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Breve historia de la ciencia ficción rusa 2/6


Tanto por sus aciertos como por sus errores, la influencia de Julio Verne sobre las mentes inquietas de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX es difícil de dimensionar, no sólo en Rusia sino en todo Occidente. Uno de los padres de la astronáutica, el peruano Pedro Paulet, diseña en 1895 su “autobólido”, un modelo de nave espacial autopropulsada. El vehículo es una respuesta a Verne y a los febriles técnicos aeronáuticos del Gun Club, la institución que desarrolla el cohete que viaja al espacio exterior en
De la Tierra a la Luna. Fascinado por el libro, Paulet razona sin embargo que Verne incurre en un error al proponer que la aeronave esté propulsada por un cañón, ya que esto hace imposible controlar su aceleración. El cohete de Verne se desintegraría al atravesar la atmósfera terrestre. Es necesario desarrollar una nave que pueda regular su propia velocidad y Paulet actúa en consecuencia, pero su autobólido -elogiado más adelante por Werner von Braun- queda en el papel.

Konstantin Tsiolkovski nace en el Imperio Ruso en 1857. Debido a una fiebre queda prácticamente sordo a los diez años de edad. Es un autodidacta que trabaja durante casi toda su vida como maestro de escuela. Igual que Paulet, cuyo diseño del autobólido toma como punto de partida para sus propias investigaciones, se siente fascinado desde temprano por la obra de Verne, en particular con De la Tierra a la Luna. Y como su colega peruano, considera que Verne cometió un error en el diseño de su cohete. Pero las fuentes de inspiración de Tsiolkovski son más variadas. Entre ellas se encuentran las especulaciones del demógrafo y economista Thomas Malthus, un pesimista con respecto a las ideas de perfeccionamiento del hombre que pregonaba la Ilustración. Según Malthus, la población aumenta geométricamente mientras que la progresión de los alimentos es aritmética. Esto significa que, en un determinado grado de la evolución, la humanidad no podrá producir los alimentos necesarios para abastecer a su población. Quizás motivado por esta idea, pero invirtiendo su carga negativa, Tsiolkovski -al fin y al cabo, él también un hombre ilustrado- escribe una de sus frases más célebres: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en una cuna para siempre”.

Tsiolkovski conoce en su juventud al por entonces anciano filósofo Nikolai Fiódorovich Fiódorov, fundador del cosmismo, entre cuyos seguidores se encuentran Dostoievski, Tolstoi y el poeta Maiakovski, quien años más tarde se transformará en el padre del futurismo. El cosmismo es una doctrina irracionalista, una combinación explosiva de cristianismo ortodoxo y folklore ruso que toma elementos desarticulados del idealismo alemán y el positivismo francés. Fiódorov cree en la evolución del hombre hacia formas más elevadas de existencia y comunión con el universo. Luego de perfeccionar el autobólido de Paulet, y antes de que los hermanos Wright y Alberto Santos Dumont sentaran las bases de la aviación en 1903 y 1906 respectivamente, Tsiolkovski diseña el primer modelo de ascensor espacial, un proyecto que será retomado muchas veces tanto por la astronáutica como por la literatura de ciencia ficción, en particular por Arthur C. Clarke en la novela El martillo de Tor. También imagina estaciones espaciales y las describe con un nivel de detalle que recién será apreciado muchos años más tarde, cuando sus diseños sirvan de base para las primeras expediciones soviéticas al espacio. Muchas de sus ilustraciones, que aún se conservan, resultan similares a los diseños de Stanley Kubrick en 2001: Odisea espacial. Aunque la mayoría de sus contribuciones se mantienen en el plano de la teoría y la especulación, Tsiolkovski también es responsable, durante los ratos libres que le deja su oficio de maestro, de la construcción del primer túnel de viento, que sirve para simular las condiciones de vuelo de una aeronave. Sus bosquejos incluyen todas las previsiones posibles en un viaje interplanetario: instrumentos de presurización y de suministro de alimentos y oxígeno, motores a reacción y cámaras de protección para el caso de un choque con aerolitos u otros objetos en órbita.

La relación de Tsiolkovski con el régimen soviético es, en sus comienzos, de distancia. Al igual que Pavlov, cuya teoría del reflejo condicionado es adoptada por el bolchevismo como metáfora de los efectos del accionar estatal sobre el sujeto colectivo, Tsiolkovski desconfía del nuevo gobierno. Pero después de la guerra civil y la muerte de Lenin, el Estado soviético -con Stalin al mando- toma la decisión de impulsar la actividad científica, en especial la aeronáutica y la astronáutica, lo cual le vale a Tsiolkovski un puesto con dedicación exclusiva como investigador, que usufructúa hasta el final de su vida. Para ese entonces, a fines de los años veinte y comienzos de la década de 1930, ya es considerado como un prócer en toda la Unión Soviética, con discípulos y admiradores. En 1935 colabora de manera entusiasta en el asesoramiento técnico para el rodaje de la película Viaje cósmico, de Vasili Zhuravlyov. Con un guión simple pero asombrosos efectos visuales para la época, la película narra el primer viaje del hombre a la luna. Para asegurar su rigor científico, Tsiolkovski proporciona más de treinta ilustraciones y diseños propios e insiste sobre numerosas cuestiones, que van desde la ingravidez de los viajeros durante el trayecto hasta el hecho -elemental desde su punto de vista- de que las estrellas no deben parpadear en el espacio una vez que la atmósfera terrestre queda atrás.

Tsiolkovski muere poco antes del estreno de la película. A pesar de que es un éxito de público, los órganos de censura la retiran de circulación unos meses más tarde por considerarla demasiado alegre, frívola y despreocupada por difundir los dogmas del comunismo. El nombre de Tsiolkovski, sin embargo, no es olvidado. Se lo llama el “padre de los cohetes”, el Estado emite estampillas con su cara y es celebrado como el inspirador del programa espacial ruso. Tampoco dejan de circular sus libros. Muchos de ellos no son tratados científicos sino novelas. Más allá del planeta Tierra, escrito en 1903, relata la vida en una estación espacial habitada por una tripulación de diversos países, cuyos integrantes dirigen sus misiones desde ahí hacia la Luna o Marte. Es una novela difícil de leer, con largos pasajes descriptivos y pocos personajes, incluso pocas acciones, como si Tsiolkovski se viera en la necesidad de explicar todo lo se presenta a su imaginación y no le quedara resto para contar una historia. En Sueños con la Tierra y el espacio pretende narrar, sin personajes ni una trama discernible, la historia de la humanidad desde su origen hasta su proyección hacia los confines del universo, en un ejercicio que anticipa el misticismo de Olaf Stapledon en Hacedor de estrellas (1937). Pero su libro más extraño, sin dudas, es En el espacio, de 1906. No existen registros de traducciones al español ni a ningún otro idioma. A pesar de la fama de su autor el libro circula poco en la Unión Soviética, esta vez no por una cuestión de censura sino de ilegibilidad. Según algunos testimonios, se trata de una recopilación de fragmentos hilvanados entre sí de manera muy precaria, en los que se describe un estadio superior de la humanidad donde todo es quietud, no existe la vida ni la muerte y se volvieron etéreos los cuerpos y la tecnología. Como si una vez atravesados los límites del cosmos, Tsiolkovski hubiera agotado sus posibilidades de expresión//////PACO

Publicado originalmente en revista La Niña n°1, marzo de 2017