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Breve historia de la ciencia ficción rusa (5/6)


A las 7:17 del 30 de junio de 1908, el maquinista del Transiberiano detiene su locomotora a causa de una inesperada vibración en las vías. A lo lejos, desde la región de Tunguska, situada en el centro de Siberia, el cielo está iluminado de un color blanco que enceguece a quienes miran en esa dirección. El resplandor dura varios días y se ve desde toda Europa. Cuentan los cronistas que en Londres se puede leer un libro bajo la luz natural aún después de la puesta de sol. El suceso es bautizado como “el evento de Tunguska”. 
La región de Tunguska se encuentra atravesada por el río Podkamennaya. Es una zona escasamente poblada por los tungus, una tribu nómade de origen mongol. La energía desatada en la explosión equivale, según algunos cálculos, a alrededor de 30 megatones. Una bomba como la de Hiroshima libera una energía de 20 kilotones, es decir que la explosión de Tunguska es miles de veces más poderosa. En 1908 los Románov buscan con más o menos éxito sofocar las rebeliones que se producen en el Imperio. Las turbulencias se reproducen en el interior de la corte, donde el misterioso monje Grigori Rasputin se ocupa de socavar la autoridad del Zar, que será fusilado junto con toda su familia pocos años después. Algunas versiones sostienen que Rasputín interpreta la explosión como una advertencia divina ante los intentos revolucionarios. En todo caso, llevar adelante una investigación con fundamento científico no está entre las prioridades de nadie. No se hace hasta 1921, bajo el gobierno de Lenin, cuando la Academia Soviética de Ciencias envía a la zona una expedición al mando de Leonid Kulik, un minerólogo de prestigio. Es la primera de tres expediciones que Kulik realiza entre ese año y 1938. Se encuentra con un área devastada de alrededor de 60 kilómetros de diámetro, en la que ningún cráter permite suponer una colisión. Esto refuerza la hipótesis de que el objeto extraterrestre, un meteorito formado de hielo, se disolvió al entrar en contacto con la atmósfera. Los testimonios de algunos pobladores, vagos y nublados por el olvido, los dialectos y la transmisión oral, parecen ratificar esta suposición. Kulik sobrevuela la zona y toma fotos aéreas hasta poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, cuando se enrola en el Ejército Rojo. Es capturado por los alemanes y muere de tifus en el campo de Auschwitz en 1942.

El evento de Tunguska alimenta la ciencia ficción soviética durante décadas, al punto de que casi todos los escritores del género entre las décadas de 1930 y 1970 parecen referirse al fenómeno por lo menos una vez, en especial en los años del estalinismo, antes de que se produzca un relajamiento de la censura. A la inversa de lo que sucede en la obra de Bogdanov, Tsiolkovski, Zamiatin y otros precursores, la ciencia ficción de este período se refiere al pasado más que al futuro, o a un futuro próximo, como si el porvenir más lejano fuera un peligro para la imaginación. Son las estrategias del escritor de género para burlar a la censura, o al menos para sobrevivirla. Si en un relato aparece un experimento fallido, antes del final el narrador se siente en la obligación de ratificar su confianza en la ciencia y en el desarrollo tecnológico. Si el futuro que se presenta parece sombrío, inmediatamente deberá aclararse que esas tinieblas son el producto de un error o una confusión. Las distopías desaparecen del horizonte, así como también escasean las máquinas del tiempo. La idea de entropía, fundamental en la ciencia ficción anglosajona, es inexistente. Durante el período estalinista, la ciencia ficción narra futuros próximos y especula, de manera elogiosa, la mayoría de las veces ingenua, acerca de las virtudes del modelo tecnocrático de sociedad soviética.

Uno de los escritores de ciencia ficción más prolíficos de esta etapa es Ivan Efrémov, un prestigioso paleontólogo. En el cuento Nave de estrellas, incluído en la antología de Bergier, Efrémov relata el descubrimiento de rastros de vida extraterrestre en fósiles de dinosaurios. En Siberia, un cuento fechado en 1949, narra los acontecimientos de Tunguska y los atribuye a un experimento realizado en un laboratorio subterráneo financiado por el gobierno zarista. Efrémov se lanza al futuro remoto recién después de la muerte de Stalin, con la publicación de su novela La nebulosa de Andrómeda en 1957. Ambientada en un futuro utópico donde todos los países se unieron en una especie de federación llamada “gran circuito”, la novela trata acerca de la exploración del espacio exterior a bordo de la Tantra, una nave espacial llamativamente similar al Enterprise de Viaje a las estrellas, serie creada durante los años sesenta por Gene Rodenberry. El libro es un éxito en la Unión Soviética y conoce una edición en español a través de la editorial Mir, que distribuye ejemplares en todo el mundo. Tiene una versión cinematográfica en 1967, con guión del propio Efrémov. Es una película larga, con muchos diálogos, casi una obra de teatro filmada en un escenario extravagante y kitsch. A Efrémov le interesa menos la tecnología que los planteos filosóficos que surgen del contacto entre los humanos y seres de otros planetas. Esa preocupación por la otredad, disimulada con más o menos éxito en sus primeros relatos, así como también la búsqueda de recursos que le permitan expresar una actitud al menos de reserva en cuanto a las ventajas del desarrollo científico en el régimen soviético, transforman a Efrémov en un escritor atípico para la ciencia ficción rusa de este período de censura omnipresente, aunque no es el único.

Alexander Kasantzev nace en 1906. Se une al Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial y se retira en 1945 con el grado de coronel. En 1946 publica el cuento Un visitante del espacio y poco después El marciano. En ambos, ante la escasez de agua dulce en Marte, una nave viaja al espacio con el propósito de conseguir reservas. Al principio la búsqueda se orienta al planeta Venus, pero la misión fracasa y la nave se dirige a la Tierra. Algo sale mal y los tripulantes mueren durante el viaje. La fricción de la nave al ingresar en la atmósfera produce la explosión. En el cuento El marciano, un tripulante de la nave -de aspecto humanoide- sobrevive sin ser descubierto. “La hipótesis de Kazantsev me parece la más probable de todas las que se han emitido, comprendiendo la mía” escribe Jacques Bergier en Los extraterrestres en la historia, poco después de sostener que la explosión es el resultado de experimentos científicos realizados por los desterrados políticos del régimen zarista en Siberia. Kazantsev enmascara su teoría como ficción por temor a la censura. Pero en los años del deshielo escribe artículos donde la afirma ya sin ningún velo literario. Tras la caída de la Unión Soviética viaja varias veces a la Tunguska. Da conferencias alrededor del mundo, es entrevistado por la revista española Más allá y por la argentina Conozca más, que lo presentan como el más eminente ufólogo ruso. Muere en 2002 a los 96 años de edad.

Según el historiador argentino de ciencia ficción Francisco Marzioni, Picnic extraterrestre de los hermanos Boris y Arkadi Strugatski es una parodia de la teoría de Kazantsev. Sin ir tan lejos, es indudable que la novela se inspira libremente en el evento de Tunguska y las especulaciones que se generaron a su alrededor, que a la fecha de su publicación (1971) ya son parte del folklore de la ciencia ficción rusa. Los Strugatski se iniciaron en el género unos años atrás con relatos que, igual que los de Efrémov, sobresalen por su creatividad a la hora de eludir los tópicos que impone la censura. Picnic extraterrestre, su obra maestra, es llevada al cine por Andrei Tarkovski bajo el título de Stalker. Ambientado en Canadá, el libro plantea la existencia de una zona, custodiada por la ONU, que fue visitada por una nave extraterrestre. Los alienígenas dejaron tras de sí una serie de objetos que son codiciados por intrusos, aventureros y coleccionistas. Con una prosa ligera que las malas traducciones no alcanzan a destruir por completo, la novela narra una expedición a la zona de exclusión en busca de una esfera dorada, el objeto más preciado de todos, del que se dice que puede hacer realidad los deseos de quien lo posea. De esta manera, la ciencia ficción rusa completa un círculo que empieza con las utopías sociales en Marte y finaliza con la búsqueda de la materialización -propia del cuento de hadas- del deseo individual/////PACO

Publicado originalmente en revista La Niña n°1, marzo de 2017.