El modo en que a cuarenta años de su muerte Groucho Marx dejó un testimonio escrito de su vida podría perfectamente servir como ejemplo de lo que que Julian Barnes definió alguna vez como la clave del género autobiográfico. La autobiografía, dice el escritor y crítico británico, no se resuelve en la acumulación de hechos comprobables. De lo que se trata, en realidad, es de la creación de un sentido capaz de unirlos aún si algunos de los hechos están inventados. En otras palabras, una buena autobiografía no intenta recordar todo lo que pasó, y ni siquiera intenta recordar la manera en que lo que pasó realmente pasó. Lo que una autobiografía intenta, si su protagonista es más inteligente que vanidoso, es sumergir al lector en los tonos, en las perspectivas y en las interpretaciones alrededor de quien se ha propuesto recordar la trayectoria de su vida. A partir de ahí, las memorias de Julius Henry Marx, el único hombre que durante el siglo XX ‒el siglo de Stalin y Mao‒ logró añadirle una indeleble nota cómica a la palabra “marxismo”, son un mapa de quién intentó verdaderamente ser ‒e incluso de quién pudo haber sido‒ Groucho Marx antes que un simple museo de lo que le pasó. Sin ir más lejos, respecto a su verdadero nombre, Julius Henry Marx, es Groucho el que escribe en Groucho y yo: “Mi segundo nombre es Henry a causa del apego sentimental que mi madre experimentó por un billete de cinco dólares que le había prestado mi tío Henry. Al cabo de un tiempo, tío Henry comprendió que sacarle sangre a un rabanito era un juego de niños en comparación con el esfuerzo que haría falta para recuperar sus cinco mangos”. Desde ya, es en el ejercicio “detectivesco” de corroborar qué tanto de cierto tienen estos hechos ‒y, por supuesto, en su nula capacidad para descifrar el evidente humor en la voz de Groucho‒ que un descubrimiento más bien insustancial como que aquel segundo nombre no tenía nada que ver con un préstamo (sino con un tío de nombre Henry) se desnuda al leer las 500 páginas de Groucho, una biografía, escrita por el periodista Stefan Kanfer: “Lo llamaron Julius Henry en honor a dos tíos: Henry, el hermano menor de su madre Minnie, y más importante, Julius Schickler, el segundo marido de su hermana Hannah”. La lección está a la vista: los nombres y las circunstancias centrales coinciden, sin embargo, el sello cómico del autobiografiado es incompatible con la fría objetividad del biógrafo. Establecido este punto, la verdadera pregunta, por lo tanto, ya es otra: ¿cuál de estos dos formatos con los que se pretende narrar el cauce de una misma memoria es más valioso para conocer al mismo hombre? ¿Es más interesante conocer la verdad o es más interesante conocer la realidad?

El único hombre que durante el siglo XX ‒el siglo de Stalin y Mao‒ logró añadirle una indeleble nota cómica a la palabra “marxismo”.

Por otro lado, el detalle de que Julius Henry Marx y Groucho hayan iniciado un largo vals de entrecruzamientos y máscaras desde mucho antes que se escribiera una sola línea biográfica o autobiográfica no es menor. Porque, ¿quién es Groucho? No solo el nombre célebre en la historia del cine de Hollywood, ni la figura icónica del cigarro entre los dientes, ni nada más que el autor de frases como “puede que parezca un idiota y hable como un idiota, pero no se engañe, realmente es un idiota”. Groucho es, sobre todo, el personaje descontrolado, absurdo e incluso demoníaco, según los más variados críticos, que aún en una versión hecha de palabras se presenta ante el mundo para contar la vida del cuerpo que habita en Julius Henry Marx. Y es en esa batalla entre lo que alguien es y lo que alguien imagina que es que la autobiografía coloca otra vez en escena un conflicto que, desde el título mismo de Groucho y yo, no deja de conceder ciertas ventajas estratégicas. Un instante típico de la diferencia entre el personaje que encubre a la persona y la persona encubierta por el personaje está también en la disputa sobre el origen. “No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. No vale la pena discutir sobre esto. En cualquier caso, me he ganado la vida muy bien durante muchos años, haciéndome pasar por uno de ellos”, escribe Groucho (¿o Julius Marx?) en Groucho y yo.

“No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. No vale la pena discutir sobre esto”.

Al mito de la creación de Groucho según Groucho, un recuerdo que empieza entre músicos callejeros recién llegados a Nueva York desde los márgenes de Alemania y una madre, Minnie Schoenberg, que inculca lo que Stefan Kanfer llama “el talento para entretener” hasta que un Groucho aburrido de “estudios que le parecían completamente inútiles” encuentra un anuncio en el que se pide “un muchacho cantante para protagonizar número de variedades”, la biografía propone el sello lineal de lo fáctico. “Groucho”, en principio, no era más que el nombre de un personaje en una historieta ‒Sherlocko, the Monk, de donde salieron los apodos de todos los hermanos Marx‒ y fue a instancias de los planes escénicos de su propia madre que bajo el nombre inicial de “Los Hermanos Marx y Cía” los hermanos empezaron con espectáculos marginales de vodevil en los que cantaban juegos de palabras y parodias. Hasta que George S. Kaufman “les dio el refinamiento y la profesionalidad de los que carecían” hasta la película Los cuatro cocos, de 1929. El punto en el que autobiografía y biografía coinciden, finalmente, no es otro que la certeza de que hay vidas cuyos testimonios merecen nuestra atención. Y en eso el propio Groucho coincide con cualquiera de quienes hayan intentado con mayor o menor talento contar la intimidad de su vida. Respecto a esto, es Groucho quien exhibe sus propios reparos frente al editor de Groucho y yo: “Señor, no creo que mi vida privada importe al público. No escribo confesiones verídicas para una de esas revistas que llevan nueve anuncios distintos para la cura de los granos y diecinueve de cinturones eléctricos, ni escribo uno de esos libros en que el protagonista es un borracho empedernido durante treinta años y luego explica cómo ha encontrado a Dios, a los Alcohólicos Anónimos, o a ambos”//////PACO