Hacia una erótica del aprendizaje


La transmisión de la práctica psicoanalítica no es poca cosa y además es cosa seria. Existen muchas controversias al respecto puesto que esta transmisión no está circunscripta a un aprendizaje tradicional. Siendo así ¿Por dónde pasa la formación? ¿Cómo es que devenimos analistas? ¿Qué nos causa? ¿Qué es primero el analista o la práctica? La formación de analistas tiene la particularidad de ser una transmisión ligada a una erótica que se transita de manera singular y “con algunos otros”, en donde el aprendizaje se encuentra sostenido desde una transferencia. Con la intención de relatarles la experiencia de mi propia práctica, contaré algo de esta invención que hace que de algún modo yo me habilite a recibir a un paciente en mi consultorio y también a estar escribiendo esto. De modo que lo cual quiero contarles cobra un carácter de testimonio por medio del cual ilustraré que el analista se constituye en y por la propia práctica a la vez que la funda.
Un primer recuerdo me remite a los quince años: en una charla íntima con una amiga, que no recuerdo bien de que se trataba pero sí que hablábamos de cosas que nos estaban sucediendo y nos preocupaban mucho, nos estábamos haciendo preguntas diría que existenciales, y en eso mi amiga me dice: “vos tenes que ser psicóloga”. No quiero desilusionarlos pero devenir analista es una construcción que lleva largo tiempo. En mi caso las coordenadas inaugurales están inclusive antes de ingresar en la facultad. Claro que yo no me había dado cuenta de ello.

Para avanzar un poco más rápido diré que me entusiasme bastante con la idea de mi amiga y al terminar la escuela me inscribí en la facultad de psicología. Pasaron algunos años y después de varias idas y vueltas obtuve finalmente mi título en la Universidad Nacional de Rosario. Pero uno no sale de la facultad con sus estudios bajo el brazo y se convierte instantánea y mágicamente en analista. Lacan ya nos advirtió de la imposibilidad de la transmisión del psicoanálisis en la universidad. En el discurso universitario el saber se transmite como una verdad sostenida por un amo, por tanto hay que tener mucho cuidado con esto, porque es muy tentador suponer en alguien el saber absoluto, y a la vez es peligroso porque siempre se corre el riesgo de copiar el ideal, entonces aparecen los estereotipos, los clisés, esos modelos a seguir que se encastran automáticamente en el caso por caso generando contradicciones que de cierta forma justifican cierta fama que los psicoanalistas nos hemos ganado. En este punto es bueno no perder de vista que la verdad solo puede decirse a medias. Bien, volviendo a mí testimonio, tiempo antes de recibirme había realizado una concurrencia en un Centro Educativo Terapéutico y una residencia en el hospital de niños, experiencias que me habían aportado muchas herramientas para el trabajo en instituciones y para realizar entrevistas de admisión. Además hacia unos años que me analizaba. Ahí en ese momento bisagra de mi vida, recién recibida, decido irme a vivir a las sierras de Córdoba.

En cada ciudad el psicoanálisis habita de diversas maneras. Mientras que Rosario es la meca del psicoanálisis, en Córdoba ser psicoanalista lacaniano es pertenecer a una minoría. La oferta cordobesa para la formación psicoanalítica es muy diferente a la que existe en Rosario, presentando un diverso abanico de marcas significantes que van desde Freud hasta Lacan pasando por Jung, Reich y Winnicott entre otros. No voy a meterme aquí a desarrollar las diferencias entre las facultades de psicología de la UNR y la UNC. Solamente quiero destacar que en la Universidad Nacional de Córdoba el plan de estudios es muy variado, y lo que dan de psicoanálisis está sumamente condensado, recortado, traducido y mezclado. Si bien, como señalé anteriormente, la formación del analista no solamente pasa por la universidad, yo creo que está es una puerta de entrada muy grande. De igual modo la marca fundacional jesuítica de la Docta se nota en el modo de transmisión que caracteriza al psicoanálisis local, que esta fundamentalmente cristalizado alrededor de dos grandes escuelas lacanianas: por un lado tenemos a los millerianos que histéricamente diagnostican la feminización del mundo y lo que no entra en esa clasificación va a parar a la “psicosis ordinaria”. Por otra parte, presentan la resistencia los de la escuela de Allouch. Ninguno de ellos se mezcla, unos están en la universidad y los escenarios, los otros escondidos en las librerías.

Me atrevería a decir que este dogmatismo de escuela existente sumado a la mezcolanza universitaria se resuelven en un rechazo hacia el psicoanálisis o bien en eclecticismos que son muy iatrogénicos. En efecto muchos psicólogos dicen ajustar las técnicas de acuerdo a la singularidad del caso sin tomar en consideración que el psicoanálisis no es una técnica sino una práctica. Así pues, usan para un paciente ejercicios de la Gestalt, para otro aplican conductismo y en otro momento psicoanálisis. Verán que esto es algo epistemológicamente incoherente pero créanme que hay mucha gente que lo hace. Asumiendo así que no hay un solo modo de hacer psicoanálisis y de que tampoco existen recetas para ello, comienzo a participar de un grupo de estudios en La Cumbre, un pueblito del valle de punilla, junto a dos psicoanalistas que también me proponen empezar a atender en su consultorio. Pero ¿Cómo empezaría? Ofreciéndome a ser aquello que todavía no era y esperando que alguien tocara a mi puerta con algún malestar. Es necesario habilitarse a ofertarse para que pueda darse el encuentro. Por tanto autorizarse es una de las condiciones de posibilidad para que emerja el analista y también su práctica. Un día recibo a mi primer paciente que era un hombre de alrededor de sesenta años. Este señor estaba muy angustiado por que acababa de separarse. Cuando termine de escucharlo, obviamente yo estaba más angustiada que él. El señor había llorado toda la sesión con una profunda tristeza y yo lo único que pensaba era ¿Qué le digo?, ¿qué le digo? Me sentí horrible, además debo confesar que me enojo que nadie me hubiese advertido sobre lo mal que uno se puede llegar a sentirse en el consultorio cara a cara con su primer paciente. Porque está claro que uno puede leer mucho Lacan, puede hacer muchos seminarios con franceses, participar de muchas jornadas, leer todos los libros que saca Lutereau y sin embargo no va a encontrar ninguna indicación general de cómo ser analista ni mucho menos como responder ante el malestar de un paciente. Esto es así simplemente porque no tenemos nada que responder. Justamente en análisis, más que de responder se trata de escuchar, de alojar el malestar y de interrogarlo. Ahí lo que me paso con mi primer paciente, no tenía nada para decirle pero si podía escucharlo.

Si creemos que tenemos alguna verdad sobre el síntoma del paciente estamos fritos. Ese tipo de certezas están más cerca de los delirios que de nuestra práctica. No somos médicos ni chamanes como para tener ese saber sino más bien que tenemos oídos para escuchar y posibilitar, en el mejor de los casos, que el paciente pueda interrogarse. Ahí podemos poner otro eje de construcción de nuestra práctica: Abrir la posibilidad de interrogarse. Me gusta esta palabra porque tiene estas dos palabritas dentro: inter y rogar-se. Rogar es pedir con humildad algo a alguien como favor. Entonces para que una práctica se inaugure en necesario que alguien demande algo, ruegue algo, este ruego implica además invocar al Otro. Y ahí vemos este INTER -ROGAR-SE que implica que la situación de análisis comienza al menos entre dos demandas, la del analista por un lado, quien demanda que se le consulte y la demanda del paciente que pide una respuesta para su sufrimiento.

Pero esto no es tan fácil de materializarse. La mayoría de los pacientes no llegan demandando un psicoanálisis sino que llegan con un queja, un dolor, y vienen a buscar respuestas y entonces te preguntan ¿qué quiere decir esto que me pasa? ¿Cómo hago? ¿Está bien o está mal…? ¡Digame usted que es el profesional! En suma, nos preguntan sobre un saber que es imposible obtener anticipadamente y que será producido por el analizante, no sin el analista, si se dan ciertas condiciones, en un tiempo que es también indeterminado de antemano. Operar con el inconsciente es operar con un saber que no se sabe a sí mismo. Por esa razón a veces es muy fácil caer en tentaciones pedagógicas e interpretaciones llenas de sentido. No hay que olvidar pues que el inconsciente no es ontológico. Hay que analizarse mucho para poder escuchar esa musicalidad que permite descifrar en el compás sus partes acentuadas y sus partes atonas. Sólo a partir de esta escucha se podrá poner en juego el enigma que posibilitará la transformación de ese pedido en demanda, trasferencia mediante. El analista podrá realizarse solo si hay un sujeto que quiera ser escuchado. Pero para poder escuchar a un paciente un analista tiene que poder escucharse. En consecuencia, el propio análisis es sustancial. Asimismo es necesario no quedarse en el nivel de esta demanda inicial, que como toda demanda es de amor. Se trata de ponerle un límite y no quedar entrampado en ese espejismo, lo cual implica justamente no responder a esta. El límite del cual hablo es la castración. Esa dimensión castratoria toca también al analista, entonces nos angustiamos, nos frustramos, nos preguntamos, y por ello se hace necesario juntarse con otros.

Volviendo a mí experiencia poco a poco fueron llegando más pacientes al consultorio, casos que me resultaban muy dificultosos ya que mayormente mis pacientes surgían de una suerte de descarte de los psicoterapeutas de la zona que me derivaban los “casos difíciles”. Entonces allí estaba yo trabajando con restos. Seguía viajando a Rosario una vez al mes para analizarme, supervisaba y participaba de seminarios a veces en Córdoba, otras en Rosario y algunas en Buenos Aires. Continuaba estudiando con mi grupo de colegas pero me sentía un tanto decepcionada. En las sierras hay muchos psicólogos, emigrados de diferentes lugares, pero pocos psicoanalistas, los cuales en su mayoría se quedan en la soledad de los consultorios, no se reúnen, no supervisan, no se analizan. Cada tanto leen algún que otro libro. Yo estaba muy a gusto con la tranquilidad serrana pero muy a disgusto con la falta de formación, los eclecticismos, el tener que viajar tanto y el psicoanálisis cordobés de escuela. En Rosario en todos lados te cruzas con gente que está interesada en el psicoanálisis. Siempre encontrás algún interlocutor con quien compartir. En las sierras esto es muy difícil. Vivo muy cerca del Uritorco y los ovnis realmente han invadido esa zona con sus discursos.

El grupo de estudios estaba bien, pero empezamos a sentir la necesidad de tener un referente, alguien que nos oriente en la lectura para retrabajar los conceptos, dudamos mucho, no sabíamos cómo seleccionar la inagotable bibliografía. Una cosa estaba clara, no teníamos ganas de ceñirnos a tiempos académicos ni institucionales. Entonces me anime y llame a alguien a quien le tengo mucho afecto, ya que fue uno de mis primeros maestros al ingresar a la facultad y le propuse para que coordine el grupo de estudios. Así es que el Doc. Antonio S. Gentile aceptó viajar a La Cumbre y nuestra inquietud convoco a algunos otros que se fueron sumando hasta formar un grupo de seis personas. Esto verdaderamente es mucho para las sierras. Fue un gran desafío, el cual sostenemos todavía con mucho esfuerzo pero también con mucho entusiasmo. En suma, la enseñanza del psicoanálisis no tiene que ver con un aprendizaje cognitivo sino con una erótica ya que de lo que se trata es del deseo. Es decir que se encuentra sostenida en el deseo como causa, en donde la pasión y el amor de transferencia se pondrán de manifiesto. La formación no pasa solamente por la incorporación de conocimientos y su aplicación práctica. Lo que está en juego aquí es el deseo del analista. La formación en nuestra práctica es totalmente transformadora a condición de atravesar esa herida narcisista que implica el paso por la castración. No es lo mismo leer a Lacan con efecto de formación analítica que como un modo de acrecentar el conocimiento. Uno no se convierte en analista sino que se construye y se inventa cada vez que se encuentra escuchando en el consultorio a esa singular persona que nos habla. El analista no antecede (no es un estudiante que se convierte en profesional) sino que es algo aún no está y que para advenir tendrán que darse ciertas condiciones, como lo he mostrado. La práctica del analista es algo que cada quien inventa según su estilo, sus intereses y sus referentes y por eso no es sin los otros. Estos otros que aparecen como interlocutores: nuestros colegas, nuestros analistas, nuestros maestros, que nos ayudan a pensar y crear nuestra práctica a la vez que nos creamos. Esto solo podrá sostenerse si hay una causa////PACO