Lo que Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) lleva adelante en Cómo se hizo La guerra de los zombis se concentra en una cualidad simple y disruptiva. Contra un cierto clima de sensibilidad en el que pendulan en armonía cierta pereza creativa y cierto regodeo narcisista ‒coronados ambos por el uso irrestricto del Yo‒, y donde la novela típica tiende a conformarse con empezar (y terminar) en el registro unívoco y autocelebratorio de la propia intimidad, Hemon propone lo contrario: acción, multiplicidad, provocación, ironía, distanciamiento, inteligencia creativa aplicada a la experiencia humana, a la forma literaria y a la imaginación. A partir de eso, quienes lo comparan con Nabokov ‒con quien, es cierto, comparte el régimen de inmigrante en la lengua inglesa‒ pierden de vista que su brillo en el panorama narrativo actual le debe menos a la novedad del estilo que al coraje casi restaurador de su apuesta. En otras palabras, ¿y si la novela, una vez más, pudiera explorar los deseos y las angustias de una sociedad compleja en vez de hundirse en el solipsismo fóbico?


¿Y si la novela pudiera explorar los deseos y las angustias de una sociedad compleja en vez de hundirse en el solipsismo fóbico?

Cómo se hizo La guerra de los zombis empieza entonces con Joshua, un guionista judío en Chicago que durante diez años ha sido incapaz de escribir cualquiera de sus ideas ‒incluida una sobre zombis, surgida en un taller de guion donde, como en el gimnasio, “nunca se sentía más fuerte y nunca se sentía mejor, tan solo más cansado”‒ mientras se gana la vida enseñando inglés. Entre los alumnos, que son serbios y croatas exiliados (y que, con buen humor, nunca pierden la oportunidad para un chiste antisemita), está Ana, una serbia que planea engañar al profesor con sus encantos para escapar con su hija adolescente de un marido violento. Y fuera del aula, a través de mensajes de texto mal escritos y visitas fugaces (cuando no pasea en crucero con su nueva mujer), está el padre de Joshua, melancólico porque un cáncer podría matarlo. Aun así, aclara Joshua, “el fracaso constante de su escritura” no tiene que ver con la falta de tiempo ni concentración: se trata de que “los personajes hacían esto o lo otro, pero ni su voluntad ni su talento eran lo suficientemente fuertes como para obligarles a seguir su maldita trayectoria”. La novedad es que ahora sí cree que podría terminar su historia de zombis, e incluso que algún productor podría convertirla en una película.


“Lo real es para los mariquitas. Cuenta una puta historia”.

Así que entre los reclamos de Kimiko, su novia asiática y, en privado, una feroz dominatrix ‒en vuelo rasante hacia la furia de los celos‒, y Stagger, su compañero de departamento ‒un veterano de la Guerra del Golfo que se pasea con una espada samurái‒, Joshua no solo va a tener que enfrentarse al marido de Ana, celoso y brutalizado por la guerra de los Balcanes, ni va a tener que calcular, por otro lado, cómo transformarse en el inminente tutor de su sobrino si, como le anuncia de repente su fraudulento cuñado ‒un financista al servicio de Donald Rumsfeld‒, va a abandonar a su hermana para irse a hacer negocios a la nueva Irak, sino que también va a tener que escribir. ¿Pero qué es lo que, mientras tanto, escribe el propio Hemon en su novela? Nada menos que un acabado collage de conflictos, personajes y preguntas que, mientras atraviesa con gracia las postales de una época ‒los años de la administración de George W. Bush‒, logra con astucia superponer a lo colorido de la trama una perspectiva propia capaz de penetrar en la realidad de una experiencia humana en una situación determinada. Y esa, insiste Hemon, es la única apuesta genuina para un escritor. Lo explica, con palabras duras, uno de los compañeros de Joshua en el taller de guion: “Lo real es para los mariquitas. La gente quiere algo que sea mucho mejor que lo real. Ya tengo suficiente realidad en el trabajo porque mi jefe no para de joderme la vida. O en casa, donde mis hijos se pasan la vida gritando como condenados. Cuenta una puta historia”/////PACO