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Breve historia de la ciencia ficción rusa (4/6)


Antes que una meta para la investigación científica, el cielo de los rusos es el ámbito donde todas las utopías son realizadas. Tal es el caso del cuento
En otro planeta, publicado en 1893 por Porfiri P. Infántiev, un etnógrafo nacido en la provincia de Crimea en 1860. Infántiev es hijo de un sacerdote ortodoxo. La información que circula sobre él en Internet es escasa. Su única obra traducida al al español es este cuento, que relata un viaje a Marte. El punto de partida es simple, casi ingenuo: durante un excursión por los Alpes suizos, un viajero ruso -el narrador- sufre un accidente y es socorrido por un científico que construyó un observatorio en las montañas. Tras una breve estadía durante la cual se hacen confidentes, el profesor le revela su mayor secreto: en los últimos tiempos encontró una manera de comunicarse con las criaturas que pueblan Marte, e incluso de trasladarse hasta allá. Como la tecnología le importa más bien poco, Infántiev no se vale de naves espaciales para trasladar a su protagonista. En su lugar utiliza un recurso que el norteamericano Robert Sheckley reproduce casi sin variaciones setenta años más tarde en su novela Trueque mental. Sólo que su caso, después de los viajes interplanetarios narrados por los titanes de la edad de oro de la ciencia ficción, sólo puede ser entendido como una guiño irónico a la tradición anglosajona, mientras que Infántiev se sitúa antes de su inicio. Tanto en uno como en otro, el viaje mental consiste en que un ser humano y un marciano intercambian cuerpos por un tiempo. Uno adopta la subjetividad del otro mientras que su apariencia se mantiene inalterada. De esta manera se elude por completo la necesidad de nave espacial, así como también de cualquier otro dispositivo tecnológico que posibilite el traslado.

En el prólogo a los cuentos completos de Stanley Weinbaum, Isaac Asimov presenta el cuento Una odisea marciana, que Weinbaum publicó por primera vez en la revista Wonder Stories, dirigida por Hugo Gernsback, como “una nova de la ciencia ficción”. Según Asimov, el cuento de Weinbaum -que murió muy joven, luego de publicar una docena de relatos- tiene el mérito de haber sido el primero en pensar la cuestión extraterrestre en términos no antropomórficos. Este requisito se vuelve indispensable para el editor John Campbell, que busca delimitar la ciencia ficción en oposición a space operas como Flash Gordon de Alex Raymond o La reina de Marte de Edgar Rice Burroughs, a las que considera como meras historias de cowboys o aventuras ambientadas en el espacio exterior. La ciencia ficción debe adoptar una perspectiva conceptual que Weinbaum expresó antes que nadie en el ámbito anglosajón con su criatura Tweel, a la que Asimov considera el primer marciano del género.

La ciencia ficción rusa, y la cultura rusa en general, se encuentran bajo protección del alfabeto cirílico. Una búsqueda en Google del nombre de Porfiri Infántiev sólo arroja resultados vinculados al libro Pioneros de la ciencia ficción rusa, publicado en 2012 por la editorial española Alba, donde el cuento En otro planeta encuentra su primera -y aparentemente única- versión en español. No hay registros de una versión en inglés. Es natural, entonces, que Asimov lo haya desconocido. Las criaturas de Infántiev están muy lejos de ser antropomórficas. Su descripción es abigarrada y resulta difícil imaginarlas. Los marcianos poseen pico y a la vez algo parecido a una trompa. Se desplazan con la misma facilidad por el agua, la tierra y el aire. Tienen un lenguaje propio, pero se comunican con el narrador en ruso, porque desde Marte se tomaron el tiempo necesario como para aprender todos o la mayoría de los idiomas de la Tierra. Mientras que la corporeidad de las criaturas de Infántiev no encuentra ninguna justificación, sino que parece elaborada según el capricho de su autor, Weinbaum diseña la suya de acuerdo a una racionalidad protocientífica que se transformará en la marca registrada de los escritores de la era Campbell. Su apariencia es vagamente similar a la de un pájaro, pero el narrador nos informa que el pico -que por momentos parece una trompa, igual que en el cuento de Infántiev- tiene la función de posibilitar la respiración en la atmósfera tenue de Marte, donde escasea el oxígeno. La comunicación entre la criatura y los exploradores es difícil y se sostiene con gestos y señas ya que el marciano no cuenta con un lenguaje ni remotamente parecido al humano. El cuento de Weinbaum parece, entonces, más atento a la verosimilitud científica que el de Infántiev, que es más libre en cuanto a la descripción del planeta y sus habitantes, pero las diferencias entre ambos no son sustanciales.

Menos rigurosos aún en su corporeidad son los marcianos de Alexander Bogdanov en su novela Estrella roja, publicada en 1908. Bogdanov es un integrante del partido bolchevique. En la discusión política interna se opone a Lenin porque considera al materialismo dialéctico como una especie de metafísica. Es un positivista, discípulo del filósofo austríaco Ernst Mach. Lenin le dedica el libro Materialismo y empiriocriticismo en 1909, donde invierte la prueba y lo acusa de metafísico a él. La racionalidad, sostiene Lenin, opera como la ilustra Hegel en la Ciencia de la Lógica. El positivismo de Mach y Bogdanov es una ideología burguesa porque no contemplaba una mediación entre lo general y lo particular. En Estrella roja Bogdanov describe a los soviets en Marte. El protagonista, que a su vez es el narrador en primera persona de la novela, es un joven revolucionario ruso que es seleccionado para viajar a Marte por su “escaso individualismo”, que según los marcianos le permitirá comprender mejor las características de la vida en el planeta rojo. La novela consiste en un paseo por el planeta, en el que sus interlocutores le explican el funcionamiento del estado y los hábitos marcianos. Entre ellos se encuentra la costumbre de realizar transfusiones periódicas de sangre, que por un lado ayudan a prolongar la vida y por el otro implican una especie de colectivización fisiológica de la experiencia. Bogdanov, él mismo un científico, utiliza a Marte en la novela como el territorio de la utopía realizada. A diferencia de Lenin y del materialismo dialéctico en general, no propone vías para llegar a ella, más que una vaga idea de “revolución”. En este sentido, las críticas de Lenin parecen pertinentes, aunque no menoscaban el valor literario de la novela, de insólita frescura aún en la actualidad. El positivismo en la doctrina de Mach, el rechazo a la dialéctica, elimina en Bogdanov cualquier mediación entre la sociedad campesina y proto industrial rusa y el estado comunista. Por eso, su autor se ve en la necesidad de situarlo en Marte, que es un escenario arbitrario, al punto de que Bogdanov ni se preocupa, como Infántiev, por evitar el antropomorfismo de sus habitantes. Su salto al espacio, cuyo sustento científico es también nulo, está motivado por la ausencia de una dialéctica para fundamentar la creación del estado soviético.

A pesar de ello Bogdanov continúa formando parte del partido bolchevique, en permanente tensión con Lenin, que se transforma en su figura central. Después de la revolución Bogdanov se dedica al estudio de la economía y la medicina. Es uno de los fundadores del movimiento artístico y literario Proletkult, que considera que sólo el proletariado es capaz de dar a luz obras de arte genuinas. En 1928 se le encomienda la dirección del Instituto Soviético de Hematología y Transfusiones Sanguíneas, que más adelante lleva su nombre. Ahí pone en práctica sus teorías acerca de la transfusión de sangre. Una de sus pacientes más célebres es María Ulianova, la hermana de Lenin. Él mismo se realiza a sí mismo ocho transfusiones. Igual que los marcianos de su novela, sostiene que después de cada una de ellas se siente rejuvenecido, como si la comunidad de la sangre renovara las fuerzas en su interior. El hombre nuevo soviético es una cuestión de tiempo y las transfusiones son el medio para alcanzarlo. Una vez más, Bogdanov reemplaza la dialéctica materialista por la ciencia médica, tal como lo advirtió Lenin años antes. Muere en 1928, tras intercambiar su sangre con la de un paciente enfermo de tuberculosis. La causa del fallecimiento es incompatibilidad sanguínea, un fenómeno poco estudiado hasta ese momento. El paciente, sin embargo, salva su vida gracias a la transfusión/////PACO

Publicado originalmente en revista La Niña n°1, marzo de 2017.