En 1982, cuando Martin Amis se preparaba para el gran salto a la fama con Dinero (1984), nada menos que la mejor novela escrita en Inglaterra sobre las derivas culturales del thatcherismo, apareció un libro exótico que él mismo se encargaría de mantener en las sombras: La invasión de los Invasores Espaciales (o La invasión de los marcianitos, según el feo tono ibérico de una de sus pocas traducciones). ¿Pero por qué tanto encono contra ese libro dedicado al éxito masivo de los primeros arcades? ¿Se trata de suprimir un ligero pecado de juventud, de borrar algo que hoy solo puede interesar a coleccionistas o historiadores de la técnica, o se trata en cambio de olvidar un liso y llano mal libro? En todo caso, cuando se publicó La invasión de los Invasores Espaciales, ilustrado con fotos y pósters que mostraban la estética de una inédita “adicción” a los juegos electrónicos y a sus “epopeyas cinemáticas chispeando en la pantalla” ‒“sucedió en el verano de 1979, yo me hallaba en el sur de Francia cuando comenzó la invasión; estaba sentado en un bar junto a la estación de Tolón, tomaba café, escribía cartas y pensaba en mis asuntos”‒, lo cierto es que la obra de Martin Amis permanecía en cierto estado de gestación.

En 1982 Martin Amis publicó un libro exótico y casi desconocido que se encargaría de mantener para siempre en las sombras: La invasión de los Invasores Espaciales.

Con El libro de Raquel (1973) Amis había debutado en un terreno donde la sátira, renovada en la literatura inglesa del siglo XX por su propio padre, Kingsley Amis, todavía señalaba el rumbo, e incluso había ganado el Premio Somerset Maugham, que es el único premio que recibieron sus libros hasta hoy. A esa novela le siguieron Niños muertos (1975), Éxito (1978) y Otra gente (1981), novelas en las que Amis ‒claro que es más fácil notarlo a la distancia‒ afinaba su voz y sus temas al mismo tiempo que exploraba estilos y géneros literarios. Es más, por aquellos años escribió el guión para una película de terror y ciencia ficción, Saturno 3 (1980), que con Kirk Douglas y Farrah Fawcett recaudó 9 millones de dólares antes de perderse en el olvido. Ahora bien, en estos primeros trabajos es inevitable percibir los ajustes de cuentas con la sombra paterna. También Kingsley, por ejemplo, había merodeado (con menos éxito) las puertas de Hollywood gracias a sus retoques de la versión final de la novela El hombre con la pistola de oro, de Ian Fleming ‒que se transformaría en la séptima película de James Bond‒, y ni siquiera La invasión de los Invasores Espaciales puede entenderse sin notar la marcada tendencia de Kingsley a escribir (y publicar) ensayos breves sobre asuntos de interés muy particular, como El dossier James Bond, o sobre cuestiones algo más idiosincráticas como Sobre beber, el primero entre varios libros dedicados al arte de saber qué tomar, dónde hacerlo y cómo sobrevivir una mala resaca.

A pesar del entusiasmo, no tiene sentido dejarse convencer por esa aparente “adicción” de Amis a los primeros arcades.

Por su lado, antes de convertirse en un “libro huérfano”, una curiosidad cuya reedición se ha mantenido postergada desde hace 35 años, La invasión de los Invasores Espaciales era una serie de ensayos breves y en tono humorístico que sin perder oportunidades para el sarcasmo y la crítica ‒por ejemplo ante Steve Jobs, en ese momento al servicio de Atari, culpable de decir que aquellos involucrados en el negocio de las computadoras “tienen la misma pureza del espíritu que he visto en los monjes”‒ incluía hasta una detallada guía para jugadores. Sin embargo, es probable que a pesar del entusiasmo no tenga demasiado sentido dejarse convencer por esa aparente adicción de Amis a los primeros arcades, con las naves rústicas y monocromáticas del famoso Space Invaders y sus “marcianitos” en primer lugar. De hecho, en algunas entrevistas más recientes es el propio Amis, convertido ya en lo que es hoy, quien cuenta que en los años setenta esos “salones de videojuegos”, cargados de humo, ocio y diversión, eran apenas uno entre muchos otros lugares donde se desenvolvía la verdadera batalla que a él le interesaba jugar, que no era otra que la batalla de los sexos. Es por eso que, leído con más cuidado, La invasión de los Invasores Espaciales, que no por accidente incluye imágenes de chicas gastando sus pestañas ante las pantallas, registre cierta desorientación libidinal. Al fin y al cabo, ¿quiénes son estos “videoadictos”, estos “buenos chicos” que, de repente, pueden “vender sus servicios sexuales por dos libras, el equivalente a diez juegos de marcianitos”? ¿Y qué es lo que lleva a un chico japonés de 12 años, tal como se cuenta la anécdota, a entrar con una escopeta a un banco y pedir monedas para ir a jugar?

De lo que se trata es de la tentación de renunciar a las prioridades del sexo y conformarse con una pornografía electrónica de la desatención y la gratificación solitaria.

Lo que ya se olfateaba en el aire tibio de esos primeros salones de juegos electrónicos, deja entrever Amis, era la posibilidad de darse por vencido. La tentación de renunciar a las prioridades del sexo, e incluso del amor, para conformarse con una pornografía electrónica de la desatención y con una gratificación solitaria más accesible e igualitaria. Una sustitución que, de hecho, también podía resultar “feroz, absorbente y (según mi experiencia) bastante breve”. Desde ya, con el paso del tiempo los arcades desaparecieron del mapa del entretenimiento y los salones de juegos electrónicos solo existen, con suerte, en algunos balnearios destinados a públicos poco exigentes. Acerca de la pregunta sobre el desvío trágico del sexo, sin embargo, no puede decirse lo mismo (y no se trata solo de pensar en las nuevas “muñecas sexuales” y su tan sofisticada elocuencia, también la manera en que cualquier policía en la calle le hace el amor con la mirada a WhatsApp durante horas y horas comunica lo suyo). De una u otra manera, no podemos saber por qué esas preguntas, formuladas de manera subterránea en La invasión de los Invasores Espaciales, resultan hoy tan prescindibles para Martin Amis. Lo curioso es que, por otro lado, sí sabemos que buena parte del resto de su literatura, y en especial la que escribió desde Dinero, se ocupa de profundizar esas mismas preguntas sin ninguna piedad. En uno de sus instantes más incisivos, de hecho, La invasión de los Invasores Espaciales señala al paso que “otro rasgo de los juegos espaciales (una obviedad) es que son maravillosos porque se bastan a sí mismos, funcionan como un microcosmos. Sencillamente ocupan las cámaras huecas de la vida”. Otra curiosidad: cuando los videojuegos apenas se hacían visibles en la vida cotidiana, La invasión de los Invasores Espaciales tuvo un prólogo de Steven Spielberg. “Lean este libro y escarmienten con la terrorífica odisea del joven Martin por los salones recreativos de medio planeta antes de transformarse también en drogadictos del videojuego”, escribe el director, que todavía no había estrenado E.T.//////PACO