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Hamlet desde el útero


Cáscara de nuez
es una novela satírica creada a partir de la tragedia Hamlet, de William Shakespeare. Ian McEwan (Inglaterra, 1948) no quiere que haya ninguna duda e instala desde antes de empezar, como si fuera un aviso de largada, la cita shakespeariana de máximo rigor en las palabras del gran príncipe de Dinamarca: “Oh, Dios, podría estar encerrado en la cáscara de una nuez y sentirme rey del infinito espacio… de no ser porque tengo malos sueños”. Sin embargo, la invitación a un juego creado a conciencia desde una de las piezas más celebradas de la tradición literaria británica siempre confronta la posibilidad de transformarse en una experiencia incompleta. Quien haya visto alguna de las muchas “reescrituras” y “versiones libres” de las obras de Shakespeare en cualquier circuito teatral conoce la pregunta: ¿por cuánto tiempo la precisión y la fuerza del original resisten un homenaje, una broma o un desvío bienintencionado antes de opacarlo todo con el peso de lo escrito hace 400 años? El talento de Shakespeare es tal que, con la misma belleza de los agujeros negros, no le cuesta desintegrar la aproximación de cualquier objeto que intente alterar sus dominios. Como señaló Martin Amis, otro de los grandes escritores de la generación de McEwan, el mérito de Shakespeare es tan sorprendente que se tiende a pasar por alto que fue dramaturgo en vez de novelista.


El mérito de Shakespeare es tan sorprendente que se tiende a pasar por alto que fue dramaturgo en vez de novelista.

Cáscara de nuez apela así al ingenio para resolver la angustia de las influencias. Y si McEwan asume que Shakespeare siempre permanece entre nosotros ‒y ese “nosotros” incumbe nada menos que a la sensibilidad humana de Occidente, como dijo el crítico Harold Bloom‒, ¿cómo es posible asimilar hoy el tenor dramático de aquel hombre convocado por el espectro de su propio padre para vengar su asesinato? En el pasaje de la tragedia a la comedia McEwan perfila una respuesta, pero es la elección del narrador lo que define la apuesta: Hamlet ya no es un príncipe sino un feto, y sus “malos sueños” ya no ocurren en un castillo sino en el útero de su madre, una mujer cuya “belleza, aire distante y determinación” se percibe en los ecos de lo que se dice al otro lado del líquido amniótico. ¿Pero qué más escucha ese feto sobre el mundo que lo rodea? Escucha los programas de radio, los podcasts, los noticiarios televisivos y los audiolibros con los que se distrae y se informa su madre, recién separada de su padre. Un volumen de información gracias al cual, a pesar de ser “una criatura del mar, no un ser humano como los demás”, entiende que va a heredar “condiciones de modernidad (higiene, vacaciones, anestesia, lámparas de lectura, naranjas en invierno)” y que residirá “en un rincón privilegiado del planeta: la Europa occidental, bien alimentada, libre de plagas, relativamente amable, vulnerable a los matones, un destino elegido por millones de desventurados”. Es en ese momento, con plena conciencia de sí mismo y de una existencia donde “siempre es ahora, siempre es aquí, nunca es entonces y allí”, que el feto también oye con nitidez a Claude, su tío, un agente inmobiliario bruto y sensual que planifica el asesinato de su padre con la complicidad de su madre.


El feto se burla del narcisismo de quienes “ofendidos, entran en un estado de gracia”.

Por supuesto, el crimen, la locura, los monólogos y el desenlace son conocidos: McEwan lo sabe, cualquier lector lo sabe y, aun así, Cáscara de nuez apela a las sorpresas y a los trucos del policial moderno para mantener el suspenso. Claro que si en otras manos esto podría agotarse en un regodeo estético vacío, McEwan, que conoce lo siniestro desde El jardín de cemento, lo amoroso desde Ámsterdam y lo humorístico desde Solar, apela al buen criterio de la experiencia. Y entonces el feto, convencido de que “el mundo pide a gritos a empiristas jóvenes”, se burla mientras trama su venganza de la corrección política de los intelectuales, de la ingenuidad de los poetas y del narcisismo de quienes “ofendidos, entran en un estado de gracia”. Ese, al final, sería el mundo de un Hamlet actual: uno donde ya no hay fe, brujas, supersticiones, ni patriarcas. Solo hay confort material. ¿Y hasta qué punto se puede castigar a los culpables de aspirar a lo único que promete calmar el vacío?///////PACO