¿Qué hay en la segunda temporada de Love? Primero, el efecto colateral de un reflujo algorítmico previo al diseño de Stranger Things ‒cuyo desastre para su propia segunda versión ya inauguró apuestas‒; segundo, una larga, grotesca y constante publicidad online en Netflix de Uber ‒la famosa remisería internacional que, además de arrastrar el mérito ambiguo de haber sido la única inversión extranjera directa en la nueva Argentina de la alegría, enfrenta en los Estados Unidos la renuncia de un director que había llegado seis meses antes para salvar a la empresa de sus múltiples denuncias por robos y estafas en todo el mundo‒; y, tercero, un breve manual de histeria crónica y disforia de género que expande ‒hasta lo casi insoportable‒ esa reciente experiencia simbólica propuesta por Unilever (a través de su línea de desodorantes Axe) desde la cual se intentó comercializar en Buenos Aires la piedad sexual como garantía última para esa fantasía hoy global ligada al presunto derecho universal al goce carnal. Algo que Axe llevó adelante con un esquema fugaz pero idéntico al de Love: un hombre “espiritualmente bello” seduce más allá de su propia horripilancia física a una mujer que es “espiritualmente horrible” a pesar de su propia belleza física. La combinación tiene sus instantes divertidos y las desesperantes distribuciones cartilaginosas en el cráneo de Paul Rust ‒apellido que conviene pronunciar con un ligero acento austriaco‒ está a la altura de un tipo de fealdad de escala planetaria, capaz de despertar las simpatías narcisistas en las redes sociales donde Netflix absorbe la información supurante.

El desfasaje entre lo simbólico y lo real se vuelve transparente cuando se ocupa del misterioso mundo del trabajo contemporáneo antes que de eso que cree que es el amor.

¿Pero qué más hay en la segunda temporada de Love? Lejos de “romper el molde” y “ser original”, como se apuraron en repetir los publicistas ad pecuniam ‒rápidos para gacetillear los contenidos de una empresa de 8000 millones de dólares‒, Love propone en el mejor caso cierto upgrade generacional de las películas de Woody Allen. Como “comedia romántica en cámara lenta”, en tal caso, se encierra en el mecanismo eficiente de crear un paraíso ante el cual sus propios miembros se sienten excluidos. Esa es la posición general de todo el guión ante el problema del amor: no es que las fantasías de él y las fantasías de ella sobre cómo estar juntos se enfrenten entre sí; de lo que se trata es de ver cómo ella y cómo él son incapaces de soportar sus propias fantasías acerca de cómo estar juntos. Es el tipo de drama que todos afrontan de manera consciente entre los 16 y los 20 años, y en su traslado sincrónico a la vida emocional de dos treintañeros ‒traslado que Love enfatiza al mostrar de qué manera ella malgasta sus años de fertilidad con un resentimiento abierto ante las amigas que ya son madres y esposas‒ no hay otra cosa que la reposición de ese conocido teatro mental de operaciones en el que la única función en cartel es la angustia contemporánea de los kidults (hay un chiste de McEwan, Amis, Hitchens y Rushdie que todavía funciona a la perfección: cada vez que en el título de cualquier libro aparece la palabra “amor”, para saber de qué se trata realmente hay que cambiarla por “sexo histérico”; si a esto se añade la psicodinámica plana de la infantilización de los adultos, el espectáculo se ilumina en todo su esplendor).

A menos que uno sea un imbécil crédulo, infantilizado y castrado por una época de sobreprotección y perversas fantasías acerca de que “todo es posible si lo deseamos”, no hay nada que aprender sobre el amor.

Pero el verdadero punto de Love es que, más allá de sus booby traps distribuidas para hacer pasar por “un honesto y crudo retrato de las relaciones amorosas actuales” lo que no es más que la deriva sexual de dos hedonistas melancólicos al comienzo de un pseudonoviazgo, lo que sí ofrece es una excelente representación del singular espiral de insatisfacción crónica en el que cayó el desencuentro entre las expectativas y la realidad. Y ahí no solo hay un desencuentro profundo alrededor del amor ‒con su “dimensión acontecimiental”, como diría Alain Badiou‒ sino alrededor del trabajo (las relaciones entre el amor y el trabajo son motivo de Abstract, otra serie de Netflix donde distintos empresarios narran cómo lograron monetizar sus “pasiones creativas”). Está claro, entonces, que a nuestro alrededor hay más inhibiciones de las que pueden volver a regularse y también que el hiato entre el mundo que fue y el mundo que será se mide muchas veces con ira y muchas más veces con indignación ‒dos ánimos en los que él cae más veces que ella, que prefiere primero el desencanto y la abulia, motivo por el cual es él quien asume una y otra vez el rol componedor y femenino de la pareja‒, y es por todo eso que nuestro mundo pertenece “al misterio de las aspiraciones realizadas”. Y es ahí, precisamente, donde Love alcanza a desnudar con un tenor trágico que la adquisición más o menos instantánea de experiencias ‒entre las que está el paquete turístico completo del amor‒ no es, no suplementa y no satisface a la “cosa” que sería el centro presunto de esa experiencia (el “verdadero amor”). Es por eso que si Love pudiera trasladarse, apenas por un momento, al universo psíquico de esa publicidad en la que Matt Damon dice que comprar Stella Artois significa ayudar a ciertas africanas a juntar agua, lo que terminaría pasando es que Gus se descubriría, al cabo de cierto tiempo, rodeado de botellas vacías de cerveza y sin ninguna gratificación filantrópica satisfecha, mientras algún otro se acuesta con Mickey.

¿La piedad sexual es la garantía última para esa fantasía global ligada al presunto derecho universal al goce carnal?

Por motivos evidentes, ese desfasaje entre lo simbólico y lo real se vuelve más transparente cuando Love se ocupa del misterioso mundo del trabajo contemporáneo que cuando se ocupa de lo que cree que es el amor. Por eso es que la escena en la que el novio ocioso de la roommate de Mickey entra a un shopping a pedir trabajo “porque cualquiera puede conseguir un trabajo” solo es comparable, en términos de genialidad, a la idea de alguien que vive de escolarizar a estrellas infantiles del cine y la televisión durante los entretiempos en un set de filmación, o de alguien que vive de producir en una radio programas sobre sexo conducidos por podcasters semianalfabetos adolescentes. Tal vez la conclusión emerge ahí: en la segunda temporada de Love, a menos que uno sea un perfecto imbécil crédulo, infantilizado y castrado por una época de sobreprotección y de perversas fantasías acerca de que “todo es posible si realmente lo deseamos”, no hay nada que aprender sobre el amor, así como en Auschwitz tampoco había nada que aprender sobre la tolerancia y la humanidad ‒la frase es de Ruth Klüger, no mía‒, por lo que la única manera de salir del círculo vicioso de la depresión es pasar a un terreno de análisis económico y social concreto////////PACO