Experimento Sarahah


Sos el espejo de mis vanidades
sos la mitad que se vuelve contra mí
alguien borroso,
no pienso en nadie
adonde empiezo yo vos terminás
y me pregunto quién sos
quién sos, quién sos.
Babasónicos


Llevaba un mes alejada de Facebook y al menos tres personas me habían comentado acerca de la nueva aplicación que estaba haciendo furor en nuestro foro romano 2.0. Sin pensarlo mucho, y quizás algo ávida de
feedback virtual debido a la abstinencia, decidí abrirme una cuenta para ver de qué se trataba, no sin antes indagar dónde me estaba metiendo. Sarahah, tal es el nombre de la aplicación en cuestión, significa franqueza o sinceridad en árabe, el idioma nativo de su creador, Zain al-Abidin Tawfiq. Originalmente, este ingeniero en sistemas diseñó la herramienta con el propósito de favorecer la comunicación en el ámbito laboral. En pocas palabras, la idea era que los trabajadores pudieran enviar mensajes a sus colegas y superiores sin temor a represalias, con el fin de optimizar su desempeño, tanto a nivel profesional como interpersonal. Sin embargo, a menos de un año de su creación, el uso de Sarahah trascendió ampliamente el entorno de trabajo y ya desde su propia homepage anticipan sus dos destinos principales. En cuanto a lo laboral, nos invitan a utilizarla para descubrir y mejorar nuestras áreas de fortaleza, mientras que a nivel personal, la sugerencia es dejar que nuestros amigos sean honestos con nosotros. Así las cosas, lejos de su finalidad original, “la aplicación de la honestidad”, como se la conoce coloquialmente, comenzó a propagarse a nivel exponencial a expensas de la red Snapchat, mayormente utilizada por jóvenes y adolescentes. Tan es así que su popularidad se incrementó al punto de superar en número de descargas a las conocidas Messenger, Netflix y Whatsapp durante el pasado mes de julio en Estados Unidos. Esta repentina masividad, sumada al rango etario preponderante entre los usuarios, no tardó en poner en evidencia la contracara del anonimato. Si bien al iniciar sesión en Sarahah se nos invita de manera explícita a dejar “un mensaje constructivo”, la realidad es que el uso de la aplicación se ha visto cada vez más ligado a casos de bullying y expresiones de odio que han llegado a preocupar a sus creadores.


Si bien al iniciar sesión en Sarahah se nos invita de manera explícita a dejar “un mensaje constructivo”, la realidad es que el uso de la aplicación se ha visto cada vez más ligado a casos de bullying.

Pero lo curioso no es esto, en honor a la verdad, ya que el resultado del anonimato sumado a la exposición digital no era algo tan difícil de predecir: haters gonna hate, mucho más si no pueden ser identificados. Lo curioso es, en todo caso, que incluso a sabiendas de sus potenciales riesgos para la estabilidad emocional y la autoestima, la voluntad de abrirme una cuenta para utilizar la aplicación se mantuviera intacta. Y cuando hablo de mi voluntad, hablo también de la de millones de usuarios que no paran de multiplicarse. Ciertamente, tras algunas críticas por haberles floodeado el inicio de Facebook con capturas importadas de Sarahah, pude ver que un número cada vez mayor de mis contactos se acoplaba a la tendencia de someterse a potenciales escarnios anónimos a través de la aplicación. Para mi sorpresa, sin embargo, las observaciones y consultas de mis remitentes encubiertos fueron de diversa índole, con un predominio de los mensajes en clave de flirteo muy por encima del contenido malicioso para el que me había preparado. Más allá de algunos improperios decididamente burdos, no muy diferentes de lo que podrían gritarte en cualquier en esquina a modo de “piropo” callejero, la mayoría de los encares tenían un tono bastante infantil: consultas acerca de mis experiencias y preferencias sexuales, declaraciones de amor platónico, prohibido o a distancia, y diversas propuestas –desde tomar un vino a un touch and go– prácticamente imposibles de responder a un emisor anónimo. Por otro lado, en la vereda del bardo, los bullys se centraron en criticar mis prácticas virtuales públicamente accesibles por su supuesta hipocresía o vanidad, y hasta me mandaron a hacer terapia por insegura ¡a través de un mensaje anónimo! (Say no more). De cualquier manera, la creatividad no vino tanto por el lado del agite, ya sea bien o malintencionado, sino en forma de preguntas desopilantes, chistes y hasta citas literarias, todos contenidos “inofensivos” que a su vez invitan a pensar por qué alguien elegiría una vía anónima para compartirlos. Misterio.


Los bullys se centraron en criticar mis prácticas virtuales públicamente accesibles por su supuesta hipocresía o vanidad, y hasta me mandaron a hacer terapia por insegura ¡a través de un mensaje anónimo!

Como sea, en términos generales, puedo decir que el odio y el resentimiento jugaron un papel que no llegó ni a secundario entre el total de mensajes recibidos, lo cual, desde luego, me reconfortó. De hecho, los mensajes que más me animaron fueron aquellos en los que, allende la apariencia o el sex appeal, encontré gente que me bancaba por mis ideas, estilo o personalidad (sin contar algunos excesivamente condescendientes que no llegué a tomar en serio). En esa comprobación es donde radica el atractivo de Sarahah para el público adolescente (y no tanto), esa voluntad de sabernos avalados es la que nos dispone a ofrecer nuestro costado más vulnerable ante evaluadores desconocidos y, peor aun, incognoscibles por definición. Más allá de ser un terreno propicio para el maltrato, o mejor dicho, precisamente gracias a eso, si nos animamos a correr riesgo, la aplicación funciona a la vez como un medidor de popularidad (según la cantidad de mensajes recibidos) y una herramienta de diagnóstico para analizar los matices de dicha popularidad (básicamente, cuáles son nuestros aspectos más criticados o reivindicados). Como los candidatos políticos que solicitan encuestas en época de campaña, nos encomendamos al sensor virtual de Sarahah para saber qué opinan los otros de nosotros, aun cuando no haya elecciones ni cargos en juego.


En un mundo donde el carácter buchón de las aplicaciones está en auge, este parece ser uno de los pocos resquicios por donde aún puede colarse la imposibilidad de control.

En el episodio 1 de la tercera temporada de Black Mirror vemos a la protagonista desvivirse por agradar a los demás, para así incrementar el puntaje virtual que le permitirá adquirir el departamento de sus sueños. Pero en ausencia de recompensa material mensurable, ¿qué nos lleva a exponernos a nosotros, aquí y ahora, a un posible hostigamiento anónimo? Una vez más, y como [casi] siempre, nos mueve el deseo, en este caso, un deseo producido socialmente en un contexto signado por la creciente presencia de influencers y trendsetters, que se erigen a mitad de camino entre nosotros, los simples mortales, y los personajes cuyo reconocimiento ha sido consagrado por los medios tradicionales. Así pues, mientras figuras popularmente legitimadas, como Candelaria Tinelli, la China Suarez o Wanda Nara, han decidido desactivar los comentarios de sus redes sociales para evitar los agravios, los usuarios comunes, ávidos de reconocimiento, somos capaces de extender nuestra vulnerabilidad hasta los confines del anonimato patotero. Si, como dice Paula Sibilia, a medida que la intimidad se espectaculariza, hemos llegado a gestionar el yo como una marca, ¿qué mejor análisis de marketing que una encuesta de satisfacción anónima como la que nos proporciona Sarahah? En un mundo donde el carácter buchón de las aplicaciones está en auge a través de recursos como la última conexión, la confirmación de lectura, etc., este parece ser uno de los pocos resquicios por donde aún puede colarse la imposibilidad de control y, gracias a ello, permitir que aflore lo indecible. Si “el medio es el mensaje”, podríamos afirmar que lo que nos digan a través de esta app, por el solo hecho de haber accedido a participar en el juego, dice más de nosotros que los emisarios de turno. Sin embargo, esto dista de culpabilizar a las potenciales víctimas por el maltrato recibido. En todo caso, queda por saber si el objetivo original de Tawfiq, ayudarnos a mejorar nuestras zonas de fortaleza, logrará sortear los escollos del acoso cibernético, o si su creación correrá la misma suerte de ascenso y descenso estrepitoso que protagonizaron otras herramientas similares, como Yik Yak, Askfm y HonestyBox. Por lo pronto, la invitación a mirar nuestro reflejo en el estanque de las redes sociales está hecha, y resulta una opción tentadora para cada vez más usuarios/////PACO