Para acercarse al relato capitalista de Hambre de poder y a la supremacía de McDonald´s en el mercado de los fast food restaurants conviene trasladarse a las turbulencias narrativas del comunismo. Y conviene porque, a medida que se acumulen este año las consideraciones sobre el flamante primer siglo de la Revolución rusa, es probable que vayan a repetirse ciertos clichés sobre lo que salió mal. Precisar ese punto específico implicaría, por supuesto, remontar discusiones amplias y antiguas como la estepa rusa, pero hay algo indudable: el nodo central no está en las ejecuciones ni en los encarcelamientos ordenados por los bolcheviques (tampoco la revolución por la igualdad, la libertad y la fraternidad en Francia había propuesto jornadas amables de reflexión para los amigos del Antiguo Régimen) sino en el estalinismo. Y el mecanismo más pueril a través del cual los historiadores cómodos liquidan ese punto es este: el estalinismo nunca fue el verdadero comunismo. El estalinismo fue un desvío, una perversión que convirtió al sueño del materialismo histórico en una pesadilla de injusticia y violencia. La ironía es que, en menor o mayor grado, ese también es el argumento pueril de los historiadores del neoliberalismo: el neoliberalismo es un desvío, una perversión que convirtió al sueño del libre mercado en una pesadilla de injusticia y violencia. En ambos casos, el desvío obedece a una entidad extraña: una fatalidad que se apodera del proyecto y lo pervierte. Y esa, finalmente, es la máscara bajo la que Hambre de poder hace hablar, cantar, amar, traicionar y negociar a Ray Kroc, el fundador ‒pero no el creador‒ de McDonald´s, la segunda empresa privada con más empleados del planeta y un valor cercano a los 110 mil millones de dólares.

Para acercarse al relato capitalista de Hambre de poder y la supremacía de McDonald´s en el mercado de los fast food restaurants conviene trasladarse a las turbulencias narrativas del comunismo.

El error, sin embargo, sería entregarse a la sombra estalinista de Kroc o, para decirlo en términos familiares, a su explícito deseo vanguardista de instaurar de una vez en los años cincuenta el régimen de la Corporate America que hoy intenta brillar ‒o al menos revivir‒ a través de Donald Trump, un empresario que, de hecho, también escribió libros como los que motivan la “persistencia” de Kroc (“No es suficiente con quererlo. También hay que saber cómo conseguirlo”, dice el best-seller Trump: Piense como un multimillonario: Todo lo que necesita saber sobre el éxito, los negocios inmobiliarios y la vida). Ahora bien, ¿por qué no recorrer un camino menos autoindulgente y más antagónico con nuestras percepciones inmediatas del asunto? Porque si McDonald´s es efectivamente esa catedral portátil (y antipática) de los Estados Unidos que Kroc construyó con esfuerzo ‒y un símbolo definitivo de la derrota de la Revolución rusa tras la inauguración de un local en la Plaza Pushkin en 1990‒, y si ni siquiera los méritos gastronómicos de sus productos son los que McDonald´s dice que son ‒como estableció una de las escenas famosas de Un día de furia‒, ¿por qué McDonald´s sigue entre nosotros? Esa es la única respuesta a la vista en Hambre de poder: McDonald´s sigue entre nosotros porque Kroc expulsó a los hermanos Richard y Maurice McDonald de su anticuado paraíso capitalista para, en las palabras de la famosa serpiente bíblica, obligarlos a ser como dioses y conocer el bien y el mal. Ante la inocencia de los padres creadores, que la película insiste en representar como un par de almaceneros ingeniosos e impotentes, Kroc es el catalizador del progreso. ¿Y cómo repudiar entonces esa “honestidad repudiable”?

Hay que recordar qué dice Kroc: McDonald´s va a ser nuestra nueva Iglesia.

Ahí es donde, paradójicamente, Kroc asume la actitud perversa y simultánea del estalinista y del neoliberal: alguien que no actúa en nombre de sus camaradas reales (los buenos hermanos McDonald) sino de un pueblo imaginario (los consumidores del mundo), un concepto abstracto que, aún así, va a creer en sus decisiones como empresario antes de que nadie concreto lo haga y frente al cual Kroc puede, también, liberarse de la responsabilidad misma de sus actos. El CEO de la multinacional McDonald´s se convierte en el instrumento de una voluntad superior, una necesidad capitalista más alta que él mismo (hay que recordar qué dice: McDonald´s va a ser nuestra nueva Iglesia). Por lo tanto, a la película no le interesa la fascinación de la horrenda iconografía kitsch de McDonald´s ‒¿quién ignora que Ronald McDonald es el mismo payaso de IT?‒ ni se trata, como se sugiere, de la “belleza” de la palabra McDonald´s. De lo que se trata, dice Hambre de poder, es del tranquilizador confort de la “maldad” del sistema neoliberal mismo, una “maldad” que conocemos y aún así nos gusta. ¿Y por qué nos gusta? Porque mientras pedimos la próxima Cajita Feliz para nuestros hijos, esa “maldad” nos habilita también la fantasía exculpatoria de que el consumista necesario para la lógica de McDonald´s es siempre otro///////PACO