Querido diario,

¡Ah, las bellas películas! En la tradición de hacer pasar por “crítica de cine” lo que es apenas una síntesis de las tramas, estos son algunos de los últimos avistamientos. Se destaca, en general, el panorama de aburrimiento feroz, la insistente sospecha sobre los métodos de selección para las películas, la monotonía de las caras circundantes, el menú paupérrimo de La Brioche Dorée, un lugar por el que pasan los acreditados a retirar sus porciones ligeramente abaratadas de carbohidratos ‒dando forma a una galería residente de fealdades que nunca decepcionan‒ y la noción de que, para aceptar con relativa paz el “desfinanciamiento del cine argentino”, no hay mejor método pedagógico que mirar cierto cine argentino. Destaca, por último, la alegría apagada que transmiten los pocos corresponsales extranjeros. Los únicos que apuestan a completar con las ventajas relativas del dólar y un cierto factor sorpresa un itinerario aparte de turismo sexual.

95 and 6 to go. Anclada en la pesadez artificial del falso documental normcore, una nieta filma a sus abuelos nonagenarios mientras reptan por los últimos años de sus vidas. Lo notable es que esta fue una de las pocas películas donde, además de las clásicas silbatinas durante la propaganda del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires antes de cada proyección (y que este año imagina el diseño del espacio público como si fuera una Fan Page de Facebook), hubo risas. Una sorpresa para un mapa de sonidos que tiende a combinar más bien los ronquidos y las toses. Las risas, sin embargo, eran por aquello que debería provocar pena: a los noventa años, muestra la película, un hombre desprecia a la mujer con la que estuvo casado toda su vida, incluso si ya está  muerta. ¡Y ni siquiera entiende por qué malgastó su existencia al lado de ella! La risa a la que se supone que apunta la película parece sugerir que ese tipo de vulgaridades, desde ya, no podría ocurrirnos a nosotros. Porque, a diferencia de esos tristes viejos que viven en Hawai, y que pasaron toda su juventud atrapados en un sistema de normas sociales rígidas y coercitivas, sin espacio para el amor genuino, nuestra época, más privilegiada, nos permite atravesar lo postraumático de la sexualidad y del lenguaje del amor con una conciencia más refinada y una libertad de acción auténtica. Es precisamente en este punto donde uno debería reírse con más furia.

McDull, Rise of the Rice Cooker. Esta película animada china, hablada en chino y llena de perversas escenas sexuales chinas (el robot que la protagoniza, por ejemplo, hace que sus tripulantes suban a su estómago a través de una serpentina que funciona como su pene) tiende a adormecer rápido a los chicos, lo cual supone un grave inconveniente porque esta es una película animada para chicos (chinos). La propuesta general, por lo tanto, falla desde el principio. A menos, por supuesto, que los chicos frente a la pantalla entiendan el idioma chino. O que, a pesar de tener cinco o seis años, y no entender el idioma chino, sean capaces de leer el subtitulado en castellano a toda velocidad (los chinos, por su lado, suenan tan horribles y hablan tanto todo el tiempo que leer el subtitulado también resulta insoportable). Si este cruce de coordenadas culturales y aptitudinales no ocurre en Buenos Aires, donde los chicos de esa edad tienden más bien a hablar el castellano y desconocer el mandarín, el cóctel final es interesante. Chicos aburridos mortalmente se desmayan sobre sus butacas, mientras sus padres progresistas intentan disfrutar de la experiencia de sentir que han brindado una auténtica alternativa cultural a sus vástagos. Tuve que salir de la sala, pero la sensación de que también había varios pederastas entrenados en el aprovechamiento de todas estas ventajas tácticas, esperando su momento en la oscuridad, era asfixiante. Al cerdito chino que protagoniza la película, por su lado, le gusta travestirse.

Una ciudad de provincias. Durante una abúlica cantidad de tiempo se amontonan escenas miserables de la vida en Colón, una “ciudad de provincias” en Entre Ríos. El enigmático español que presentó esta película en el festival aclaró antes de la proyección que era “amigo del director”, lo cual tal vez explique a priori el rigor de la selección, y el director, por su parte, dijo que “nunca había visto la película”, lo cual explica a priori el rigor de las asignaciones para “financiar” nuestro valioso cine nacional (todo esto se dijo, por supuesto, con ese tono casual que tienden a usar quienes no tienen nada que decir, más o menos el mismo que usarían si estuvieran animando a sus parientes con chistes privados en algún Bar Mitzvah). La premisa elemental de Una ciudad de provincias es que el interior es horrible y primitivo, solo se respira aburrimiento, y las conversaciones entre esos palurdos fanatizados con los chalecos polar siempre son tediosas. Y, sin embargo, allá no se quejan tanto porque disfrutan lo simple (así que, por suerte, nunca se les ocurriría reclamar una coparticipación que financiara su propio progreso, como hacen a veces los talentosos directores de cine locales). En conclusión, todo lo que tienen de coloridas esas deficiencias irreparables y más o menos risueñas en el sistema de distribución de los recursos federales debería servirnos, al menos en Buenos Aires, para quejarnos menos y agradecer más. La película funciona así como una extensión esterilizada de esa misma propaganda obligatoria de Cambiemos antes de cada proyección. La película participa en la Competencia Oficial Argentina, o debería, y sin dudas tendría que ganar la Medalla Ángel Mahler a la Dignidad Artística e Intelectual PRO 2017.

Bickels (Socialism). Un alemán, obsesionado con el judaísmo, filma durante un tiempo indeterminado, usando nada más que el sonido ambiente de cada espacio, distintas salas y habitaciones y edificios y pasillos y jardines y escritorios y museos y columnas y pisos y paredes y vitrinas por donde pasó la mano o la mirada o los negocios del arquitecto judío Samuel Bickels. Quien soporte esa sucesión de 92 minutos tendrá al fin una visión clara del estado actual del socialismo (a grandes rasgos, parece que el socialismo fracasó y que, al fracasar, se transformó en un nicho para ciertos consumos culturales muy específicos, que incluyen pasajes aéreos a lugares exóticos como Buenos Aires). El director estaba en la sala: un alemán de rasgos torturados y que con los gestos de quien está por desnudar su alma presentó detrás de una bufanda su propia película. Dijo, a través de un traductor, que esta era, apenas, una segunda o tercera o cuarta parte su trabajo dentro de una obra más extensa sobre lo mismo. ¿Que podrían decir los críticos de cine “de verdad” sobre esta película?/////PACO