La otra Eva

 

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Nació en Munich (1912), fue la hija del medio de un maestro y una modista. Alumna del montón en una escuela católica, en esos años ya exploraba su gusto por la fotografía. A los 17 años se graduó como secretaria y entró al estudio de Heinrich Hoffman, fotógrafo oficial del Tercer Reich. Fue así, en una tarde cualquiera de su trabajo, que Eva Braun conoció a Adolf Hitler. Era el año 1929 y la diferencia de edad poco importó para que ambos se sintieran atraídos. Pero fue un par de años después -casual o causalmente, luego del suicidio de Geli Raubal, la sobrina con la que Hitler vivía y con quien mantenía un vínculo que despertaba todo tipo de comentarios- que la relación se profundizó y duró literalmente hasta que la muerte los separó. Como si fuera un final dirigido por Buñuel, a poco más de 24 horas de casados y con 14 años de relación encima, él se disparó en la boca, y ella, desobedeciendo el “deseo” de su flamante marido, redobló la apuesta de su incondicionalidad consumiendo una cápsula de cianuro.

Era el año 1929 y la diferencia de edad poco importó para que ambos se sintieran atraídos.

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Una de las principales biógrafas de Eva, Heike Görtemaker, reclama que la historia la quiso dejar como “una rubia tonta, depresiva y sumisa”. No es la única que en los últimos años trató de cambiar el destino mediocre y fantasmal de la figura de Braun, pero lo cierto es que los argumentos dados por la mayoría no aportan demasiado. Un poco porque hay mucho revisionismo que brota de las suaves y ligeras olas del “ponerle una mirada de género a todo”, y otro tanto es, bueno, por eso mismo, porque terminan chocando con la vara de la corrección política y todas las aristas del discurso estandarizado. Entonces, ¿cómo se hace para “rescatar” de la historia patriarcal a la mujer de uno de los líderes más voraces del siglo pasado y que ese “rescate” no termine poniendo en jaque la inocencia femenina que la mirada de género estándar exige? Lo que distingue el repaso que invita a hacer Görtemaker, autora de Eva Braun. Una vida con Hitler, es que tiene muy en claro que “no podría haberse escrito algo así sobre Eva hace 30 o 40 años atrás”, y patea el mismo contexto que le dio esa libertad sentenciando la complicidad absoluta de ella con el Führer y rearmando el plan personal con el que logró su lugar. “En todo el trabajo de investigación pude ver claramente como no hay en la vida de Hitler una separación de lo político y lo íntimo, quien accedía a una lograba ser parte de la otra, y Eva Braun fue parte de ambas porque quiso estar ahí, con ese hombre”, explica. “Así y todo, aunque sobren muestras de esto, hay gente que todavía puede reivindicar a Hitler pero con Eva eso no pasa ni pasará, o no lo veo posible por ahora. Los historiadores la ignoraron, como hicieron con la mayoría de las mujeres nazis. Además, en Alemania está considerada una mujer trágica, muy atada a ese perfil instalado por décadas. Y también hay que tener en cuenta que las nuevas generaciones tienen una relación diferente con la historia”, agrega Görtemaker.

Una de las principales biógrafas de Eva, Heike Görtemaker, reclama que la historia la quiso dejar como “una rubia tonta, depresiva y sumisa”.

Hay algo interesante que la biógrafa dice para explicar la indiferencia hacia Eva y hacia las mujeres del nazismo en general: “Hay una cultura de inocencia femenina, se creó esa leyenda y desde ahí se fueron escribiendo los hechos”. Esa opinión logra otro alcance frente al feminismo marketinero de cada día, donde la mujer, por el simple hecho de ser mujer, es víctima e inocente bajo cualquier circunstancia, anulando las complejidades propias del ser, desde las más atractivas hasta las más indeseables. O, más aún, como si todo lo que no fuera hombre no tuviera sombras con las cuales convivir, batallar, atravesar. Lo absurdo de esta visión es que, en los casos realmente graves y/o fatales, la víctima termina siendo doblemente victimizada y estigmatizada, pero este segundo peso le llega legitimado en nombre de la sororidad. Construir la empatía e indirectamente perfilar heroínas que se miden desde el lugar de víctima es una actualización de la santificación de las mártires religiosas, que se oyen y visibilizan desde la sumisión a los más despiadados castigos. Esos castigos, que se toman como señal o muestra de fe, son los que la Iglesia toma para luego darles “la liberación” santificándolas. La conclusión no tiene remate, se repite y se amolda a los diferentes casos, incluso se corre la vara pero el final es el mismo: se santifica a las víctimas. Por eso, en el “todas somos…” -obviando por un instante que, además, en el “todas somos” o “yo soy Xxxxx” radica la nada misma– no tienen lugar nunca las Cersei, las Claire Underwood, las Gatúbelas, las María Antonieta, etcétera. Porque cuando lo tienen, lo tienen desde un lugar errado, que es el de justificar sus acciones como consecuencias de hechos patriarcales, como si fueran “menos mujer” por el simple hecho de desear violencia, poder, éxito, sexo, lujuria, revancha, etc. O, también, como una manera de exorcizar lo que el “deber ser” impone, como si ese spirit animal este afuera y no adentro nuestro. De todas estas aristas surgen otras variables confusas y tragicómicas, como si la libertad fuera simplemente la desnudez de los cuerpos, o ese oxímoron infernal que sugiere “el amor libre” y logra el clímax del iluminismo banal con la invitación a “lesbianizarnos”, como si una mujer, por ser mujer, nunca hiciera daño ni manipulara a su otredad, con todo lo que de por sí implica cualquier tipo de relación.

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Durante 1935 Eva Braun empieza a escribir un diario. “Estas notas deben servir como receptáculo de mis lamentos”, se consuela en una de las tantas jornadas en las que se veía ahogada por la incertidumbre. Una incertidumbre que no sabía sostener y que no dejaba espacio a contemplaciones de ningún tipo, a pesar de tener muy en claro que el hombre que le quitaba el sueño estaba manteniendo al mundo en vilo. Algunos fragmentos: “El tiempo es delicioso, y yo, la amante del hombre más importante de Alemania y del mundo tengo que quedarme sentada en casa, mirando por la ventana (…) Me ha dicho frecuentemente que está locamente enamorado de mí, pero ¿qué significa eso si no he tenido una buena palabra suya en tres meses?” “Me dejó un sobre como siempre, en él había dinero, si tan sólo hubiera puesto una palabra de amor”. “Él solo me necesita para ciertos propósitos, de otra manera no es posible. Cuando dice que me quiere, sólo significa que me quiere en ese momento particular. Como sus promesas, que nunca cumple. ¿Por qué me atormenta de este modo, cuando podría acabar con ello de una vez?” “La casa está lista pero no me está permitido verle. El amor ha sido temporalmente excluido de sus planes”. “Me gustaría estar gravemente enferma, y no saber nada de él al menos durante una semana. ¿Por qué no me pasa algo? ¿Por qué tengo que pasar por todo esto? ¡Si nunca me hubiera fijado en él! Soy muy desdichada. Saldré y compraré más polvos para el sueño y entraré en un estado como de medio sueño, y luego no pensaré más en ello. ¿Por qué ese mal no me lleva con él? Sería mucho mejor con él que como es aquí”. “Soy infinitamente feliz porque él me quiere mucho, y rezo para que siempre sea así”. La manera de contar sus vivencias recuerda a cualquiera de poetas en los centros culturales. Eva romantiza la tristeza y se regodea en la insatisfacción como sinónimo de profundidad, y entonces necesita justificar todo tipo de goce, como si siempre accediera al placer de manera casual, obligada por amistades o solamente con el permiso de Hitler. Más que sumisa y depresiva, la escritura de Eva nos muestra una mujer comodísima en un escenario hostil, que comprende cuándo conviene y cuándo no conviene ignorar el contexto. En definitiva, Eva, que se autoconstruyó como víctima y se abrió paso, era tan narcisista como su amado, y tenía sus propias ambiciones, materiales más que ideológicas, y un talento limitado para lograr la vida ligera que deseaba sin resignar a ser insignificante. “La época de ayuno acabará, y entonces todo sabrá mejor”, desea en una de las últimas líneas.

Eva romantiza la tristeza y se regodea en la insatisfacción como sinónimo de profundidad, y entonces necesita justificar todo tipo de goce, como si siempre accediera al placer de manera casual, obligada por amistades o solamente con el permiso de Hitler.

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El mismo año que escribe ese diario intenta dos veces suicidarse. “Es muy probable que Eva con estos intentos de suicidio, de los que poco se sabe realmente y de los que el entorno directo de él descreen totalmente, haya querido demostrar que estaba dispuesta a dar la vida por él”, reflexiona Heike. A partir de estos hechos, el Führer le compró una casa en Munich para estar cerca de sus padres, y tiempo después dieron el primer paso a una convivencia que tendrá sus particularidades. Primero la lleva al refugio de los Alpes Bávaros, el Berghof, conocido popularmente como el Nido del Águila, y recién tres años después se instala en el edificio de la cancillería en Berlín. El cambio tuvo su costo. En la cancillería jamás ofició de Primera Dama, no se la mostraba prácticamente en público ni participaba de reuniones, tenía la orden de permanecer en la inmensa habitación hasta que se le avisara que podía circular libremente por las salas. Además, ahí tenía roce directo con todo el núcleo duro del nazismo, por lo que recibió el desprecio sobre todo de las “mujeres de…” todos esos hombres que rodeaban a Hitler (a pesar de que él hacía pedidos explícitos para que se la respetara, algo bastante contradictorio con sus destratos frente a todos). En el Nido del Águila sí era reconocida por todo el personal y por el círculo íntimo, y se la llamaba “la Señora del Berghof”. De hecho, era tal el peso de su presencia en los Alpes que la mujer de Goering, por ejemplo, tuvo prohibida la entrada luego de varios desaires. En el medio, Eva fue aportando a la construcción del perfil público de Hitler. Era ella quien estaba en el armado de las fotografías y grabaciones en las que se lo veía sonriente, hogareño, con animales y niños. Ese aporte a la propaganda le valió participar de actos en donde, si bien no se mostraban como pareja, ella podía estar cerca, tanto como quería, y realizando también su propia documentación. Y esto, en el libro de Görtemaker, es lo que más se remarca junto a la lealtad con la que vivió hacia él: Eva quería definitivamente que la historia supiera de ella.

Era ella quien estaba en el armado de las fotografías y grabaciones en las que se lo veía sonriente, hogareño, con animales y niños.

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La autora se pregunta entonces si hubo un “sacrificio o cálculo”, y describe a partir de ahí los diferentes movimientos que Eva fue haciendo a través de los años, y cómo en perspectiva todos se enlazaban entre sí y conformaban una gran composición sobre su persona y el trayecto en el Tercer Reich. El último gran detalle está entre el casamiento y el suicidio de ambos. Mientras que Hitler ordenó quemar todas sus pertenencias, supervisando minuciosamente que no quedara nada, Eva le pidió a su hermana que por favor no se destruyeran por nada del mundo sus cartas, sus escritos, sus grabaciones y sus fotografías. “Enterralas si es necesario, pero que estén a salvo”. Hace unos años la revista Life, con la curaduría y supuesta investigación del coleccionista Reinhard Schulz, decidió publicar “el tesoro inédito de Eva Braun”. Según Schulz, esas fotografías y filmaciones habían estado circulando por el mercado de subastas en la década del 80. Luego de esa publicación, de la que también se hizo eco el sitio GettyImages vendiendo las fotografías de Braun, los Archivos Nacionales de los Estados Unidos salieron a decir que todo el material era público desde 1947. Hay otra versión que habla de dos hallazgos distintos, y que incluso fueron mérito del ejército soviético. Más allá de las versiones, el material fue ignorado por años y entre todo el registro fílmico y fotográfico rescatado conviven valiosas escenas de la vida política y hogareña de Hitler y su círculo más íntimo. Asombra, sobre todo, una Eva que desentona con la que había contado la historia y con la que ella había decidido mostrar en sus escritos.

Eva coquetea con la cámara, posa sensual, disfruta del aire libre, e incluso luce desnuda.

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La Eva de estas imágenes vive en plenitud y se muestra apasionada por el deporte. Fanática de los animales, disfrazada de Al Jolson y actuando con amigos, también hay registros que muestran muy cercana a la pareja, como cómplices. Esa Eva, que parece “la más real”, es la que podría haber sido si no hubiera conocido a Adolf Hitler, o si no lo hubiera defendido hasta el último suspiro. Pero “la única verdad es la realidad”, y Eva es toda esta integridad de matices, incluyendo la Eva que coquetea con la cámara, posa sensual y divertida, disfruta del aire libre y los paisajes, e incluso luce absolutamente desnuda. La belleza de su cuerpo recuerda a las mujeres que supo pintar Gerda Wegener. Una Eva bajo la totalidad de las luces y las sombras que nos dan forma y sentido/////PACO