I love Dick

 

I love Dick es una novela escrita por la estadounidense Chris Kraus y publicada por primera vez por Semiotext en el año 1997. Recibida sin pena ni gloria y reseñada con desdén bajo la categoría “escritura femenina” —esa tapera pseudocrítica donde se lleva la discusión cada vez que una mina agrupa más o menos exitosamente un conjunto de palabras—, el libro vendía un promedio magro de mil copias anuales. No fue hasta el año 2012 que, gracias a los albores del último zeitgeist feminista, la novela de Kraus empezó a ser considerada una lectura fundamental para cualquiera que tuviera interés en ampliar el conocimiento de cara al nuevo paradigma cultural que, en el mejor de los casos, se propone también político. Estratégicamente rescatada, adaptada y convertida en una serie de ocho capítulos por Jill Soloway (escritora, comediante, directora y activista feminista) y Sarah Gubbins (productora y escritora), I love Dick se convirtió en un producto de Amazon Video. I love Dick es sobre las circunstancias que orbitan alrededor del fracaso. Protagonizada por una desbordante Kathryn Hahn, Chris Kraus es una directora de cine sin vuelo y sin éxito que acompaña a su marido escritor Sylvère Lotringer —Griffin Dunne— a realizar una investigación sobre el holocausto a una comunidad en Marfa, al oeste de Texas. Becado por el afamado artista y mentor llamado Dick —que además de “pito” significa “imbécil” o “cretino” y es interpretado por un Kevin Bacon clinteastwoodizado e impecable—, Sylvère y su mujer llegan desde Nueva York al desierto para chocarse con la realidad de provincias y plantearse las preguntas que la Gran Manzana les retaceaba tras años de matrimonio asexuado. La desventura de Chris comienza cuando se entera de que su película independiente es rechazada del Festival de Cine de Venecia por desprolijidades en sus papeles y cuando, casi en simultáneo, conoce a Dick. Él, con esa masculinidad y carga erótica de cowboy —o cáuboy, como diría el bueno de Asís—,y sumada a una sensibilidad artística fuera de serie, se convierte en el objeto de deseo de la antiheroína.


La discusión sobre el arte funciona como directriz: ordena los hechos y empapa el avance de la historia con la estética propia de un “manifiesto”.

En la trama la discusión sobre el arte funciona como directriz: ordena los hechos y empapa el avance de la historia con la estética propia de un “manifiesto”, ya sea artístico, feminista o incluso identitario. Y la hipótesis sobre la que se apoya el enredo surge apenas entrados los primeros minutos del primer capítulo. Los tres personajes comparten una cena amigable hasta que Dick le pregunta a Chris por su carrera y, ante una serie de balbuceos que buscan excusar su fracaso en motivos tan ajenos como diversos, el artista irrumpe: “Si quisieras ser directora de cine, lo serías. Es cuestión de deseo. Puro deseo. No de puntualidad, no de talento o circunstancias. Deseo puro. Y vos no lo tenés”. Chris le responde que “si fuera por puro deseo habría montañas de películas dirigidas por mujeres”. Dick vuelve a arremeter: “Por desgracia, la mayoría de las películas dirigidas por mujeres no son muy buenas. Cuesta encontrar una que lo sea. Tienen que trabajar desde la opresión y el resultado es una mierda”. Claro que el punto de género es discutible —y en tal caso, cabería plantearse si una mina como Chris es realmente una oprimida. Pero esquivada la chicana, las preguntas que plantea sobre el deseo, el talento y la buena voluntad son menos coyunturales, es decir, más carnosas.


Sylvère y su mujer llegan desde Nueva York al desierto para chocarse con la realidad de provincias y plantearse las preguntas que la Gran Manzana les retaceaba tras años de matrimonio asexuado.

El arte —la imposibilidad de hacer arte o la incapacidad para gestionarla— se presenta como otra instancia de frustración en la vida de la señora Kraus, lo cual desata un combate megalómano en este desierto de época donde todas las subjetividades son propensas a ser presentadas al mundo como dignos hechos artísticos. ¿Qué ocurre cuando una mujer madura con un narcisismo fuera de control se ve de cara a una carrera insignificante y a un hombre imperturbable que además de despreciarla la erotiza? ¿Cómo reacciona Chris ante la maniobra de mansplaining de Dick? Le escribe una serie de cartas donde narra su vida, sus febriles fantasías sexuales y masturbatorias, donde se explaya sobre sus miedos, los avatares de su resentimiento y los zócalos de su insatisfacción burguesa. Sobre el papel, Chris se anima a jugar a ser alguien que le gustaría ser pero no es, alguien que ella no termina de poder ser. “Querido Dick, toda carta es un carta de amor”, escribe la cineasta envuelta en un manto de “inspiración”. El problema con la correspondencia es que la encuentra y la lee el andropáusico de Sylvère y con ello entra en escena otro drama: la evidencia de la crisis silenciosa de un matrimonio necrosado. Deciden incorporar a Dick a la fantasía y, después de mucho tiempo, la pareja vuelve a coger. Ese cretino llamado Dick, ese “pito”, logra excitarlos a los dos por igual. Al menos de forma momentánea, hay una reconfiguración de lo que Chris y su marido entienden como intimidad, como monogamia, incluso como sexualidad. Lejos de volverse apólogos del amor libre, sólo ataron con alambre todos esos años de falta, de indiferencia, de infantilismo.


Lejos de volverse apólogos del amor libre, sólo ataron con alambre todos esos años de falta, de indiferencia, de infantilismo.

Ahora bien, ¿cuál es el criterio para trazar la línea en la arena que divide la experiencia de lo que merece ser contado? ¿En qué momento y cómo unas cartas escritas desde la furia se convierten en un acontecer artístico? En la historia, estas preguntas se contestan solas cuando Chris, ya convertida en un monstruo patético e inestable tras los repetidos destratos de Dick, empapela las calles de Marfa con copias de sus cartas. Árido y conservador, el pueblo es irrumpido por un brote maníaco que no repara en daños ni mide consecuencias, por un acontecer privado devenido público sin mediaciones ni éticas ni morales. ¿Hay trabajo detrás de este happening o hay pereza y sentimientos? Este dilema estético es más viejo que el tiempo mismo, pero en el último tiempo es asunto de pertinencia de la crítica literaria: el “yo” acaparador y abusivo barre con todas las distinciones entre narrador, personaje y autor, es una fuerza que arrasa con los cánones de tiempos pasados en los que talento, trabajo y esfuerzo se imponían sobre el mero hecho de haber nacido, de vivir o existir. En este sentido, I love Dick sirve para ver cómo funciona de modo analógico lo que asimilamos a diario en las redes sociales. ¿Acaso Facebook no está empapelado con cartas como las de Chris? ¿Acaso no naturalizamos gracias a los youtubers sin talento, los instagramers del canje y los tweetstars tira postas que no hay mayor virtud que saber recolectar aceptación en forma de corazones y estrellitas? Kraus hace de su llamado de atención, de su herida narcisista, un evento que logra confundir el arte con el ridículo, el “yo” con el personaje, la venganza y el despecho con el impacto. Nada que no podamos ver hoy en cualquier red social, nada que no se festeje en una revista cultural. Por eso ahí, la serie peca de inocente y queda corta.


¿Acaso no naturalizamos gracias a los youtubers sin talento, los instagramers del canje y los tweetstars tira postas que no hay mayor virtud que saber recolectar aceptación en forma de corazones y estrellitas?

Todas relacionadas también con el arte y el feminismo, los otros personajes que son parte de la trama de I love Dick son buenas encarnaciones de esas mujeres reales que poco tienen que ver con las “mujeres reales” de las publicidades con compromiso de género que están de moda. Devon, una lesbiana butch en busca de una motivación artística, conoce a Dick desde la infancia y aprende a vestirse, a caminar y a ser un cáuboy (con las chicas) como él. Toby, una pelirroja libertina, que estudió la morfología de los cuerpos en el porno hardcore para recibirse en la escuela de artes, compite y se mide con Dick en tanto su rol de artista. Y Paula, una afroamericana que trabaja como su asistente en el museo de Marfa, busca desesperadamente la aprobación de Dick que nunca llega. Desde esta perspectiva, la hipótesis de que la serie es un producto feminista cae por su propio peso y desilusiona su propio enunciado: todas estas subjetividades femeninas siguen teniendo y tienen como centro gravitacional el falo de Dick. La serie dirigida por Soloway no logra correr al feminismo ni por derecha ni por izquierda, se limita simplemente a hacer manifiesto que el deseo propio puede ser más infernal que la imposición del ajeno y que, a pesar de la retórica, “lo masculino” abona la tierra más de lo que muchas mujeres estarían dispuestas o se permiten confesar.

La serie se limita simplemente a hacer manifiesto que el deseo propio puede ser más infernal que la imposición del ajeno.

Con recursos de montaje estéticamente acertados, un vestuario indie muy indie y una dirección de arte que capitalizó con creces los paisajes resecos de Texas, I love Dick puede también mirarse con ojos indulgentes. Podemos compadecernos de las maniobras del castrado de Sylvère por mantener “bajo control” los raptos de locura de su esposa, podemos fantasear con el bulto de Kevin Bacon haciendo presión dentro de los blue jeans, podemos identificarnos con el aburrimiento crónico de Chris. La serie de Amazon Video es sobre la decepción profunda que genera amar o poner en un pedestal al pito equivocado, es sobre la inmadurez, sobre el matrimonio, sobre el rechazo y la aprobación, sobre el amor y el tiempo perdido. I love Dick nos pone de cara a la pregunta más postergada —y feminista— de todas: ¿podemos construir poder por fuera de los términos y condiciones de lo masculino? Ocho capítulos alcanzan para contemplar a la Chris Kraus que toda mujer desearía poder abortar////PACO