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Breve historia de la ciencia ficción rusa 3/6


La influencia de Verne también se percibe en las novelas de Vladimir Obruchev, escritor y geólogo especializado en el estudio de Siberia y Asia Central. Nacido en 1863, Obruchev es minero durante su juventud. Entre 1935 y 1938 publica en tres volúmenes su tratado
La geología de Siberia. Fuera del ámbito científico, gana fama gracias a sus novelas Plutonia (1915) y La tierra de Sannikov (1926). Ambas son versiones de la clásica novela de Verne Viaje al centro de la Tierra, que Obruchev reescribe debido a las inexactitudes que declara haber encontrado en ella. Son obras con momentos atrapantes, ralentizadas por la vocación pedagógica de su autor, que se extravía en extensas y detalladas descripciones de criaturas prehistóricas y geologías extrañas. La obra narrativa de Obruchev debe mucho, también, a El mundo perdido de Arthur Conan Doyle.

Apenas un poco más cerca en el tiempo, Alexander Beljaev es conocido como “el Julio Verne Ruso”, aunque esta identificación debe ser matizada con algunas consideraciones. Nace en 1884 en Smolensk, una de las ciudades más antiguas de Rusia, que fue destruida por el ejército de Napoleón y devastada años más tarde por el Tercer Reich. Su padre es un sacerdote ortodoxo. Beljaev hace su experiencia en el seminario pero nunca toma los votos. En su niñez fabrica un par de alas mecánicas, se trepa al tejado de su casa y se tira al vacío, convencido de su capacidad de volar. La caída le produce un daño irreversible en la columna vertebral, que recrudece cuando contrae la tuberculosis, a los treinta años de edad. Durante su primera convalescencia, lee las obras de Verne, H.G. Wells y Tsiolkovski. Pasa por diversos oficios, algunos extravagantes, antes de dedicarse por completo a la escritura: es músico de orquesta, director de orfanato, bibliotecario, inspector de policía. Está al tanto de los avances científicos y tecnológicos de la época, lo que le vale la comparación con el célebre escritor francés. Igual que Verne, Beljaev es un gran creador de personajes, así como también un autor informado acerca de las últimas novedades del progreso científico y tecnológico, pero a diferencia de él se interesa por temas que lindan con el esoterismo, como la levitación, la telekinesis y la telepatía.

En La cabeza del profesor Dowell, una novela de 1925, Beljaev imagina un experimento mediante el cual la cabeza de un ser humano puede ser mantenida viva con independencia de su cuerpo. Más que un personaje de Verne, el malvado profesor Kern parece inspirado en el doctor Moreau wellesiano, que Beljaev sin dudas leyó. “Yo hago uso de la ciencia, él inventa”, había dicho Verne sobre H.G. Wells. Otro tanto podría haber sostenido Beljaev, ya que la novela ilustra -de manera más imaginativa y libre- las investigaciones de Serguéi Briujonenko, que desarrolló en la Unión Soviética un prototipo de corazón artificial. Circula en internet una controvertida película, filmada aparentemente en el laboratorio del profesor Briujonenko, en la que se observa la cabeza de un perro conectada por tubos y cables a un corazón impulsado por energía eléctrica. El final de la novela es, como esta película, oscuro e inquietante. En este aspecto Beljaev también se distingue de Verne, cuyo optimismo positivista lo alejaba de finales desesperanzadores. Quizás debido a su deriva de un cuerpo a otro, la cabeza del profesor Dowell termina en el cuerpo de una cantante de ópera y confinada en un manicomio siniestro, de una crueldad perturbadora. ¿Encubre este destino una desconfianza en el progreso tecnológico que hubiera resultado inaceptable tanto para Verne como para la censura soviética? El tema de las cabezas o cerebros que son mantenidos con vida fuera de sus cuerpos es retomado, en tono similar al de Beljaev, por al menos una novela y un relato lejanos en el espacio y el tiempo: El cerebro de Donovan de Curt Siodmak y William y Mary de Roald Dahl, dos ironistas cuyo interés por la ciencia es escaso o inexistente. Dudar de la confianza de Beljaev en el progreso científico y tecnológico de su nación es tan aleatorio -y a la vez tan preciso- como suponer que la ciencia rusa, con su impulso megalómano y vitalista, conduce a sectores de la realidad más extraños y tenebrosos que los de la ciencia occidental.

La obra más conocida de Beljaev es Ictiandro, que se ocupa una vez más el tema de la modificación corporal introducida por un científico chiflado a imagen y semejanza del doctor Moreau. Pero a la vez, en un gesto de una ironía involuntaria, Beljaev construye su novela sobre uno de los temas predilectos de John Campbell, que muy pocos años después asume la dirección editorial de la revista Astounding Science Fiction, donde revoluciona el género en el mundo anglosajón. Los mutantes campbellianos, antecedentes directos de los superhéroes de los comics, deben ser -según cuenta Philip K. Dick- buenos y estar al mando de la situación. No es completamente así en el caso del mutante de Beljaev. Ictiandro es una misteriosa y atormentada criatura que habita las costas marítimas de una Buenos Aires imposible, donde es avistado con frecuencia por los buscadores de perlas. Su creador es el doctor Salvador, un científico que vive aislado en una fortaleza donde solo entran los indios araucanos, que lo veneran como si fuera un dios. El mutante de Beljaev no puede ser entendido sin esta figura paterna, el ser humano que le dio existencia. La trama gira en torno a él, sus secretos y su búsqueda. La novela tiene un carácter sombrío y, una vez más, pesimista o por lo menos escéptico con respecto a los alcances de la ciencia, a la que Beljaev se encuentra sometido debido a sus constantes problemas de salud. La censura soviética, que en 1928 todavía no está en su apogeo, la deja pasar como una reflexión acerca de los estragos que provoca el progreso científico cuando se encuentra en las manos equivocadas, es decir, en manos que obedecen a intereses privados. Beljaev confía en la ciencia tanto como en las alas mecánicas de su infancia. No dejó de hacerlo cuando se rompió la espalda. Confía, a partir de entonces, con un ánimo de maravilla pero también de tragedia y resignación, compatible con lo que Dostoievski y los otros grandes realistas del siglo XIX entendían como “el alma rusa” y su conflicto con la modernidad, que tanto la revolución soviética como el realismo socialista apadrinado por Máximo Gorki dan por cerrado.

Ictiandro es una novela muy popular al momento de su publicación. Llega al cine en 1962, años después de la muerte de Beljaev, durante la presidencia de Nikita Jrushchov. Es un éxito descomunal, que lleva a las salas a más de sesenta millones de espectadores. La película cuenta con todos los ingredientes necesarios para satisfacer al gran público: intriga, aventuras, una bella protagonista (Anastasia Vertinskaya, “Artista del Pueblo” en 1988), un villano interpretado por un actor prestigioso (Nikolai Simonov, tres veces ganador del premio Stalin), escenas musicales de cuidada coreografía y desde luego la criatura, cuyo disfraz recuerda vagamente al monstruo de la laguna negra, cuya película homónima había sido dirigida por Jack Arnold en 1954. La Buenos Aires de Ictiandro, reconstruida en Crimea, es un escenario exótico y delirante donde se cruzan indios, gauchos, palmeras, buscadores de perlas y cantantes de tango. En un video de YouTube correspondiente al programa Filmoteca, Fabio Manes y Fernando Martín Peña señalan que la coloración de la película, de tonos más pastel que el technicolor hollywoodense, responde a un sistema desarrollado en laboratorios cinematográficos de la propia Unión Soviética. El sesgo escéptico que tenía la novela no existe en la película, contribuyendo de esta manera a la identificación entre Verne y Beljaev. El profesor Salvador cinematográfico tiene menos puntos de contacto con el doctor Moreau que con el capitán Nemo de 20.000 leguas de viaje submarino, en especial con la caracterización de James Mason en el clásico norteamericano de 1954, dirigido por Richard Fleisher. Al igual que Ictiandro, la superproducción de la Walt Disney Company protagonizada por Kirk Douglas también contaba con escenas musicales que cautivaron a una enorme audiencia.

Alexander Beljaev muere de hambre en 1942, durante el cerco nazi a Leningrado. Internet es contradictoria respecto al destino de su hija y esposa. Algunos sostienen que la hija muere de tuberculosis en 1940. Otros afirman que ella y su madre son trasladadas a Polonia. Es la versión que aporta Wikipedia, quizás la definitiva hasta el momento. Existe otra, alucinada pero también, a su modo, verosímil, que sitúa al propio Beljaev en una barraca de Auschwitz en 1943. Ahí es donde se termina la información/////PACO

Publicado originalmente en revista La Niña n°1, marzo de 2017.