Querido diario,

¡Qué placer contar mi experiencia del Bafici en primera persona! Toda la supina ignorancia sobre el tema cinematográfico en cuestión, y la más completa pereza creativa, todo, absolutamente todo, puede suprimirse con el infinito anecdotario ¡de mi propia existencia en este mundo! Así que ¿cuándo, por ejemplo, fue la primera vez que sho fui a un cine? En los años ochenta, ¡del siglo pasado! Los teléfonos celulares no existían, internet no existía, Mauricio Macri ni siquiera trabajaba con su papá Franco en Sevel, ¡y todavía faltaban años, muchos años, para que a los dos los procesaran por contrabando! ¡Y no había ni una BBS, ni siquiera un miserable salón de chat en el cual invertir monedas del “heraldo público” para alguna mínima defensa rentada en las redes sociales… porque no había ni siquiera redes sociales! Creo sho que aquella primera película fue He-Man, y creo sho que en su momento me pareció buena, aunque nunca más la volví a ver. Y hablando de nunca más volver a ver… ¡El Bafici! ¿Y cuándo fue la primera vez que sho fui al Bafici? ¿Qué ropa llevaba puesta? ¿Qué profundas enseñanzas sobre la vida y el arte me rodeaban a través de la praxis sensible del infinito roce cotidiano? ¿Y cuántos empleados públicos circundaban las pantallas con todo ese cine de segunda alrededor? ¿Más que ahora? ¿Podría haber más que ahora? Como sea, ¡sho lo vi a Nanni Moretti! Un italiano que, dicen los que saben, es famoso; un director de películas célebres que casi nadie vio (¡en una se burla del Papa!, ¿eso no es un coraje superior al de Roberto Benigni?) pero que hasta podrían aparecer en Netflix, ¡y un compatriota, un italiano como sho! Los periodistas, sin embargo, lloran porque dicen que es un malhumorado. Sho, si me preguntan, puedo decir que lo vi caminando con cierto ánimo profesional al frente de una comitiva sólida de nabos que lo rodeaban como moscas, y no parecía tan malvado. ¿Habrá sido una buena inversión traerlo? Quién sabe. Sobre el malhumor italiano: sho creo que debe ser el clima, completamente insensato, o tal vez la miseria comercial que se respira por todo Recoleta, donde ahora solo hay tres “cervecerías” de mierda ‒y un horrible beer truck que monopoliza con total impunidad jurídica el patio público del Centro Cultural Recoleta‒, o tal vez es que toda esa alegría profesionalmente idiota de nuestras autoridades culturales no funciona con nadie sano, ¿o tal vez será que alguien con auténtica mala leche le contó a Moretti, apenas pisó la ciudad del Bafici, qué es lo que está pasando en el INCAA? Más allá de la causa inespecífica de su poca disposición a sobar y ser sobado en Buenos Aires, eso de tenerle “miedo” a Moretti… ¡como si un italiano no pudiera rendirse incluso a sostener su propio malhumor!

¡Vi a Nanni Moretti! Un italiano que dicen que es famoso, un director de películas que casi nadie vio pero que hasta podrían aparecer en Netflix, ¡y también un compatriota, un italiano como sho! Los periodistas, sin embargo, lloran porque también dicen que es un malhumorado.

Como sea, sho hoy vi al menos cuatro películas, y sho quiero contar en este diario lo que estas películas me provocaron en mis sentimientos. La primera era de la sección “Vanguardia y Género”. Coincidían los horarios y coincidía la culpa ‒uno siempre siente que cumple cierta probation en alguna Corte Penal Moral cuando se regala a estas cuestiones‒ y además me daba mucha curiosidad el público. ¿Quién podía ir a ver algo como Nuestra amiga luna (un corto) o algo que se llamaba People Power Bombshell: The Diary of Vietnam Rose? Y, además, ¿qué es el cine de “Vanguardia y Género”? Esta sin dudas era mi mayor intriga, ¡y sigue siendo! Y, además, ¿cuándo una película puede categorizarse “de género”? ¿Cuando hay escenas de sexo? ¿Cuando no hay escenas de sexo? ¿Cuando la bajada pedagógica sobre la tolerancia es explícita? Y, en todo caso, ¿cuál sería ese “género” del género? ¿Cualquier temática no-heterosexual? ¿Cualquier personaje que evitara caer en el binarismo fascistoide de “hombre” o “mujer”? ¿Y de qué colores tenían que ser estos personajes para que, en todo caso, la fuga del estereotipo patriarcal fuera completa? Lo que fuera que se arremolinara con interés alrededor de todo esto tenía que ser interesante, ¡el cine del verdadero establishment cultural occidental del siglo XXI! Pero qué decepción encontrarse a viejos completamente ordinarios, que cabeceaban de sueño, y adolescentes que apenas desviaban la atención de sus celulares. ¡Y con la pobre señal de teléfono que llega a esas catacumbas subterráneas donde están las salas del Village Recoleta, sin wifi! Un público absolutamente común, sin dudas, todos cumpliendo la misma probation moral. No tendría que haberme imaginado una comparsa de freaks como los que se ven en la fiesta de disfraces de Andrew Beckett en Philadelphia. Ese error fue mío. ¡Y sho acepto mis errores! Apenas, creo, me crucé a una lesbiana añosa camino a la Sala de Prensa, y nada más. En fin, sho creo que aunque Nuestra amiga luna fuera un corto, los 15 minutos que duró fueron los más largos que sho haya experimentado en años. Y esa sí es una capacidad creativa envidiable, ¡expandir la duración misma del tiempo! ¡15 minutos que se sienten como si fueran 15 horas! ¡Qué magistral capacidad para combinar el puro aburrimiento, la angustia por el puro aburrimiento y el cansancio a través del puro aburrimiento! La temática era, creo, que los idiotas deformes también sufren y son personas. ¿Y la película? En blanco y negro. ¿Y las tomas? Largas, paisajísticas, contemplativas, la parodia de la parodia de lo que tiene que ser algo de vanguardia. ¡Y filmada en la India, donde la oferta de brutos y de penas y de deformes abaratan cualquier inversión! En síntesis, una basura indescriptible, incoherente, aburrida, ¿quién habrá invertido “el dinero de los contribuyentes” en esa porquería para el Bafici? ¡Quién sabe! Algún especialista. O mejor: algún bromista. Sho miraba y soportaba y me imaginaba, también, que tenía que existir en algún lugar del universo de los programadores de festivales un container flotante con basura mala y barata por el estilo. Un container de desperdicios artísticos iguales a Nuestra amiga la luna, listos para arrastrarse por las mareas de las burocracias culturales hacia festivales de cine periféricos como este. Cuando esa bosta terminó, empezó People Power Bombshell: The Diary of Vietnam Rose. Y todo fue peor.

Tiene que existir en algún lugar del universo de los programadores de festivales una especie de container flotante con contenidos malos y baratos para eventos periféricos.

¿Qué era People Power Bombshell: The Diary of Vietnam Rose? ¡Esta sí es una pregunta! Y no porque estuviera subtitulada con una penosa sobreimpresión en inglés, y además hablada en vietnamita, y recién, abajo de la pantalla, estuviera subtitulada en castellano (esas, me imagino sho, son nada más que las peripecias técnicas de adquirir contenidos… ¿rezagados?). ¡Incluso en castellano habría sido imposible! Sho, al menos, antes que empezara, imaginaba ‒sho también sentía antes que empezara‒ que Vietnam Rose iba seguramente a tratarse del nombre de algún travesti asiático contando su previsible peripecia existencial. ¡Pero no! En cuanto la película empezó, resultó que había una mujer… ¡pero asesinada! O “alegóricamente” asesinada. Imposible entender exactamente de qué se trataba aquello, ni quién era el asesino, ni por qué la mataban (pero sí cómo: otro tintorero le disparaba con una M-16 de juguete y por la espalda, ¡cruel Humanidad!). Al menos en People Power Bombshell: The Diary of Vietnam Rose había, dentro de todo, algunos desnudos. ¡De mujeres! ¡Y frontales! ¡Completos! Buena parte de la película no era en blanco y negro sino más bien gris, o decolorada, o sepia, así que hasta se podía uno entusiasmar con el vigor poderoso del cine de “Vanguardia y género” en plena acción pedagógica, ¿pero para decir exactamente qué? ¡Imposible saber ni al minuto diez, ni al minuto treinta, ni al minuto cuarenta! Ni una comisión presidida por Nanni Moretti habría podido explicar qué carajo era People Power Bombshell: The Diary of Vietnam Rose, ni por qué alguien podría interesarse en verla (en hacerla sí: los caminos de la falta de talento son infinitos). Entre poderosos bostezos generales en la oscuridad y fugas metódicas hacia la salida repetidas cada 5 minutos, cuando faltaban 20 minutos para que terminara todo no quedaba casi nadie sentado ni despierto, ¡y nadie, absolutamente nadie soportaba aquello con una risa! Liberado de esta otra porquería, sho pasé entonces a la sala donde iban a pasar The Wedding Ring.

¡Poderosos bostezos del público escaso, fugas metódicas cada 5 minutos y un despliegue envidiable de basura absoluta!

Oh, el bello, sensible, comprometido y concienzudo trance de una sala a la otra, donde pasaba de las minorías sexuales en Asia con perspectiva de género al cine romántico africano con perspectiva de raza. ¡Casi diría que mi primera tarde en el Bafici fue como un recorrido por el conurbano profundo de las buenas conciencias! ¡Y hasta había una africana en la sala! Soportar más de 30 minutos de The Wedding Ring fue imposible, pero esto es apenas un detalle estético. ¿Lo importante no es haber percibido la caricia en el alma del ejercicio de tolerancia? ¡No me siento ya tan culpable! Y hasta debo ser mejor persona que ayer por haberme sentado a mirar estas cosas. Conste que venía de escuchar hablar incoherencias en vietnamita y ya no podía escuchar hablar en alguna lengua africana. ¡Demasiada confusión ontológica! La trama, al menos, se entendía: una chica negra, cuya existencia sentimental está hundida en el miserable primitivismo de la vida africana, tal como cualquiera se la puede imaginar, viaja para estudiar en Europa “con los blancos”. Sobre esto hay apenas dos o tres escenas muy breves. La cuestión es que ella se enamora de un negro. ¡Y cuando vuelve a África lo extraña! ¡Y entiende que no soporta vivir más entre sus hermanos africanos! La civilización, creo sho que dice la película, deja su huella inapelable en la conciencia, y ahora la barbarie, incluso en una “aristocracia africana” en la que, digamos, Kunta Kinte tiene un sedán paupérrimo pero con chofer, solo se percibe como barbarie. En síntesis, no hay más reconciliación posible: ¡África es horrible e insoportable! ¡Y cómo no, si el juego más divertido parece que es tirar piedras a la arena! ¡O ir a las sesiones de un brujo que lee el destino con caracoles! ¡Y para colmo ella es islámica! Imposible imaginar cómo pudo terminar la historia, pero las noticias reales dicen que, de una u otra manera, las cosas van a terminar mal… La chica, pobrecita, parecía haberse ido a estudiar a París, cuánta inconveniencia, qué trágica ironía. Si sale una segunda parte de The Wedding Ring, seguro que Jason Statham va a tener que venir a poner un poco de orden.

¡Qué fascinante que Alex Ross Perry presente una “retrospectiva de su obra” en el Bafici! ¡Sobre todo porque tiene 32 años!

Y ahora, para terminar, sho quiero ocuparme de la única película de “Vanguardia y Género” que sho realmente sí pude ver casi completa en este primer día de Bafici: Queen of Earth, donde actuaba una chica de Mad Men ‒¡la fea, sí, pero la fea de Mad Men!‒ y donde estuvo presente nada menos que el director, Alex Ross Perry, para un “Q&A”. Por otro lado, ¡qué fascinante que Alex Ross Perry tenga una “retrospectiva de su obra” en el Bafici! ¡Sobre todo porque tiene 32 años! ¿Pensará morirse pronto? ¿O tal vez dejar de filmar? ¿O las “retrospectivas” de un director joven y con apenas diez películas (que, por supuesto, no vio nadie jamás en ningún lugar del planeta) son comunes en los festivales periféricos? ¿O será que “retrospectiva” es la excusa para algo más? ¡¿Pero para qué?! ¿¿O será nada más que una palabra mal usada?? En fin, no importa: es una de esas presencias enigmáticas que hay que agradecer: Alex Ross Perry está en el Bafici y es estadounidense, y estudió cine en Nueva York y, según Wikipedia, es un “longtime vegan”. En conjunto, es la representación palpable de algún ligero interés turístico concreto por la vida cultural en Argentina, ¡un éxito de nuestros gestores! ¡Un modelo de vida exitoso! ¡Y el tipo hizo nada menos que una película con la fea de Mad Men! ¡Nadie sabe quién es Moretti pero, vamos, bastantes vieron Mad Men! ¿Qué más se puede pretender? Por su lado, Queen of Earth sí es una película de “género”. Su tema es que las mujeres no se soportan entre ellas, y que lo que llaman “una amiga” es alguien que se toma con más paciencia y con menos distancia el trabajo de atacarlas. “Traigan mujeres que se peleen”, dijo alguna vez Peter Griffin, “o, mejor, traigan mujeres y ellas se van a pelear solas”. Bueno, Alex Ross Perry no tiene el mismo coraje para expresar su misoginia, pero la esencia está al alcance: su propia vocecita ligeramente contra natura dice que le interesan más los dramas de sentirse mujer que los de sentirse hombre. Y fuera de eso, ¡la chica fea de Mad Men hace una buena imitación de Jack Nicholson en The Shinning! Y el tema (y la música) es más o menos idéntico, aunque en una versión soporífera. En vez del encierro en el Overlook Hotel hay encierro en una casita al lado de un lago, y en vez de una familia intolerable hay una amiga intolerable con su novio intolerable, y en vez de una novela inconclusa y siniestra hay un retrato inconcluso y siniestro. ¡Ah! ¡Y las valiosas preguntas del público al final de la “proyección”! ¡Y las agudas observaciones de los críticos de cine que todavía tienen más o menos el comedor completo! Imposible recordar alguna que valiera la pena, ¡y eso que hasta hubo una Dama Intensa que hizo tres seguidas!///////PACO