Si hay un rasgo que todavía distingue al opinólogo con veleidades de “influencer mediático” del intelectual capaz de proyectar un sistema de ideas propio sobre la urdimbre profunda de la realidad, conviene detectar ese rasgo en la ambición del pensamiento. Y entre los pensadores afines a los compases del liberalismo como Peter Sloterdijk (Alemania, 1947), esa vara es más delicada: la disputa no se define, como entre quienes se oponen al status quo, alrededor de lo que la sociedad, la cultura, la economía y la política podrían llegar a ser, sino alrededor de lo que ya son. El problema es que, a partir de ahí, la crítica y la inteligencia no enfrentan nada más que los límites de la propia creatividad; también están las tentaciones del confort. Y eso no incluye solo una inmersión voluntaria en la aséptica neutralidad de los grandes sistemas universitarios, a los que el crítico literario Terry Eagleton define hoy en Europa como “empresas pseudocapitalistas con una ideología de gestión filistea”. También los “think tanks”, vinculados en mayor o menor medida a los poderes fácticos de turno, han demostrado ser eficientes domesticadores de la voz intelectual, ya sea a través de su reducción a un colorido buzón de sugerencias frente al estado del mundo o a una variante más entre otros informes técnicos. Entre la plena conciencia de los límites de estos ecosistemas tan particulares del pensamiento y una vasta obra dedicada a iluminar los eventos más sensibles de la modernidad, 
Estrés y libertad pinta un paisaje entretenido, sintético y provocador del liberalismo actual.

Las revoluciones modernizadoras cumplidas a medias, las tensiones multiculturales y la sensación de que no hay coherencia pública o privada que no pueda someterse a un plebiscito diario sirven para reflexionar desde la sensibilidad de la nación más poderosa de Europa.

Entre las prioridades de Sloterdijk, la más importante es volver a señalar que Occidente sigue atravesado “por el misterio de las aspiraciones realizadas”. ¿Y por qué otro motivo, si no, un brillante intelectual de la derecha liberal ‒con excelente trato con un brillante intelectual de la izquierda progresista como Slavoj Žižek‒ sentiría la necesidad de objetar el rumbo contemporáneo del liberalismo? “Si llegara a darse una regeneración intelectual del liberalismo político, debería partir de la idea de que la persona no es únicamente un ser codicioso, voraz, vicioso y necesitado, que reclama vía libre para su carencia sentimental y su hambre de poder. También lleva en sí el potencial de un comportamiento dadivoso, generoso y soberano”, concluye el autor de Normas para el parque humano. ¿Pero en qué términos podría darse la “regeneración”? Es ahí donde se plantea un coeficiente de rozamiento entre la “libertad”, que Sloterdijk define en sentido político con la historia romana de Lucrecia y Sexto Tarquinio ‒que finalizó en una revuelta contra la tiranía‒ y en sentido filosófico con la noción griega de “una extensión de la disposición atlética al combate en la esfera del diálogo sobre la verdad”, y el “estrés”, a partir del cual la obediencia, la rendición y la vigilancia del poder, aplicadas por diversos medios, desatan “niveles de vitalidad” social que al afianzar los lazos no evitan tampoco “el enfurecimiento ante la idea de su propia desaparición”. Entre la libertad y el estrés el equilibrio es delicado, y por eso la palabra “sostenibilidad”, dice Sloterdijk, “es el síntoma semántico fundamental de la crisis cultural de hoy”. Con ese marco, las revoluciones modernizadoras cumplidas a medias, las tensiones multiculturales y la sensación incluso tecnológica de que no hay coherencia pública ni privada que no pueda someterse a un plebiscito diario sirven como telón de fondo para reflexionar sobre un presente percibido nada menos que desde la sensibilidad de la nación más poderosa de Europa. ¿La conclusión? “La liberalidad es demasiado importante para dejarla en manos de los liberales”//////PACO