mismidad. Han, sin embargo, nos lleva a preguntarnos, esta vez con Lacan, si el primer otro no es el cuerpo mismo.

La ilusión del amor romántico es el principal artificio del mercado del sexo.

En la industria de la pornografía, por su lado, podemos encontrar las más variadas formas sintomáticas de esta paradoja porque el encuentro sexual nunca es “normal”: los sujetos intentan soportar la angustia del encuentro en el terreno sexual con un velo de imágenes ajenas. Pero más allá de las etiquetas del porno —bondage, facefucking, fisting, gang-bang, rimming, fingering— cabe todavía preguntarse si estas prácticas velan realmente el “verdadero amor”. Para decirlo de otro modo, y pensando otra vez en Julio y Helena, ¿son sólo las parejas monógamas las que “padecen” el amor? Por suerte el psicoanálisis ya anunció que la sexualidad no es solo acerca de la cópula. De hecho, en el terreno del amor estamos siempre frente a un objeto vacío. El sujeto busca amor donde a la pulsión le bastaría con la satisfacción, y el mercado responde con un objeto, así sea la fantasía del amor maternal. Claro que, como la pulsión no cesa, uno sigue pidiendo más y más, y por eso el circuito se sostiene. La ilusión del amor romántico es el principal artificio del mercado del sexo//////PACO