Mil Likes o lo dejo caer

 

En Argelia, un hombre es encarcelado por subir en Facebook una selfie sosteniendo un bebé fuera de la ventana de un quinceavo piso bajo la amenaza de “Mil likes o lo dejo caer”. Una joven mujer norteamericana asesina a su pareja accidentalmente con una pistola tras un “truco” fallido que ambos prepararon para conseguir más seguidores en su canal de YouTube. Distintas sociedades con protagonistas que comparten el mismo objetivo: aumentar su popularidad a través de las redes sociales con un método extremo para generar impacto. Con ese plan en mente, poner en riesgo la vida del otro, provocar un desenlace trágico o terminar en la cárcel resultan detalles. Pero más allá de estas similitudes, ¿qué ponen en evidencia estos acontecimientos? ¿Sus protagonistas pueden ser considerados los nuevos “locos digitales”? “La totalidad del espacio social se transformó en un espacio de exhibición donde todo se cuenta y se muestra sin censura”, afirma el filósofo Boris Groys. En ese sentido, cuando cada ciudadano diseña su propia identidad digital, también se convierte en el empresario de su propia imagen. Y eso ocurre en un espacio con límites difusos, donde lo que prima es el exhibicionismo y el voyeurismo. La mercancía es la figura y lo que se destaca es lo importante: el individuo y su relación con el otro se traslada hacia el fondo, y sus actos solo pretenden satisfacer los deseos de una audiencia que todo lo examina y lo sentencia. Pero independientemente de que todo se pueda mostrar, en las redes se establecen límites de lo que se puede o no se puede narrar, y los que rebasan esos límites sufren la condena social, son los nuevos “locos digitales”, argumenta Ingrid Sarchman, Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA-FSOC) especializada en filosofía de la técnica.


Distintas sociedades con protagonistas que comparten el mismo objetivo: aumentar su popularidad a través de las redes sociales con un método extremo para generar impacto.

La fórmula del éxito se compondría entonces de manifestar un exhibicionismo pornográfico, pero dentro de los límites de lo socialmente aceptable. Es en el territorio de la condena donde moraría marginada esta nueva especie de “locos”. En este contexto, la subjetividad se erosiona y tiende a confundirse en el “enjambre digital”, es decir, en el interior de una sociedad virtual del aplanamiento o, como dice el filósofo Byung-Chul Han, en “el infierno de lo igual”, una sociedad de la depresión y el cansancio compuesta por sujetos aislados. Pero en la actual sociedad de lo igual ¿están claramente definidos los límites de lo “socialmente aceptado” y de lo “condenable”? Si toda conducta puede ser exhibida inicialmente sin censura, entonces ¿cómo los protagonistas de estos dos sucesos recientes en Facebook y YouTube pueden comprender su trasgresión? Ahí es donde la serie Black Mirror -creada por el inglés Charlie Brooker y transmitida por Netflix- se suma al debate reflexionando sobre los efectos nocivos del uso desmedido de la tecnología en una sociedad hiperconectada. En el episodio Nosedive, de la tercera temporada, se propone una sociedad futurista del control y de la transparencia donde todos tienen acceso en tiempo real al perfil online de cada persona (incluyendo biografìa, fotos, trabajo, hobbies) gracias a una lente de contacto inteligente. ¿Tal vez un futuro “upgrade” de los Google Glasses? En ese capítulo, las personas se puntúan entre sí a partir de sus interacciones, lo que les permite construir o destruir -como es el caso de Lacie- una “reputación digital”. Todos están conectados, ¿pero la distancia que es digitalmente abolida les permite mostrarse y conocerse? Paradoja de la cercanía-lejanía, Nosedive pone en evidencia la alienación y el aislamiento frente al nuevo panóptico digital.


¿Están claramente definidos los límites de lo “socialmente aceptado” y de lo “condenable”?

¿Eso significa que el futuro ya llegó? El creador de Black Mirror, Charlie Brooker, nos advierte sobre la esencia de su programa: “Todos los episodios tratan sobre cómo vivimos hoy, y de la forma en que podríamos vivir dentro de 10 minutos si fuéramos torpes”. Actualmente -asevera Byung-Chul Han- los medios digitales “intentan acercar al otro tanto como sea posible y destruir la distancia frente a él para establecer la cercanía. Pero con ello no tenemos nada del otro, sino más bien que lo hacemos desaparecer. En nuestro tiempo se produce una eliminación total de la lejanía. Pero esta, en vez de producir cercanía, la destruye en sentido estricto. En vez de cercanía surge una falta de distancia”. En esa medida, la sociedad de la transparencia de Nosedive actúa también como una maquinaria densa en información ayudada por los medios digitales. Y quién todo lo sabe puede ejercer el control a través de una vigilancia permanente, como el Gran Hermano de Orwell. En Nosedive existe Reputelligent, una consultora que ofrece a sus clientes la asesoría para mejorar su reputación digital gracias al análisis de datos y las tendencias de sus círculos sociales. Sin embargo, ni siquiera Reputelligent puede proyectar la debacle de Lacie. Por otro lado, “mil likes” es el cálculo que hizo el hombre que puso en peligro al bebé para potenciar su popularidad en Facebook. Sin embargo, la misma audiencia que debía ayudarlo en su objetivo lo denunció por abuso de menores. A la desaprobación y vigilancia digital le siguió la posterior condena penal. En la sociedad futurista de Nosedive los límites se encuentran estrictamente definidos, de modo tal que la rebeldía y sus formas de manifestación han sido erradicadas. No hay siquiera lugar para la frustración, ni siquiera para un insulto frente a una injusticia “sistémica” como la que le sucede a la protagonista en el aeropuerto y que presagia su diatriba anti-hipocresía. Entonces, ¿cuál es el desenlace para aquel que desafía los límites? La reprobación, el desplomamiento social y la cárcel.


¿Cómo se determina un castigo justo sin una regulación específica que tipifique explícita y exhaustivamente los posibles “delitos digitales”?

Pero volviendo al mundo real, ¿cómo se determina un castigo justo sin una regulación específica que tipifique explícita y exhaustivamente los posibles “delitos digitales”? El acto de poner en peligro a un bebé y hacerlo público le valió en Argelia una pena de dos años al sujeto que quería “mil likes” (por un hecho de características similares, Michael Jackson recibió “temporalmente” el repudio social cuando en 2002 alzó por fuera de la ventana a su hijo Prince Michael II). La joven que asesinó accidentalmente a su pareja fue procesada bajo el cargo de homicidio en segundo grado, lo cual podría significarle hasta 10 años de condena. Sin embargo, ¿qué pasaría si un lanzador de cuchillos de circo cometiera un error de puntería y matase a su asistente? ¿Podría ser acusado de homicidio en segundo grado? Con seguridad se ganaría el mote del “peor lanzador de cuchillos de la historia del circo”, y sin pruebas condenatorias el accidente podría atribuirse a un lapsus de desconcentración. Más allá del debate sobre la condena social y penal, estos nuevos “locos digitales” no parecen ser demasiado distintos a cualquier individuo que responsable o irresponsablemente pone en riesgo su vida o la de otro en cualquier ámbito de la vida. En todo caso, se asemejan más a participantes de un concurso de popularidad y talento sometidos al veredicto de una audiencia que decidirá si el entretenimiento es lo suficientemente bueno o no. Si el truco de la joven pareja hubiera sido exitoso, tal vez hoy tendrían miles de seguidores en su canal de YouTube, maravillados y expectantes por ver el siguiente video. O tal vez no. Tal vez solo hubieran despertado la curiosidad efímera propia de un acontecimiento fugaz como sucede con miles de contenidos que se generan por día y se viralizan en las redes sociales. Entonces, ¿qué es necesario para lograr un entretenimiento “bueno”? Es clave crear un objeto que tenga valor per se, que genere interés a una gran cantidad de personas y que perdure en el tiempo. En ese sentido, retomando a Groys, las personas deben asumir una responsabilidad estética por el diseño de sí y de todo lo que producen. No es casualidad que Justin Bieber, nacido y criado en YouTube, haya conseguido una popularidad mundial construyendo una trayectoria exitosa como cualquier otro artista que llegó a la fama por los canales “tradicionales”. Si en el ambiente de la música existen los one-hit wonder (artistas cuya popularidad se debe únicamente a un solo éxito), también en el mundo de las redes sociales existen los que solo logran crear un acontecimiento fugaz/////PACO