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Breve historia de la ciencia ficción rusa 1/6

 

Existen al menos tres etapas en la ciencia ficción rusa del siglo XX, que con matices podríamos llamar: la utópica, la distópica y la soviética. La etapa utópica coincide con las turbulencias previas a la revolución de 1917. Los temas de la ciencia ficción -en especial el viaje a Marte- se caracterizan, en este período, por ofrecer un sustrato para las especulaciones políticas, e incluso para planteos revolucionarios. El cuento En otro planeta (1895) de Porfiri Infántiev y la novela Estrella roja (1908) de Alexander Bogdanov se inscriben en esta línea.

La etapa distópica se inaugura con la revolución de octubre. Es llevada adelante, en general, por escritores que pertenecieron o simpatizaron con el partido bolchevique, aunque esta adhesión se vuelve crítica a medida que el nuevo gobierno delinea sus formas y procedimientos. La obra más destacada de este período, que coincide con la guerra civil entre el ejército rojo y el ejército blanco, es sin dudas Nosotros (1921) de Yevgueni Zamiatin, que ya desde el título ataca las pretensiones colectivistas de la revolución soviética, inaugurando una tradición de novelas distópicas que se continua con Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell. Nosotros es publicada en la Unión Soviética recién en 1988. Menos traumático es el caso de Aelita (1923), de Alexei Tolstoi, una suave comedia que narra una historia de amor durante una revolución en Marte. Tolstoi emigró de Rusia tras la revolución de octubre, que criticó duramente, pero regresó al país en 1923, meses antes de la publicación de Aelita. La obra es llevada al cine al año siguiente por el director Yákov Protazánov. Aunque resulta un éxito de público, y las críticas a la revolución están veladas detrás del fallido romance entre la princesa Aelita y Los, uno de los humanos que visitan Marte, la película es prohibida pocos años después. El libro no corre la misma suerte. Tampoco su autor, que merece la Orden de Lenin y el prestigioso premio Stalin. Es conocido por el apodo de “camarada Conde”.

La tercera etapa comienza después de la muerte de Lenin en 1924. Una vez concluida la guerra civil, se afianza Stalin en el poder. Es la época de los planes quinquenales y de una censura cada vez más rigurosa, cuyos efectos en la literatura de género están descritos por Nabokov en el artículo “Escritores, censores y lectores rusos”:

“Ya que la imaginación del autor y el libre albedrío han de sujetarse a unos límites concretos, toda novela proletaria tiene que acabar felizmente, con el triunfo de los soviéticos, con lo que el autor se ve enfrentado a la espantosa tarea de tejer una trama interesante cuando el lector ya conoce, de antemano y oficialmente, cuál será el desenlace. En las novelas de misterio anglosajonas es habitual que el malo sea castigado y que el hombre callado y fuerte se lleve a la chica débil e indiscreta, pero no existe en los países occidentales ninguna ley del Estado que prohíba los relatos que no se ajusten a la tradición venerada, por lo que siempre cabe esperar que el tipo perverso pero romántico escape impune y el muchacho bueno pero soso acabe recibiendo calabazas de la caprichosa heroína”.

Nabokov se refiere a la novela policial, pero otro tanto podría aplicarse a la ciencia ficción en este período. La ciencia y el desarrollo tecnológico conducen siempre a la emancipación del pueblo soviético. No existen las distopías, y si acaso una trama parece conducir a un final sombrío, rápidamente el autor se hace cargo de la voz del censor y declara su confianza en el régimen.

Más allá de estas consideraciones, la ciencia ficción soviética ofrece una doble dificultad al lector en español: por un lado, una gran parte de sus autores son científicos, aficionados que le dedican su tiempo libre a la escritura y que desconocen -no en todos, pero sí en muchos casos- los rudimentos más elementales de la narración. La otra dificultad está en las traducciones, que -exceptuando aquellas distribuidas en español por las editoriales soviéticas Mir y Progreso- nunca son realizadas directamente desde el ruso sino que están mediadas por uno o más idiomas centroeuropeos. La primera y más conocida antología de cuentos en español es Lo mejor de la ciencia ficción rusa, realizada por Jacques Bergier. La edición de Bruguera está traducida del italiano, desde una edición que a su vez fue traducida del francés. De los autores se sabe poco y nada, excepto de los célebres hermanos Strugatski y de Iván Efremov. Entre ellos hay una sola mujer, Verónica Zuravleva. Según Wikipedia, era la esposa de Genrich Altshuller, el verdadero autor de la mayoría de los cuentos publicados en su nombre. Altshuller era judío y utilizaba el nombre de su esposa a causa del alto grado de antisemitismo que había tanto en las autoridades como entre el público lector de revistas de ciencia ficción. Formó parte de la Marina soviética durante la segunda guerra mundial. Luego lo nombraron inspector de patentes. Desde ese puesto se dedicó, durante años, a observar los procesos de invención. Identificó una serie de contradicciones que se presentaban en todos estos procesos y creó un método sistemático llamado TRIZ (Teoría de la Resolución de Problemas Inventivos). Le escribió una carta a Stalin donde propuso su método como solución a lo que él llamaba “problemas inventivos” de la Unión Soviética. A raíz de esa carta fue detenido y condenado a pasar veinticinco años en Siberia. Las sesiones de tortura se realizaban de noche. Durante el día, los guardias controlaban su celda para verificar que Altshuller no durmiera. Este procedimiento tenía el propósito de quebrarlo y obligarlo a firmar una confesión. Se le presentó, entonces, una contradicción que requería una respuesta innovadora: ¿cómo dormir y no dormir al mismo tiempo? Altshuller fabricó dos ojos con pedazos de papel de un paquete de cigarrillos. Les dibujó las pupilas con fósforo quemado y se los pegó con saliva en los párpados. Después se sentó frente a la puerta de su celda y se quedó dormido. Cuenta la leyenda que los guardias jamás lo descubrieron. Fue liberado de la cárcel en 1954, tras la muerte de Stalin.

Uno de los cuentos de Zuravleva-Altshuller, no incluido en la antología de Bergier pero sí en la recopilación de cuentos de ciencia ficción soviética que realizara unos años después el escritor español Domingo Santos para la editorial Hyspamérica, trata sobre un científico y un escritor que viajan a la tundra siberiana. El científico tiene la teoría de que, en un par de miles de años, la ciencia humana estará en condiciones de revivir a cualquier persona que se encuentre en estado de congelamiento. El escritor -que es en realidad poeta, según se nos aclara más adelante- al principio lo rechaza, luego empatiza con él y finalmente lo admira. Durante el trayecto toma nota de todo lo que pasa. Su complejo de inferioridad es evidente: es un soñador, un perezoso que se dedica a las palabras, mientras que el científico trabaja para la grandeza de la nación. Transcurren una serie de peripecias mal narradas y peor traducidas. El texto se vuelve confuso y al final de la lectura queda claro que uno de los protagonistas se enterró en el hielo, pero no se entiende cuál de los dos. ¿Fue el científico, con el fin de preservar conocimientos que contribuirán al progreso de la humanidad? ¿O fue el poeta, que de esta manera aseguró la posteridad (o al menos el futuro) de su prosa? En esta ambigüedad involuntaria se esconden el encanto de la ciencia ficción rusa, sus malentendidos y su singularidad.

Mientras la Unión Soviética se expande y consolida, en Estados Unidos la literatura de género alcanza un alto grado de profesionalización. Revistas como Amazing Stories, Astounding Science Fiction, Weird Tales, entre muchas otras, propician el oficio de escritor en Robert Heinlein, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Philip K. Dick, H.P. Lovecraft y prácticamente todos aquellos autores que se dedican al policial, el terror y la ciencia ficción entre los años veinte y fines de los cincuenta, cuando la industria de revistas pulp entra en disolución frente a otros modelos de distribución editorial.

Si bien es más modesta, también hay una industria de revistas pulp en Rusia, encabezada por El espíritu de las aventuras, cuya publicación se inicia en 1911 con cuentos de Julio Verne y H.G. Wells y se prolonga hasta bien entrado el régimen soviético. Incluso parece haber existido una edición en polaco, donde publica sus primeros relatos Stanislaw Lem. Pero la relación de los autores con la producción literaria tiene características específicas que son propias no sólo de la Unión Soviética, sino también de la Rusia zarista que le antecedió. Un escritor ruso, a diferencia de sus colegas anglosajones, no es necesariamente un profesional que ejerce un oficio. El escritor de ciencia ficción es también un revolucionario, o un científico, o un agente del Estado. La obra no es, en muchos casos, un fin en sí mismo, sino una estación más en un viaje más extenso. Esto puede repercutir sobre la calidad de algunos textos que no sobreviven al paso del tiempo, o que ya son ilegibles al momento de su publicación. Pero, ¿qué tienen para decirnos las biografías de los escritores rusos de ciencia ficción?

Publicado originalmente en revista La Niña n°1, marzo de 2017.