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Breve historia de la ciencia ficción rusa (6/6)


-Acá arriba no hay ningún Dios -dicen que dijo Yuri Gagarin al remontar vuelo a bordo de la Vostok 1, que lo transforma en el primer ser humano en viajar al espacio exterior.

Es el momento más exitoso el programa espacial soviético, nacido de la inspiración del viejo profesor Tsiolkovski. Unos años atrás, en 1957, los rusos ponen en órbita a la perra Laika en el satélite Sputnik 1. La hazaña de Gagarin es difundida por aparato propagandístico del régimen como una expresión de la superioridad de la técnica soviética. Poco después, James G. Ballard propone que la ciencia ficción abandone las fantasías sobre el espacio exterior y se dedique a la exploración del espacio interior, en un giro copernicano que remite involuntariamente a la frase de Gagarin. Pero donde el cosmonauta ruso sugiere un triunfo de la técnica, el escritor inglés manifiesta amargura y decepción. Mientras tanto, la ciencia ficción soviética acusa recibo del éxito del programa espacial ruso y se puebla de relatos que destacan la inteligencia de los científicos y la valentía de los exploradores de su país. El interés del público lector por el género entra en decadencia a medida en que las noticias sobre los avances tecnológicos en materia aeroespacial se vuelven rutinarias y sus logros, por lo tanto, menos impresionantes. En un estado tecnocrático como la Unión Soviética, la ciencia ficción -con pocas excepciones- se transforma en una rama agonizante de la propaganda oficial.

La última historia de la ciencia ficción soviética, la que demuele el género desde adentro, tiene un sustrato real. Se refiere a una excavación iniciada en 1970, cuyo propósito es perforar un pozo a 35 kilómetros debajo de la corteza terrestre. En la misma época existe un proyecto norteamericano similar, que se cancela por falta de fondos. La carrera espacial pudo haber tenido, de esta manera, su equivalente debajo de la tierra, pero uno de los contendientes abandona antes de empezar. El lugar elegido por los rusos fue la península de Kola, al norte de Siberia, en las cercanías del mar de Barents. Una región inhóspita, cuyas características geológicas la vuelven ideal para el proyecto. En 1979 la excavación bate el récord de profundidad del mundo (9500 metros), que corresponde hasta ese momento a un pozo en Oklahoma. Diez años después el pozo alcanza los 12.000 metros de profundidad y el proyecto queda frenado inesperadamente. La caída de la Unión Soviética no contribuye a que se retomen las obras, debido al elevado costo que representan para un estado en desintegración. El pozo es abandonado en 1992.

Pocos años después, con el advenimiento de Internet, empiezan a circular las declaraciones de un tal Doctor Azzacov, un geólogo soviético que es mencionado en distintos sitios como el responsable de las excavaciones en la península de Kola. Según Azzacov -que parece un personaje de Plutonia, la vieja novela de Obruchev-, al llegar a la profundidad de 12 kilómetros, “la temperatura alcanzaba los 1.000 grados centígrados, mucho más de lo que nosotros esperábamos. Parece un infierno en llamas que se encuentra en el centro de la tierra. El último descubrimiento fue, sin embargo, lo que más nos conmocionó, tanto así que varios científicos tuvieron miedo de continuar con el proyecto. Tratamos de escuchar los movimientos a cierto intervalo con unos micrófonos ultrasensibles, los cuales dejamos entrar en el agujero. Lo que escuchamos convirtió nuestra lógica científica en ruinas. Eran, en momentos, unos sonidos débiles, pero a la vez altos en frecuencia, los cuales pensamos que venían de nuestro propio equipo. Pero después de algunos ajustes, comprendimos que en verdad el sonido venía del interior de la tierra. Apenas podíamos creer lo que nuestros oídos escuchaban. Eran voces humanas, gritando con gran dolor. A pesar de que una voz era perceptible, pudimos escuchar miles, tal vez millones de almas gritando en sufrimiento”.

A pesar de que es descalificado en diversos sitios como un hoax, es decir, una broma, el relato -así como también la supuesta grabación realizada por el equipo del doctor Azzacov– circula en blogs, videos de YouTube y portales de noticias verdaderas o apócrifas bajo títulos tales como “Los rusos descubren el infierno” o “El pozo del infierno en la Unión Soviética”. Quizás una de las razones de su permanencia sea, simplemente, que una buena historia no se desacredita con evidencias en contra de su supuesta veracidad. Es lo que pasa, en otro orden, con la historia de la ciencia ficción rusa del siglo XX, que sobrevive a las malas traducciones, los libros inaccesibles y las fantasías que se desatan alrededor de ella en internet//////PACO