Sobre La pesquisa

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El 10 de mayo de 2017, en el Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez de la ciudad de Santa Fe, el editor Alberto Díaz presentó la antología A medio borrar. El libro, compuesto por argumentos, cuentos y la nouvelle que le da título, es una producción conjunta entre la editorial Seix Barral y la provincia de Santa Fe.

A medio borrar apareció originalmente en el libro de cuentos La mayor (1976) y “la inundación que narra es real”, enfatiza Alberto Díaz en su presentación. Relata los últimos días de Pichón Garay en Santa Fe antes de irse a vivir a París. No es un texto fácil de leer; por un lado, está constituido por un solo párrafo de más de cincuenta páginas y por el otro, su estilo es una especie de fluir de la conciencia, pero a la deriva.

Lo menciono porque es Pichón Garay el narrador de La pesquisa.

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Compré mi ejemplar de La pesquisa (1994) en ese mismo coloquio. La edición que tengo es una de tapa naranja fluo de Planeta con “guía de lectura”. La foto de portada, una especie de juego de ingenio de madera, preanuncia que estamos ante un libro “sesudo”.

Dedicada a Ricardo Piglia, es la única novela policial de Saer. En “La amistad en Saer”, texto que sirve de prólogo al libro Por un relato futuro, hablando sobre la compleja red de dedicatorias en los libros de Saer, Piglia explica la razón: “Me ha asociado siempre con el género y ha discutido durante años ese asunto conmigo”.

Según la contratapa, la novela “narra el misterioso caso de un hombre que en París se dedica asesinar ancianas y que es perseguido implacablemente por la policía”. Si bien la sinopsis me llamaba a leerlo, no lo hice hasta varios meses después.

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Como tiendo al esnobismo literario y durante mis vacaciones iba a estar cinco días en París, pensé: “¿Qué mejor lugar para leer la novela?”. La empecé en un tren de Amsterdam Central a París Nord y lo terminé en otro de Paris Gare de Lyon a Barcelona Sants.

De la estación central de Amsterdam salimos un viernes a las 7:17 con mucho sueño. Leí el primer párrafo y no entendí nada: “Allá, en cambio, en diciembre, la noche llega rápido”, decía el narrador. Después venía una oración larguísima, de más de diez renglones, de la que recuerdo palabras sueltas: Voltaire, plátanos, Creta, ninfas. Cerré el libro y me quedé dormido en mi asiento del vagón 17 del tren 9316 de Thalys.

Recién a la noche logré la concentración necesaria para retomar el libro. Habíamos subido y bajado a Montmartre, habíamos caminado por el Barrio Latino y habíamos llegado al Moulin Rouge. No habíamos visto la Torre, pero ya habíamos visitado muchos de los puntos obligatorios para un turista primerizo en la ciudad. Por eso, después de ducharme y con los pies doloridos por la caminata, me premié con la lectura de la novela en la cama hasta que me quedé dormido.

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Después de releer varias veces el primer párrafo, logré el envión suficiente para escaparme de la fuerza gravitatoria de ese planeta que es la abulia y por fin avancé entre sus páginas. Lo que encontré me maravilló. El primer capítulo, sin nombre y largo para alguien que está acostumbrado a lecturas más ligeras, es el relato (no lo sabemos, pero algunas marcas nos inducen a pensar que es oral) del misterio que el detective Morvan está intentando develar. Comienza con un detalle pormenorizado de las personas (en especial, las ancianas) y sus costumbres en la ciudad de París. “Cuando son demasiado viejas, el asilo o la muerte las escamotean, sin que sin embargo su número disminuya, porque nuevas promociones de viudas, de divorciadas y de solteronas, después del lapso irreal y demasiado largo de lo que llaman vida activa, vienen a ocupar, habiendo ya enterrado a todos sus parientes y conocidos, inconscientes o resignadas, las vacantes”.

La narración avanza como “una columna oblicua de luz que entra, férrea, por la ventana” en el primer párrafo de A medio borrar. Menciona lugares que están a pocas cuadras de donde yo leía: la plaza León Blum. O que, incluso, caminaría: la rue de la Roquette y el bulevar Voltaire.

En un momento frena abruptamente para, eso cree el lector, interpelarlo: “Ustedes se deben estar preguntando, tal como los conozco, qué posición ocupo yo en este relato, que parezco saber de los hechos más de lo que muestran…”. Pero, en el segundo capítulo, vemos que no es así.

Luego deja la generalidad de los ciudadanos y las víctimas y de la “interpelación” y se centra en el investigador: Morvan. Con la misma precisión con que nos contaba detalles tan ínfimos de las viejecitas, por ejemplo, sus dudas ante la estantería multicolor en un supermercado o el caniche nervioso que les hace de guardián, nos relata vida y obra de este inspector.

Recién en la página cuarenta y ocho (de mi edición), el narrador nos empieza a describir el caso: el asesinato, sádico y cruel de, hasta ese punto en el relato, veintisiete viejecitas.

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En el fluir de la prosa, Saer se da lugar para incluir algunos microensayos. Como este sobre la televisión y la posverdad: Como todos los notables de su época, […] sabía […] que la inmensa mayoría de los habitantes de ese continente, y también sin duda de los restantes, confunde el mundo con un archipiélago de representaciones electrónicas y verbales de modo que, pase lo que pase, si es que todavía pasa algo, en lo que antes se llamaba vida real, basta saber lo que se debe decir en el plano artificial de las representaciones para que todos queden más o menos satisfechos y con la sensación de haber participado en las deliberaciones que cambiarán el curso de los acontecimientos”.

O este sobre su forma de escribir: “[…] por el solo hecho de existir todo relato es verídico, y si se quiere extraer de él algún sentido, basta tener en cuenta que, para obtener la forma que le es propia, a veces le hace falta operar, gracias a sus propiedades elásticas, cierta compresión, algunos desplazamientos, y no pocos retoques en la iconografía”.

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El capítulo dos, también sin nombre y de extensión similar al primero, empieza en otro tiempo y en otro lugar. Dos amigos, Pichón Garay y Carlos Tomatis, toman cerveza en un bar de Santa Fe. Aquí entendemos que el capítulo uno ha sido un relato hecho por Pichón, que está un par de semanas de paso por la ciudad.

En este capítulo, Tomatis presenta a Pichón ante Soldi, un joven colega, también con inquietudes literarias, y juntos hacen un viaje en lancha hasta la casa del ya difunto Washington Noriega, en Rincón Norte, a revistar el curioso manuscrito de una novela que su hija custodia. La novela se llama En las tiendas griegas y tiene más de ochocientas páginas. Mientras Pichón la analiza, Saer, vuelve a poner en palabras del narrador una definición sobre su propia obra: “Pichón le atribuye al autor desconocido una capacidad de modulación rítmica gracias a la cual cada frase tiene la extensión que le corresponde, basándose en la identificación lo más completa posible de sonido y sentido, y no en principios abstractos de una supuesta estética del relato y una pretendida visión del mundo como le dicen, anteriores al momento de la redacción”.

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Otro microensayo. Tema: la amistad. “[…] los dos vieron desfilar, en una especie de representación común y en una intimidad que prescindía de palabras, no únicamente lo que cada uno sabía de sí mismo, sino también lo que sabía o imaginaba o presentía del otro, eso que, a pesar del tiempo y de la distancia y de lo que no había podido tener cabida en cartas y en llamadas telefónicas, podría llamarse los días, las semanas o los años dilapidados, los afectos perdidos, la lucha ciega y solitaria, el desgano y la dicha, la exaltación y el fracaso, las risas francas y luminosas y el sabor de las lágrimas amargas”.

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A estas alturas, ya estaba muy embalado con la lectura y pasé de leer solo durante la noche a hacerlo en en desayuno, en los colectivos, en la lavandería e incluso, en una plaza junto a la torre Eiffel. Si me apuran, tengo que contestar que uno de los momentos de mayor placidez de las vacaciones tuvo lugar la mañana en que fui a lavar la ropa en París. El sol entraba por la pared vidriada, yo estaba sentado con el libro en la mano y la ropa giraba, despreocupada como yo, dentro del tambor metálico.

El tercer capítulo constituye el resto del libro, también sin nombre, pero de una extensión que duplica la de los anteriores. En este capítulo final, las dos narraciones anteriores se van mezclando. Pichón sigue contando la historia de Morvan a Tomatis y a Soldi, y Morvan continúa su pesquisa para descubrir al asesino de ancianas.

El tema subyacente del capítulo es, creo, los recuerdos (“[…] aunque no le quedara en la memoria ningún residuo empírico de sus actos, nunca podría estar seguro de no haberlos cometido, así como inversamente de muchos otros de los que tenía recuerdos en apariencia verídicos, una vez que se habían diluido en el mar del acontecer, nadie, y mucho menos él, podría estar seguro de que habían efectivamente sucedido”) y cómo funcionan en la creación literaria. Incluso, el “recuerdo anticipado”: el placer de una experiencia vivida con intensidad antes de que suceda.

Cuando tomamos el tren Renfe de París a Barcelona, me faltaban leer unas cincuenta páginas. Estaba tan ansioso que cuando compré los pasajes, no me di cuenta y saqué primera clase en lugar de clase turista. Era el tramo más largo que íbamos a hacer. Así que el error, de alguna forma, fue acertado. Cómodo, leí el final de la historia. En un video, recuerdo que escuché a Saer decir (no son sus palabras exactas) que no le gustaba que sus novelas terminen tan prolijas, tan cerradas, porque en la vida real siempre está el día después, las personas (los personajes) siguen existiendo. Esta novela termina cuando se desata una tormenta de verano y los protagonistas, Pichón Garay, Tomatis y Soldi, deben huir del patio del bar en el que están cenando.

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En la “guía de lectura” que acompaña al libro, se habla de un cuento del libro Lugar, que comienza en el momento que termina La pesquisa. Se trata de Recepción en Baker Street, un cuento policial que, usando la forma técnica de la narración enmarcada (un relato dentro del relato), tiene al mismísimo Sherlock Holmes de protagonista.

Cuando leo esto, estoy tirado en la arena en una playa en Mongat Nord. Tengo 5% de batería en el celular y acabo de enterarme de la existencia de este cuento. Me da un síndrome de ansiedad y trato de encontrarlo en internet. No está. Me bajo un pdf remal formateado con los cuentos completos de Saer. Reviso el índice y lo encuentro. Respiro aliviado.

Me pongo a leer, feliz de la vida, mientras el sol me pega de frente. El cuento empieza con los protagonistas de La pesquisa refugiados de la lluvia en una garita. Cuando de lejos ven a Nula parado en la puerta de la estación de colectivos, corren bajo la lluvia y los cuatro terminan tomando un café en el bar de la estación. Allí, Tomatis, les cuenta la trama de un policial en verso que alguna vez escribirá, si se decide a hacerlo: “[…] no lo escribiría en prosa: sería un largo poema narrativo en verso libre, con algunos pasajes rítmicos y ciertos finales de estrofa en versos regulares, alejandrinos probablemente, y rimas consonantes. De esa manera ocuparía en la historia de la literatura un lugar junto a Edipo rey, ya que Sófocles y yo seríamos los únicos dos autores que hubiésemos tratado en verso un enigma policial”. Y se jacta de que el suyo sería el único relato en el que un asesino en serie suprime al mismo tiempo diecisiete víctimas. Pichón le hace notar que un piloto en Hiroshima, en pocos segundos, mató a ciento cuarenta mil personas, pero Tomatis pide no ser interrumpido. En las partes que habla Sherlock Holmes, uno cree que está leyendo a Conan Doyle. De los cuentos suyos que leí, me parece el mejor. Me quedan dos páginas cuando se me apaga el celular.

En el artículo “El largo adiós” (titulado igual que la novela de Chandler) de el libro El concepto de ficción, Saer se detiene a analizar el género policial. Rescato dos ideas. La primera: a la literatura policial se la acusa de ser un género de evasión y por eso, un género menor. La respuesta de Saer es que toda literatura es evasiva. La segunda: el paso de la novela deductiva (policial blanco) a la novela de acción (policial negro) es producto de incorporaciones realistas; Philip Marlowe es más verosímil que Auguste Dupin.

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En aquella presentación de A medio borrar, en el primer Coloquio Internacional Juan José Saer, Alberto Díaz contó una anécdota. Saer siempre le pedía que revisara sus textos en busca de galicismos que se le hubieran escapado. Un día le día le dijo que estaba muy cerca de terminar Las nubes (1997) y de entregar el manuscrito. Díaz, entonces, le respondió: “Y bueno, Juani. Si te falta poco, metele una tormenta y terminá la novela”. Saer se enojó y replicó: “Alberto, las tormentas mías son reales”. Siguió contando el editor que, luego de la muerte del autor, su viuda le entregó una libreta en la que encontró descripciones exactas, no literarias, de distintas tormentas con fecha y hora, duración, posición respecto al observador, y una serie de detalles que en el futuro tomaría como material para sus ficciones.

Traigo a colación Las nubes en el final de esta pesquisa porque los protagonistas de La pesquisa reaparecen en forma similar en este libro. De hecho, Saer los emparenta en el artículo “Dos razones” en La narración objeto: “[…] cada una de ellas transcurre en dos planos diferentes, uno en el que viven personajes contemporáneos, bastante ordinarios a decir verdad, como lo somos casi todos, y otro en el que se desenvuelve un relato exterior a ellos, y del cual ellos son destinatarios”.

Las nubes es un manuscrito de dudosa autenticidad que Soldi ha encontrado mientras investigaba sobre Las tiendas griegas, que ha compartido con Tomatis y que este último ha enviado en un disquete a Pichón Garay a París para su examinación.

Nuevamente la pregunta de qué es la realidad, qué es la verdad y qué es la veracidad.

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En La mayor hay un texto corto titulado Me llamo Pichón Garay, en el que él cuenta una visita que Carlos Tomatis le hizo en París.

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También leo en la “guía de lectura” que luego de una charla en Princeton, Piglia le preguntó a Saer por la vida de algunos de sus personajes, como si de personas reales se tratara: “Y Pichón, ¿qué está haciendo?”. “Pichón es profesor de Literatura en La Sorbona; está casado y tiene tres hijos, y uno de ellos viene con él en La pesquisa”.///PACO