Entrevista


Alfredo García: “Estar en la periferia puede significar tener menos que perder al intentar algo distinto”


Alfredo García es economista, ex funcionario público y ex gerente corporativo. Investigador en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA en temas de epistemología de la economía, sistemas matemáticos complejos y dinámica del sistema financiero, a partir del viernes 4 de agosto va a dictar en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino el curso
Die Gefahr. El mundo pasó a ser un experimento, en el que analiza desde las ideas de distintos pensadores y con películas y series como Black Mirror el complejo entramado de “posverdad”, “simulacro” y “experimento” que rodea al arte, la política y la técnica.

¿En qué términos el estado actual de la técnica propone un “experimento” con la humanidad que se diferencia de otros estados del vínculo entre técnica y cultura?

Digamos que el experimento iniciado a principios del siglo XVIII, donde se hizo una mezcla de “división del trabajo” (generando creciente de especialidades técnicas) más “propiedad privada de los medios de producción” (generando nuevas jerarquías sociales) más universalización del paradigma de mercado (generando valores monetario que compitieron y desplazaron otros valores tradicionales) más el florecimiento de la banca medieval (haciendo ético el vivir endeudado), está hoy teniendo problemas para confirmar sus bondades. Ni los liderazgos mundiales auto confirmándose en los foros mundiales, ni la proliferación de carreras universitarias y microespecializaciones, ni el poder de los medios para formar opinión. Ninguno de ellos parecen tener respuesta al fenómeno global del que forman parte ni para responder sobre los “daños colaterales” que cada uno de ellos denuncia. El experimento genera desigualdades económicas y brechas tecnológicas crecientes, endeudamientos privados y públicos inéditos, excedentes de gente que ya no se las necesita ni para “un hacer” ni para “un pensar”, porque va siendo reemplazada por máquinas, que hacen y piensan “mejor”. El pasaje de la producción física a la producción virtual se acompaña del levantamiento de muros físicos y virtuales, separando zonas residenciales de villas miseria y hasta las fronteras de países enteros. Lo concreto es que aquel experimento dio resultado y tuvo de su lado a grandes instituciones que socializaron su racionalidad: universidades, partidos políticos, periodismo, hoy encerrados en si mismos, tratando de sobrevivir a esa falta de respuesta. Hoy son parte del problema. Es difícil conseguir que los centros científicos se sostengan por “amor al saber” cuando se los ve asociados a empresas tecnológicas que apuntan a nuevos productos de mercado o peor, percibidos colaborando en experimentos fuera del control público, sean biológicos, nucleares, espaciales, comunicacionales o financieros; los partidos políticos solo sobreviven si logran crear “candidatos con imagen” de suficiente ambigüedad ideológica como para no morir sofocados por el desprestigio de sus muletillas partidarias (llámese “libertad”, “justicia social” , “cambio” o “soberanía”) Del periodismo ni que hablar. Es sintomático que incluso sus nuevas formas, motorizadas por Google, Facebook o Twitter, estén sospechadas de transformarse en gigantescas usinas de operativos mediáticos, teniendo que salir a discutir el fenómeno de las “posverdad”.


Es difícil conseguir que los centros científicos se sostengan por “amor al saber” cuando se los ve asociados a empresas tecnológicas que apuntan a nuevos productos de mercado o peor, percibidos colaborando en experimentos fuera del control público, sean biológicos, nucleares, espaciales, comunicacionales o financieros.

Pensando en la noción de “simulacro”, ¿cómo se presenta entre nosotros desde la política y desde lo social?

Como intentaba decir, hoy no se puede pensar sin hacer simulaciones. Por un lado porque el biólogo, el astrofísico o el financista necesitan una computadora para reproducir la complejidad de determinados fenómenos que serían imposibles de manipular en experimentos reales (sea una gripe que se esparce en una población o una formación planetaria que surge a partir de masas gaseosas, o de un mercado mundial de derivados financieros). Por el otro porque la simulación reemplaza cualquier comprensión de la existencia que aún exija categorías como existencia“autentica” o “inauténtica”. Dividir el pensamiento en categorías como estas eran posibles cuando la muerte y la finitud todavía podían verse como lo mas propio y lo mas cierto en un mundo en el que el viejo Dios se retiró pero el nuevo no llega. Creo que hoy simplemente “simulamos ” que no nos vamos a morir pronto y “hacemos de cuenta” que tenemos un futuro. Algunos como Bostrom o Kurzweil están pensando en hacer un download de sus cerebros a una maquina y sanjar toda cuestión existencial mientras otros sueñan con ejércitos de nanorobots limpiando los mares y las arterias. Pero lo mas inmediato a nivel social parece que lo conforma una plantilla de drones de Amazon que te llevan las provisiones del supermercado que vos pagás con un subsidio por desempleo, porque Amazon ya no tiene ni cajeras ni repositores ni oficinistas ni contadores ni gerentes, que no sean virtuales. Pensar en la aparición inminente de una Superinteligencia te salva de pensar el presente, que sigue en manos de “algunos”, para imaginarlo en manos de “Nadie”, porque “Nadie” piensa mejor que el mejor pensador viviente, no solo por su capacidad de almacenamiento y su velocidad sino porque aprende a modificar su pensamiento a velocidades infinitamente superiores a la de cualquier ser viviente que intenta adaptarse a su entorno complejo. “Nadie” permitirá que todos a su alrededor ya no tengan que pensar. Pero yo digo: incluso esta superinteligencia no va a poder generar su saber haciendo una descarga de archivos de una vez y para siempre sino simulando escenarios de complejidad crecientes. ¿Somos entonces la prehistoria cercana a esa eclosión de la singularidad? Jugar a la posverdad puede tener como objeto acelerar el descrédito de las viejas formas de racionalizar e imaginar el mundo que vino con la modernidad, para abrazar sin remedio la superinteligencia como tabla de salvación. Elon Musk dice que si no te implantás una interface con la computadora pronto, solo vas a lograr que la computadora se olvide de vos.


Pensar en la aparición inminente de una Superinteligencia te salva de pensar el presente, que sigue en manos de “algunos”, para imaginarlo en manos de “Nadie”, porque “Nadie” piensa mejor que el mejor pensador viviente.

Hay un verso de Kipling en F de falso con una pregunta acerca de si “lo lindo es arte”, con la cual uno podría preguntarse, ¿en qué términos las jerarquías vinculadas a la estética y la falta de jerarquías vinculadas al mercado construyen hoy alguna noción novedosa del arte?

Uno puede ver el arte como la trampa de los sentidos, la fuga de la realidad, veleidades burguesas, la tragedia de los otros, o la concientización revolucionaria, pero en el fondo el arte no escapa a las forma de pensar el mundo en cada época. Uno de los artistas que toma Orson Wells para su trama en F de falso fue Picasso. Para mí es ineludible para ilustrar lo que venimos diciendo por dos motivos. Por un lado porque este pintor reconoció que “todo lo que se podía robar, lo robaba”. O sea, si en la película Picasso era el original contra el cual verificar una falsificación, en la vida real él se sentía un copista, un simulador de una originalidad que los demás le adjudicaban pero que el negaba abiertamente En ese sentido parecía tener en claro que el arte dejaba atrás toda idea de querer ser una “trampas para el ojo”, de intentar una representación idealizada del mundo, o de espectáculo escandaloso, para transformarse en un simulacro, copia de copia que no tiene como referente ningún original. Es conmovedor ver los desplazamientos de los personajes del Guernica, comparados con un cuadro de Rubens llamado “Los horrores de la guerra”. Pero Rubens a su vez abrevaba en el arte romano, en la voluptuosas curvas de las figuras femeninas y de los escudos de los guerreros. Todo intento de rastreo de un verdadero original se pierde así en la noche de los tiempos. Por otro lado, y referido a tu pregunta sobre si lo lindo es arte, me hizo acordar de un retrato de mujer llorando de Picasso que ilustra la introducción a la Historia de la fealdad de Umberto Eco. Creo que Picasso hizo un esfuerzo tremendo en sus intentos de quebrar toda forma reconocible de pintura y no creo que fuera por puro “vanguardismo” o búsqueda de novedad o de personalidad violenta o de un ego exaltado (aunque eso no pueda evitarse) sino la de generar desconcierto. ¿Quién podría quedarse impasible al buscar relaciones entre Rubens, un cultor (algo empalagoso) de las curvas, con la geometría revulsiva del Guernica?


El episodio de Waldo, el meme devenido candidato político, no es algo nuevo. Los que tuvimos que hacer de autoridades de mesa en alguna votación vimos boletas truchas con personajes desopilantes metidos en los sobres dentro de la urna.

Las películas y series que mencionás en el curso parecen iluminar las contradicciones del mercado y de la cultura aunque en algunos casos se trata de productos que surgen desde las condiciones más plenas del mercado (del entretenimiento). ¿Cómo funcionan estas tensiones?

Ver algunos de estos episodios de Black Mirror fue como leer los viejos debates a favor y en contra de la metafísica, pero en clave de Netflix. No hay para mi oposición entre mercado y cultura. Creo que se escamotea cualquier abordaje sobre las prácticas sociales si se saca una de estos componentes para entender aisladamente el otro. ¿Suena muy economicista, o peor, muy marxista? El episodio de Waldo, el meme devenido candidato político, no es algo nuevo. Los que tuvimos que hacer de autoridades de mesa en alguna votación vimos boletas truchas con personajes desopilantes metidos en los sobres dentro de la urna, a modo de chiste o de profanación. Pero hay dos aspectos novedosos en ese capítulo: uno es el argumento de qué pasa cuando una caricatura se viraliza en las redes sociales, disparando los imaginarios de millones de eventuales votantes. Lo segundo es que esa imagen icónica no representa ningún elemento tradicional: no intenta mitificar al personaje como se hace con la imagen del candidato partidario, ni trata de transformarlo en un signo que hegemonice la representación de demandas sociales insatisfechas de la gente. Es puro icono que solo se representa a sí mismo. Es simulacro y al no pretender ser más que eso, por no tener ni ideología (que la gente percibe como fallida) ni experiencia de gobierno (que la gente ve como receta repetida) queda más allá de lo verdadero y lo falso. Ese es un gran problema para el candidato oficialista. ¿Cómo atacar algo que no pretende ser más de lo que simplemente es? Trato de vislumbrar ahí los mecanismos por los cuales “cualquier” cosa, un meme o cualquier mercadería china, puede terminar encumbrándose en un puesto de poder y cuestionar de esta manera todo el aparato de representaciones simbólicas que se sostenía a su alrededor.

¿Qué matices, similitudes y diferencias notás entre cierto “estado de la técnica” a nivel mundial y en un nivel más local y cotidiano como el que experimentamos en Buenos Aires?

En un mundo tan interligado, con tantos elementos interactuado en tantas interacciones como tienen, o sea en este mar de complejidad, es difícil para mí conceptualizar algo así como “el propio país o la propia ciudad” que pueda aislar en su amalgama enorme y compleja de fenómenos. Por un lado, a veces parecemos los nodos distantes y relegados de una matriz que nunca tendrá protagonismo y que perdió toda posibilidad de vivir “como la gente” pero un momento después , mirando en otro sentido de la misma trama, nos ubicamos como orgullosos centros del universo, suficientemente aislados como fenómeno como para encontrar identidades. De pronto nos agarramos como a una tabla de salvación a los órdenes pre-establecidos para nuestra categoría de país dependiente, esperando una transfusión biopolítica que nos “haga vivir o nos deje morir” a nosotros y al gobernante de turno y al segundo siguiente queremos entendernos como una continuidad de algo esencial. Tendemos a pensar en nivel micro (yo y mis vecinos) y a nivel macro (lo que hace o deja de hacer el gobierno nacional). Pensarla como simulacro sería establecerse en un nivel intermedio. Algo parecido a ver qué pasa en un juego de simulación tipo Sim City. En cualquier modelo de simulación que repite muchas veces su historia, las condiciones iniciales son fundamentales, claro y yo no puedo simular que no estoy al final de la trama, pero también los márgenes que deja para soluciones alternativas son más grandes para entender y eventualmente operar. La estrategia y el error son los que posibilitan la oportunidad de entender lo que pasa y ver qué pasaría cuando intento algo distinto. Como dijo Marx, cualquier cambio que queramos emprender “no pueden sacar su poesía de una veneración supersticiosa del pasado, sino solamente del porvenir”. Un simulacro puede producir una imagen efectiva y sin ocultamiento de su condición de tal, que no repite completamente lo ya pensado y que no insiste fielmente en lo ya hecho. Estar en la periferia puede significar tener menos que perder al momento de intentar algo distinto/////PACO